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El pensamiento de Edelberto Torres Espinosa (Managua, 15 de abril de 1898-San José, Costa Rica, 20 de agosto, 1994) hay que extraerlo de su prédica y de sus prácticas educativas, de sus escritos históricos y literarios. Por desgracia, estos no son muy accesibles; pero los más importantes resultan suficientes para dibujar un aproximado perfil de sus ideas.

Representante de la tradición intelectual progresista

A Torres hay que ubicarlo dentro de las coordenadas que marcaron el proceso ideológico del siglo XX. Solo así, tomando en cuenta ambas direcciones, es posible comprender plenamente su significación como maestro e intelectual progresista. Porque él, en principio, es uno de los principales representantes contemporáneos de dicha tradición.

Una tradición que tuvo de exponentes, a finales del siglo XIX y principios del XX, a no pocos elementos de avanzada para su época o, más exactamente, doctrinarios del liberalismo que le trasmitieron su ejemplo y sus enseñanzas cuando surgía a la vida pública. De ahí que él se haya identificado, desde entonces, como liberal, cuyas raíces se remontaban a la herencia romántica de esa corriente formadora y forjadora de las nacionalidades hispanoamericanas. Y de ahí, al mismo tiempo, se originan tanto su permanente culto a Bolívar y a Sucre, como las biografías que durante su madurez elaboró de los próceres americanos: el estadounidense Abraham Lincoln, el mexicano Benito Juárez, el hondureño (o más bien centroamericano) Francisco Morazán, el salvadoreño (o idem) Manuel José Arce, el venezolano (y precursor del Libertador) Francisco de Miranda, y el argentino Domingo Faustino Sarmiento.

Maestro formado por los Hermanos Cristianos

Sin duda, su condición de normalista —formado en el Instituto Pedagógico de Managua— le generó su profunda admiración por Domingo Faustino Sarmiento (1811-88), en quien reconocía lo que este tuvo: una incalculable energía y una capacidad genial como educador o, en pocas palabras, como civilizador insuperable. Mas en la Nicaragua de los años 20, solo pudo encontrar dos maestros: Sofonías Salvatierra (1882-1964) y Salvador Mendieta (1879-1958), ambos, vivos ejemplos de civismo y, por tanto, de arraigada conciencia nacionalista.

Entonces el país se hallaba controlado y sometido por los rifles y las botas, la bandera y los banqueros del Norte, lo cual engendró una resistencia patriótica en la que se educaría toda una generación de nicaragüenses. Por eso Edelberto Torres asimiló este patriotismo, cuya manifestación más patente y encendida fue el discurso contra la intervención norteamericana —cuando cursaba el cuarto año de magisterio—, pronunciado el 14 de septiembre de 1917. “Esa noche —refiere en una entrevista— asistieron al acto el presidente que era Emiliano Chamorro, el arzobispo Lezcano y Ortega, y el ministro Jefferson, embajador de Estados Unidos. Cuando llegó mi turno dije que las estrellas de la bandera yanqui que pendía junto a la de Nicaragua oscurecían el azul y blanco de ésta… Entonces hubo un gran entusiasmo entre el público y muchas vivas a Nicaragua. Se arrojaron sombreros al aire. Esto enojó a Emiliano que fue el primero en levantarse, y enseguida se levantó el ministro de los Estados Unidos. Yo avancé, porque quedaba un trecho de por lo menos ochenta centímetros entre el borde del escenario y el telón, me adelanté y lancé quién sabe cuántos gritos refiriéndome a la independencia y a la presencia de los yanquis, allá en el Campo de Marte, frente al Pedagógico”. Desde luego, esa actitud condujo a que su gestor fuera expulsado —por órdenes superiores— del centro donde estudiaba.

Con todo, Torres confesó en esa misma entrevista: “No tengo ningún mal recuerdo de los Hermanos Cristianos, a pesar del principal suceso que allí viví, porque la fundación de su Instituto —desde el punto de vista de la técnica pedagógica— significó un hito en la historia educacional de Nicaragua, ya que introdujeron la metodología francesa”. Y un producto de ella fue el autor de este testimonio.

Discípulo de Salvatierra y de Mendieta

Al año siguiente de su expulsión, trabajaría en la Escuela Nocturna para Obreros, fundada por Sofonías Salvatierra, y en el Correo de Centroamérica, dirigido por su propietario: el mismo Salvatierra.

Ambas experiencias lo llevaron a conocer el Obrerismo Organizado —expresión del mutualismo artesanal que tendría un desarrollo apreciable— y, sobre todo, a participar en el movimiento Unionista Centroamericano —fundado por Mendieta en 1899—, y mantuvo estrechas relaciones con sus miembros que, a la vez, integraban la Unión Liberal: una rama del viejo Partido Liberal. Y así comenzó a tener la convicción de que ningún estado de Centroamérica puede cumplir una función cultural de nivel universal si no se une a los otros: “Somos —diría, citando a Mendieta— partes desgarradas de un mismo organismo”.

Educador en Honduras, Guatemala y Nicaragua

He aquí los elementos originales del pensamiento de Edelberto Torres —los sustratos del liberalismo decimonónico y del positivismo educativo, sumado a la metodología francesa, al nacionalismo antintervencionista y al unionismo centroamericanista— que cargó y proyectó en Tela (Honduras), Cobán y Chiquimula (Guatemala), en la propia capital de ese país, y en San Salvador (El Salvador). En estos países laboró como lo que siempre fue: un educador que, en su práctica, desarrollaba una función renovadora, sostenida por una entrega apostólica.

Esta posición la introdujo en Nicaragua —mandado a llamar por el ministro de Instrucción Pública, Modesto Armijo, otro unionista—, donde organizó la enseñanza moderna a nivel de primaria y de secundaria, elaborando los programas respectivos —vigentes hasta 1958— como jefe del Consejo Técnico de ese ministerio, cargo que ejerció de 1938 a 1941. Durante este lapso, asimismo, llevó su aporte a la conferencia, al periódico y a la revista, siendo Élite y Magisterio dos de las últimas que recogieron gran parte de esa labor de carácter laico que, naturalmente, provocó las agitaciones frenéticas del fanatismo religioso.

Culto a Rubén Darío

Aparte de este inevitable enfrentamiento, Torres inició aquí el culto a Rubén Darío, que sistematizaría a lo largo de su vida, llegando a configurar su opus magnum, que alcanzó —entre 1952 y 1982— seis ediciones: La dramática vida de Rubén Darío. Prueba de ello son sus ensayos “Rubén Darío y la cultura de Nicaragua”, premiado en el concurso literario que oficialmente, por primera vez en Nicaragua, se convocó a nivel nacional en 1941; y “Rubén Darío, poeta civil y social” (1949).

Los años decisivos en Guatemala: 1944-54

Ahora bien, el presente esbozo no puede eludir una circunstancia determinante: su voluntario exilio. Desde esta situación realizó su magisterio en Guatemala, adversando la dictadura de Jorge Ubico y contribuyendo a su caída, trabajando con el gobierno de su colega y amigo Juan José Arévalo, y con el de su sucesor, Jacobo Arbenz, como inspector general de Educación, jefe de la Oficina Permanente del Censo Escolar, secretario de la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos, y director de la editorial del Ministerio de Educación Pública.

Fueron, en realidad, diez años decisivos y fecundos: de 1944 a 1954, durante los cuales apenas destacaré su apoyo a José Figueres Ferrer para tomar violentamente el poder en Costa Rica, y su experiencia pedagógica. Sobre ella expresó: “Entre mis labores, recuerdo que introduje el procedimiento de exámenes a base de test, e impedí que se suprimiera de los programas el curso de Historia de Centroamérica. Gracias a mi reputación, fui el primer presidente de la Asociación de Maestros de Guatemala… En fin, me identifiqué tanto con la vida guatemalteca que me interesa como la de Nicaragua. A ello contribuyó mi condición de unionista.”

La permanencia en México: 1954-72

Luego vino la etapa más dura: su permanencia —no residencia— en México, de 1954 a 1972, cuando fue expulsado y se trasladó a Costa Rica. Esta resultó su etapa de mayor sufrimiento —en México nunca se le reconoció el derecho de asilo ni obtuvo permiso para trabajar—, pero coincidió con el desarrollo de su madurez plena, signada por dos acontecimientos históricos: la revolución cubana en 1959, y, veinte años después, la sandinista. A los dos estuvo vinculado: en el primer caso, como partidario comprometido; en el segundo, como guía moral e ideológico.

Para la primera fecha, Torres ya había desempeñado un papel clave desde su exilio como opositor a la dictadura somociana, ofreciendo una alternativa a los dos partidos tradicionales: la que, recuperando a Sandino como bandera y programa, avanzaba hacia el marxismo. Una posición que lo llevó a ocupar en 1948 la Secretaría General de la Junta Defensora de la Soberanía de Nicaragua —de contenido antimperialista— y, posteriormente, la del Frente Unido Nicaragüense (FUN), uno de los antecedentes propulsores del FSLN.

Precisamente, es muy conocida su incidencia en la formación revolucionaria de Carlos Fonseca a principios de los años 60; relación que llegó a estrecharse en un profundo grado de intimidad humana y de identificación ideológica. Así, Edelberto Torres significó para Fonseca un eslabón vital, necesario para indagar el pasado y apoyarse en su herencia viva y en su consistencia moral. Basta consultar la correspondencia entre ambos para rendirse cuenta de ello. La relación del profesor con otros combatientes, como Edén Pastora, también fue muy estrecha.

Producción impresa

Lo que no se conoce bien es, aparte de la biografía de Darío y el libro Sandino y sus pares (1983), su producción impresa. Esta abarca numerosos artículos publicados en El Imparcial, de Guatemala, y en la revista Magisterio, de Managua, como también trabajos darianos no desdeñables: “Eternismo en la poesía de Rubén Darío” (Revista Nacional de Cultura, Caracas, núm. 178, 1966), “Rubén Darío y la Educación” (Educación, Managua, núm. 43, 1968) y “Más versos de Rubén Darío surgen de las hemerotecas y álbumes” (Anales de Literatura Hispanoamericana, Madrid, 1972).

Pero sus mayores aportes los dio en el género de la biografía. Además de las citadas al principio de este reportaje, elaboró las de Andrés Bello, Juan Montalvo, Juan Enrique Pestalozzi, Bernardini Rivadavia, Roque Sáenz Peña, José Rizal, Pedro Henríquez Ureña, Pablo Neruda, Juan José Arévalo y Mao Tse Tung, en la serie Forjadores del mundo moderno (México, Grijalbo, 1957). También tradujo del inglés la obra Francisco I. Madero (1959), del norteamericano Stanley Ross. Otra suya es la Biografía de Lenin (1980).

De todas, la que contiene su aliento máximo, tras La dramática vida de Rubén Darío, es la del escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo / El Cronista Errante (México, 1956).