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Conocí el mejor ensayo del Apocalipsis cuando llegué a Posoltega. Era noviembre de 1998 y menos de cinco días atrás el volcán Casita se había desparramado sobre los poblados que yacían en sus faldas, aplastando y enterrando a más de 2,500 personas, según las cifras de la época.

Fui al lugar acompañando a un ONG humanista que llevaba víveres y medicinas a los damnificados, y gracias a los helicópteros de la Fuerza Aérea de Nicaragua logré visitar la zona del desastre, donde el lodo que soterró a comunidades enteras ya empezaba a endurecerse tras varios días de lluvia. Un mísero asomo de sol bravo por unas horas ayudó a las labores de rescate.

Aquello era un infierno. Recuerdo que los militares nos proveyeron de máscaras para respirar y nos advirtieron, antes de abordar, como en las películas, que la zona aún era peligrosa y que las imágenes que veríamos abajo eran dantescas. Yo ya había visto imágenes y videos en los medios, y pensaba que ya estaba listo a mostrar mi sangre fría de periodista de acción que soñaba ser.

Cuando la nave hizo unos vuelos rasantes sobre una finca que hacía entonces de centro de operaciones de las labores de búsqueda y rescate, con médicos y enfermeros atendiendo a gente tendida, herida, por todos lados, con un pútrido olor a muerte en el ambiente y con un estado general de dolor que se respiraba desde las alturas, casi me puse a llorar.

Entonces las brigadas de sanitarios del Ejército y del Ministerio de Salud, con cientos de voluntarios locales y decenas de sobrevivientes, buscando a sus seres enterrados en el lodo de las campiñas, empezaban la más dramática función de sanidad: incinerar los muertos en donde los hallaran.

Una mujer de unos 50 años, maciza y con ambas canillas moradas como caimito, lloraba desgarradoramente y pedía que a sus hijos no los quemaran, que los dejaran enterrados entre el fango, que al menos la sepultura eterna sería la misma tierra que los vio nacer.

Horas después que salí de ahí a pie hasta un trecho, para cruzar otro trayecto a mecate sobre un cauce que empezaba a bajar su caudal a niveles aún peligrosos (con la guía y el apoyo de socorristas, voluntarios y militares), tomamos un camión con la ayuda que iba al poblado urbano de Posoltega.


La tragedia hizo que el mundo los volviera a ver
Nunca había estado ahí, pero en esa ocasión, en medio de la tragedia, del luto total que se vivía casa a casa, calle a calle, el pueblo me pareció un pequeño caserío de tristes aires rurales que había vivido una modorra eterna desde su génesis, y que apenas había despertado al mundo gracias, o, mejor dicho, por culpa del maldito huracán Mitch que anegó de muerte su existencia desde que en 1862 el villorrio se constituyó en municipio.

Terminé aquella misión a la que me había apuntado como voluntario cuando comenzaba la carrera de Comunicación Social, y sólo volví a Posoltega cinco años después, en otra misión periodística, pero sobre otro tema, y me asombró ver el cambio radical en el poblado, que un lustro atrás era un lánguido caserío que respiraba con dificultad por la boca, como boxeador maltratado.

Era otro mundo: cada cuadra, una oficina o dos, o más, de algún organismo de los más de 100 que se instalaron en el sitio. Grandes vehículos, de lujo algunos, de trabajo otros, entraban y salían del poblado, construcciones por doquier, extranjeros caminaban comunes por las calles, había agitación comercial y mucha solidaridad internacional.

“Eran cataratas de donaciones y marejadas de dinero las que entraban y salían de este lugar”, dice Jorge Rivera, Director de la Asociación Multidisciplinaria para el Desarrollo (Amdes), uno de los escasos siete ONG que perduran en el sitio diez años después de la tragedia.

Con la presencia de los ONG, en una década cambió radicalmente la fisonomía del poblado, casi en un 70 por ciento (cálculos oficiales de la Alcaldía de Posoltega).

Dentro del casco urbano todas sus calles lucen adoquinadas, hay construcciones públicas grandes, modernas y fuertes, canchas deportivas, bulevares, terminales de transporte y las casas, en su mayoría, lucen techos nuevos, paredes de concreto y pintura.

Fuera del casco urbano hay caseríos de concreto, construcciones urbanas nuevas, aunque sin los detalles y comodidades del área urbana, pero se nota el cambio en comparación al caserío rural de ranchos maltrechos de hace una década. “Aquí casi todo se hizo nuevo, hubo ayuda a granel, y el municipio se elevó de la pobreza, a pobreza media en los índices de medición del desarrollo”, cuenta María Estela Santos, la ágil jefa y supervisora de proyectos de la Alcaldía de Posoltega, quien destaca cómo, gracias a la cooperación internacional, al apoyo local del gobierno central y a la gestión de la comuna, las recaudaciones han crecido en más del 500 por ciento desde 1998.

“Con estos fondos hemos atendido las necesidades de la población y estamos creciendo como alcaldía modelo, y aunque faltan muchas cosas por hacer, vamos avanzando”, cuenta Santos.

Hay servicios básicos, pozos y tendido eléctrico en todo el municipio. La organización permite agilizar cualquier gestión comunitaria, y la experiencia les ayuda a movilizarse en caso de emergencia por desastres naturales. La salud llega a todas partes, hay educación, y la violencia por delincuencia es mínima.


La parte negativa de tanta ayuda
¿Qué puede hacer falta en una comunidad donde la cooperación mundial se volcó tras la tragedia del Casitas hace diez años? La respuesta de Santos es lacónica y sorprendente: “Falta trabajo y voluntad para trabajar”. ¿A quién le falta eso?, se le pregunta, y ella responde: “A la población”.

Con la ayuda a granel que llegó al pueblo, tras la tragedia, ocurrió un fenómeno que todavía hoy se está combatiendo: la dependencia emocional y económica de los donantes.

“La gente recibía todo, se sentía y era víctima real de una desgracia, pero se luchó para que olvidara eso y se integrara a la comunidad en una nueva etapa de su vida, pero muchas ONG no fomentaron la participación voluntaria y la gente se acostumbró a recibir todo sin poner de su parte”, se queja Santos.

“Aquí mucha gente todavía quiere seguir viviendo de sus muertos”, dice Rivera, el director de Amdes, quien comenta cómo ese ONG ha hecho esfuerzos por activar la solidaridad autóctona del poblado, y la dificultad que han encontrado.

“Ahora hemos superado mucho el trauma, ya poco a poco eso se olvidó, y también se ha superado mucho la apatía, pero hace unos años aquí era imposible movilizar a la población a un seminario de capacitación sobre participación ciudadana”, dice Rivera, quien calcula, a grosso modo, y sin certeza real, que más de 100 millones de dólares llegaron en cooperación a este poblado que hoy tiene a 17 mil habitantes, aproximadamente.

“Es que la gente perdió la confianza en las ONG porque miraban cómo se recetaban grandes salarios y compraban camionetonas de lujo, y apenas unos cuantos dólares invertían en la comunidad”, dice un líder local sandinista que pide el anonimato por no estar autorizado a hablar, y para evitar problemas con una agencia de cooperación donde él trabajó cinco años.


Obligados a emigrar
Rivera, de Amdes, considera que más que desconfianza o factores externos, lo que influyó en la apatía de la población fue la actitud paternalista excesiva de muchos ONG, que acostumbraron a la población a recibir beneficios a cambio de participación.

“Con la ida de los ONG, a muchos se les acabó el trabajo y el municipio tuvo un bajón de actividad”, reconoce el hombre, y atribuye a ello el taciturno ambiente de soledad rural que otra vez envuelve a Posoltega, donde ya no se ven las romerías de obreros yendo y viniendo de una comunidad hacia otra.

“Son de 70 a 100 personas que cada semana se paran en la salida del municipio a agarrar los buses hacia la frontera con Honduras, buscando El Salvador”, dice Juan Cuadra, un hombre que espera un aventón hacia León, en la salida del pueblo, y quien va y viene a Costa Rica con su familia, “porque aquí no hay ni dónde caer muerto”.

“Aquí la vida es la agricultura, pero los cultivos de maní y los otros no tienen capacidad para acoger a toda la población económicamente activa, y por eso mucha gente ha emigrado a Costa Rica y El Salvador, y otros han regresado al volcán a vivir y a sembrar”, cuenta Jorge Rivera, al explicar el motivo de la migración.

“Hay comunidades enteras aquí, donde sólo se quedan los mayores y los niños; los jóvenes se van del país”, cuenta.

Y Santos, en la alcaldía, lo confirma: “Nuestra población, en un 40 ó 50 por ciento, es emigrante, anda de un lado a otro, si no están en el Ingenio San Antonio, en la zafra, se van a Costa Rica o a otro lado a buscar trabajo, mandan remesas y vuelven por unos meses”, dice ella.

Y no mienten. En las faldas vacías del volcán, donde antes existieron varias comunidades que fueron arrasadas por el alud, van subiendo y bajando familias campesinas enteras que llegan al cerro a sembrar.

“Es que no podemos vivir en casas nuevas si no tenemos que comer”, dice Jacinto García, un campesino que con sus hijos elevó un rancho de plástico negro sobre una parcela donde sembró maíz.

No todos bajan. Al menos 14 ranchos nuevos se han levantado en las tierras-tumbas donde miles yacen enterrados, y unas 30 familias más se han introducido en las alturas del cerro buscando donde sembrar.

“Allá arriba hay mucha gente que no le tiene miedo a las lluvias”, cuenta Juan de la Cruz Miranda, el guardaparque encargado de la seguridad del Parque Memorial Casita, donde se construyó un monumento en memoria de 2,800 víctimas del alud, según un rótulo donde se lee: “2,800 árboles sembrados por las víctimas del volcán”.


El recuerdo de los que se fueron
Si bien en el poblado la fisonomía cambió a modernidad, en este sitio donde pasó la corriente de lodo y piedras del volcán, el cambio parece ser al natural. Hay verde por todos lados y cuenta el guardaparque que de vez en cuando regresan antiguos pobladores a dejar flores a los sitios donde antes estuvieron sus casas.

“La semana pasada vinieron unos vecinos de El Porvenir a dejar flores por el cumpleaños de su mamá y unos nietos.

Ahí anduvieron recordando dónde quedaba la casa de cada quien, y es que es mentira, sólo el que perdió a su familia se acuerda del dolor”, dice Miranda, con la vista alzada al cucurucho del volcán, de donde bajó la muerte para 30 parientes suyos. Incluidos sus padres.

De lejos, la herida del volcán poco a poco va perdiendo el color sepia y un reverdecer de vida va llenando la oquedad maligna que dejó el alud del 30 de octubre de 1998.


Las cifras malditas del huracán Mitch
En octubre de 1998, el huracán Mitch, con categoría cinco, la máxima en la escala Saffir-Simpson, azotó al país y se estacionó por varios días en el occidente del país, entre las costas de Nicaragua y Honduras.

Las lluvias saturaron los suelos, los ríos se desbordaron y cambió la densidad de la tierra del volcán Casita, el cual se desplomó sobre las comunidades asentadas en su falda.

Una masa de lodo, árboles y piedras de más de seis metros de alto, sepultó a 2 mil 513 personas y desapareció a centenares.

Resultaron afectadas 667 familias, más de 2 mil 800 personas, 14 de las 33 comunidades del municipio fueron severamente dañadas y dos desaparecieron completamente: El Porvenir y la “Rolando Rodríguez”.

Más de mil 500 viviendas resultaron destruidas, 50 pozos de agua y 650 letrinas arrasadas. Se perdieron 2 mil 941 manzanas de cultivos y dos mil cabezas de ganado mayor.

El huracán Mitch dejó 3 mil 45 muertos en toda Nicaragua, 2,513 (83%) fueron sepultados por el deslave del volcán Casita, ubicado en el municipio de Posoltega, en el departamento de Chinandega.