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Seis décadas atrás --y un poquito más-- en el Colegio Centro América de Granada, el nombre de Fernando Cardenal se asociaba a travesuras. Era un chavalo alto, de ojos verdes, de lentes con marco redondo, cejudo, cara alargada y fiestero, que en más de una ocasión le sacó canas a los curas. Cardenal, quien décadas más tarde se convirtió en el primer sacerdote en la historia de la Compañía de Jesús que fue reintegrado tras ser expulsado, era capaz de arrojar a un padre con todo y sotana a la piscina, y de hacer una bomba artesanal para explotarla en un escusado.

Desde una sala en la casa que comparte con los jesuitas de la UCA, el padre Cardenal, quien hoy cumple ocho décadas de vida, recuerda estas historias con una sonrisa en el rostro: “Yo era, más bien, muy travieso, alegre, fiestero y me expulsaron varias veces”.

Es de tarde en Managua y el padre, quien hace poco sufrió una caída y se quebró dos costillas, apartó dos horas para atendernos. La plática inicia sobre su labor en Fe y Alegría. “Este año va a ser difícil”, menciona. Se refiere a los problemas presupuestarios que aquejan a la organización dedicada a la educación. Luego saca una cifra que le sigue en sus sueños y en sus noches de insomnio: “El Gobierno español retiró el 77% de los fondos del presupuesto destinado para la cooperación internacional”.

Cardenal tiene toda una vida trabajando en pro de la educación. A finales de 1979 le fue encargada la difícil tarea de organizar la Cruzada Nacional de Alfabetización, en la que cien mil jóvenes enseñaron a leer y a escribir a medio millón de personas. El padre, un comprometido y cristiano de principio a fin, sigue empecinado en educar a los más pobres. Actualmente Fe y Alegría, que ha sufrido el recorte presupuestario español, tiene 22 escuelas y ha capacitado a maestros en 77 más.

Ha vuelto a sonreír

Justo ahorita, mientras habla sobre los problemas que aquejan a Fe y Alegría, al padre le duele la cabeza. Es ese dolor que siente permanentemente desde hace cuarenta años. “No le hago caso”, insiste él. Del uno al diez, siendo diez la mayor intensidad de dolor, él tiene siete, pero prefiere no prestarle atención. “Si le presto atención al dolor, no te pongo atención a vos”. Por eso es mejor cambiar de plática y recordar al Fernando Cardenal, el quinto del matrimonio, que le sacaba canas a los jesuitas del colegio Centro América.

El día que se levantó a las cuatro de la mañana para poner la bomba en uno de los pocos escusados que aún había en la escuela, pensó que todo iba a volar. No lo dice así, pero así es: ese día pensó que iba a llover caca. Pero resultó no ser tan ducho en eso de fabricar bombas, entonces solo voló el techo.

“Nunca había hecho una bomba, y lo único que logré es que salieran volando las tejas. Tenía las llaves del laboratorio de química y conocía la fórmula de la pólvora, entonces fabriqué la pólvora, conseguí una lata de leche clin, le metí la pólvora y con un alambre la apreté bien. Me levanté a las cuatro de la mañana, la puse en la letrina… estalló y solo logré que salieran volando las tejas. No sabía calcular”.

Travesuras

Pero esa no fue su única travesura. Otro día pasó por la piscina del Centro América y empujó a un cura con todo y sotana. “Casi se ahoga, la sotana no lo dejaba respirar. Me distraje por ahí para que no descubrieran que fui yo”. Tiempo después, junto con otros compañeros, desvió el agua que salía de la piscina hacia las aulas. El padre sonríe.

Hay que decir que no solo fue travieso. También fue bailador. “Yo bailaba, era enamorado. En ese tiempo se escuchaba la música de Agustín Lara, era todo muy romántico y mucho más bonito que los bailes de ahora, porque los de ahora parecen gimnasia. Le podías ir diciendo cosas bonitas a las muchachas. Cuando tenías confianza le ponías el cachete, “cheek to cheek”, le decíamos”.

A los 17 años, aún en su época de fiesta, en la que no faltó el licor, fue a un retiro en Las Palmeras. “Hicimos unos ejercicios espirituales de San Ignacio, eran ejercicios de silencio, y tuve unos días de felicidad tan grande como nunca los había tenido. Ni en las fiestas ni con el licor o con las muchachas había experimentado esa felicidad. Yo dije: quiero ser tan feliz como fui aquí”. Y se hizo cura.

Su tesis del colegio consistió en probar que “la existencia de la felicidad profunda era una prueba de que existía Dios”.

En la misma línea

“Desde 1952, año en que comencé el noviciado, la orientación de mi vida ha estado fundamentalmente en la misma línea: siempre los otros”, dice en el primer tomo de sus memorias, titulado “Sacerdote en la Revolución”. En Medellín, durante la última etapa del proceso para ser cura, empezó a preocuparse por la salvación integral de las personas. Él lo dice así en sus memorias: “Desde mis experiencias en el barrio Pablo VI de Medellín, fui teniendo una comprensión más profunda de que el peligro en que tantas personas pueden perder su vida en el infierno, ya ha comenzado a cumplirse para muchos con un infierno aquí en la tierra, como es la miseria que millones de latinoamericanos han estado padeciendo”.

Entregado a la lucha contra la dinastía somocista, fue expulsado de la Compañía de Jesús en 1984, debido a que era funcionario de Gobierno. El entonces líder general de los jesuitas, Peter-Hans Kolvenbach, le dijo que debía escoger entre seguir siendo cura o continuar siendo funcionario de Gobierno. “Tenía que escoger entre mis dos grandes amores: mi amor a la vocación jesuítica o mi amor por los pobres, que en ese momento, le dije, se concretaba en mi trabajo en la Revolución Popular Sandinista”.

“Era una o la otra. Yo decía: las dos. Entonces, decidieron que me iban a expulsar. Cuando él me dice que me va a expulsar, yo le pido un favor: permítame seguir viviendo en la comunidad de los jesuitas, aunque ya no lo sea. Él me dijo: usted es coherente… Y allí me quedé, no una semana ni un mes, sino 12 años”.

En 1996 fue reintegrado, siendo su caso el primero en la Compañía de Jesús. “He vuelto a leer su expediente y encontré una auténtica objeción de conciencia”, le dijeron entonces. Hizo otra vez un año de noviciado y los votos.

Decidido

Últimamente el padre se ha sentido más enfermo que de costumbre. Se ayuda de un bastón, sufre de insomnios y de otras enfermedades del estómago.

“Yo tuve que tomar una decisión: o estoy en la enfermería o trabajo esté como esté. Decidí tirarme a la lucha sin hacer caso a mis dolores y a mis enfermedades. Decidí no tomar como excusa mis enfermedades para quedarme en la cama”.

En septiembre abrió su perfil en Facebook. Horas después le llovieron las solicitudes de amistad (1,660), pero eran tantos los comentarios que le llegaban a esa red social y son tantos los correos que recibe, que no se da abasto. “Imposible, no puedo, y además la computadora me eleva la intensidad del dolor de cabeza”.

El padre tiene una frase que repite cuatro veces para que la escriba correctamente: “El que no vive para servir, no sirve para vivir”. La frase se convertirá en acción por enésima vez cuando acabe esta entrevista.