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Como la única gran potencia en Suramérica, Brasil inevitablemente atrae la atención de los forasteros que buscan a un país que tome la iniciativa en resolver los conflictos de la región, como el desatado en las calles de Venezuela. Sin embargo, el de lideresa no es un papel que la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, esté ansiosa de desempeñar.

Tiene razones para su renuencia, y explican por qué la política exterior brasileña se ha topado con problemas.

Aliada

Rousseff se ha comportado como una aliada leal del Gobierno electo pero autocrático del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, quien enfrenta protestas opositoras casi diariamente. Brasil trabajó duro para frustrar cualquier papel en Venezuela para la Organización de Estados Americanos, que incluye a Estados Unidos. En vez de ello, los cancilleres de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) han acordado promover el diálogo en Venezuela. Es una iniciativa poco efectiva, sin embargo: los ministros expresaron su solidaridad con Maduro, descalificándose como negociadores honestos ante los ojos de la oposición.

El cálculo desatinado de Brasil es que las protestas se extinguirán.

El extraño

Maduro asumió una declaración de la Unasur el 12 de marzo como una luz verde para lanzar otra represión. Enfrentado con una economía en deterioro y una creciente impopularidad, su régimen probablemente seguirá siendo represivo. Dado que el gobernante Partido de los Trabajadores de Brasil defiende la democracia y los derechos humanos, Maduro es un aliado extraño.

Una explicación es que Venezuela se ha convertido en un tema de debate de la elección presidencial de Brasil, programada para octubre, en la cual Rousseff buscará un segundo mandato. La división entre izquierda y derecha de Venezuela tiene eco, aunque más tenuemente, en Brasil. Cualesquiera que sean las diferencias del Partido de los Trabajadores con el populismo autoritario de Maduro, son superadas por la solidaridad izquierdista. Tras haber hecho negocios lucrativos en Venezuela, las compañías brasileñas quieren repatriar sus utilidades y les preocupa que Brasil pudiera caer de la gracia en Caracas. Además, la larga tradición de multilateralismo y no intervención de Brasil significa que su posición por defecto es dialogar, no actuar.

Líderes

Sin embargo, no siempre. Cuando Luiz Inácio Lula da Silva, el predecesor y mentor político de Rousseff, asumió la presidencia en 2003, declaró que Brasil perseguiría una política exterior más ambiciosa y buscaría un papel de liderazgo en Suramérica. Brasil debidamente forjó lazos más estrechos con otras potencias en ascenso del “sur” mundial y se alió con ellas en la ronda de Doha de las conversaciones sobre comercio mundial. Buscó un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. En Suramérica, una “ola rosa” de victorias electorales por parte de la izquierda permitió al Brasil de Lula proyectar de nuevo al Mercosur, la imperfecta unión aduanera que encabeza, como un instrumento de cooperación política, proteccionismo compartido y justicia social, una alternativa al “consenso de Washington”. Cuando la crisis financiera de 2008 debilitó a Europa y a Estados Unidos, la apuesta de Lula en el sur pareció haber rendido frutos.

Más difícil

Cinco años después, sin embargo, el mundo es un lugar mucho más duro para Brasil, según Matias Spektor, un especialista en asuntos internacionales en el Kings College de Londres. Los nuevos amigos de Brasil en el sur ayudaron a frustrar cualquier acuerdo significativo en Doha. La relación con China ha desilusionado. China no respaldó la postulación de Brasil para el Consejo de Seguridad y, aun cuando es feliz comprando la soya brasileña, no compra los productos de sus fabricantes.

Lo más hiriente de todo es que los países de la región costera occidental de Latinoamérica —Chile, Colombia, México y Perú— han forjado su propia Alianza del Pacífico, creada con base en el libre comercio y los mercados libres, en un tácito rechazo al Mercosur.

Brasil sigue teniendo fortalezas internacionales. Ha adquirido influencia en África y tiene mucho poderío blando, el cual se reforzará si la Copa Mundial de fútbol de este año sale bien. En la región, sin embargo, sus principales aliados ahora son los ultraproteccionistas Argentina y Venezuela, un caso perdido y una vergüenza política.

Ambivalencia

El problema latente de Brasil en Suramérica es su ambivalencia sobre ejercer un liderazgo real. Eso involucraría abrir su economía a sus vecinos y buscar una integración basada en el interés nacional mutuo y reglas vinculantes, en vez de la solidaridad ideológica fugaz.

La cancillería de Brasil recientemente lanzó una revisión de su política, aunque sobre Suramérica son Rousseff y sus asesores quienes tienen el control. En el Mercosur, las negociaciones comerciales externas son realizadas por el bloque y coartadas por Argentina, de manera que Brasil debería dedicarse más bien a convertirlo en un área de libre comercio. Brasil pudiera luego hacer tratos comerciales con la Alianza del Pacífico, la Unión Europea y otros.

El país también debería reconocer que las cláusulas sobre la democracia en los acuerdos regionales no solo requieren condenar los golpes de Estado, sino también obligar a los presidentes electos, como Maduro, a apegarse a los estándares mínimos de gestión democrática y derechos humanos.

Desafortunadamente, esos cambios en Brasil son probables solo si la oposición gana en octubre.