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  • The Economist

Primero, el presidente de Rusia, Vladímir Putin, agredió a Georgia, pero el mundo lo perdonó, porque Rusia era demasiado importante para ser dejada a la deriva.

Luego se anexó Crimea, pero el mundo lo aceptó, porque Crimea debería haber sido rusa todo el tiempo.

Ahora ha infiltrado el este de Ucrania, pero el mundo está titubeando, porque la infiltración no es del todo una invasión. Sin embargo, si Occidente no enfrenta a Putin ahora podría encontrarlo a su puerta.

Riesgos

La toma por asalto de las estaciones policiacas en el este de Ucrania por parte de manifestantes prorrusos es una acción inteligente, porque ha puesto al gobierno interino en Kiev en una posición imposible. Putin ha advertido que Ucrania está al borde de una guerra civil. Si el gobierno del país no asume el control, se abrirá a las acusaciones de que no puede mantener el orden dentro de sus propias fronteras. Sin embargo, sus soldados están mal entrenados, así que al usar la fuerza –y había operaciones en marcha mientras este artículo iba a las prensas– corre el riesgo de una intensificación y un baño de sangre. De cualquier manera, pierde.

Occidente ha visto a Rusia hacer caso omiso de sus amenazas y advertencias. Parece débil y dividido. No obstante, después de la desestabilización del este de Ucrania, incluso los pacifistas deberían comprender que la mejor probabilidad para la estabilidad radica en enfrentar a Putin ahora, porque la firmeza hoy es la manera de evitar el enfrentamiento mañana.

Lugares estratégicos

Rusia insiste en que no ha tomado parte en la toma de localidades como Gorlivka y Sloviansk. Esto es inverosímil. Los ataques fueron coordinados, y tuvieron lugar en lugares estratégicamente útiles que habían visto pocas protestas. Como en Crimea hace seis semanas, tropas en uniformes sin marcas de identificación y con armas rusas llevaron a cabo los asaltos iniciales. Agentes rusos han aparecido en custodia y en los cuadernos de reporteros, organizando las protestas y, dicen algunos, pagando por ellas.

Rusia ha estado entrometiéndose en el este de Ucrania durante semanas, ocasionalmente con resultados que recuerdan a las páginas de Gogol. El 6 de abril, “residentes locales” tomaron por asalto lo que pensaban eran las oficinas centrales administrativas regionales en Kharkiv, solo para descubrir que habían tomado el control del teatro de la ópera.

Los diplomáticos rusos responden que no pueden estar detrás de lo que está ocurriendo, porque la inestabilidad en el este de Ucrania no beneficia a Rusia. Cierto, los países normales se benefician con la paz y la prosperidad en las naciones vecinas. Sin embargo, teniendo presente su propia reclamación del poder y la perspectiva de la economía estancada de Rusia, el Kremlin tiene mucho que temer de las manifestaciones proeuropeas que derrocaron al presidente Viktor Yanukovich de Ucrania a principios de este año. Parece decidido a ver fracasar a la nueva Ucrania.

Razones

Hay varias razones por las cuales Rusia podría querer desestabilizar a Ucrania. Un motivo sería impedir los comicios presidenciales, programados para el 25 de mayo, y privar a Ucrania del liderazgo por elección que necesita para restablecer el orden. Un segundo motivo sería justificar una abierta intervención rusa. Putin es capaz de aprovechar la anarquía o el baño de sangre como pretexto para dirigir sus tropas, que acampan en grandes cantidades al otro lado de la frontera, hacia Ucrania como “pacificadores”.

La ocupación ocurriría a un alto costo, sin embargo, así que el Kremlin preferiría un tercer resultado: un conflicto civil que destruya a la autoridad de Kiev, seguido por un gobierno paralelo para el este de Ucrania. No hay nada malo con el federalismo en principio, pero esta sería una fórmula para la dominación rusa.

Algunos se apresurarían a aceptar eso como lo menos malo disponible. Los políticos y oligarcas ucranianos estarían felices, porque podrían continuar robando. Occidente se consolaría con la idea de que los rusos realmente no llevaron a cabo una invasión.

Precedentes peligrosos

Sin embargo, sería un resultado terrible para el pueblo ucraniano, especialmente para quienes arriesgaron su vida en la Maidan por la posibilidad de tener algo mejor. Que Occidente aceptara ese resultado con alivio constituiría una grave malinterpretación de la vocación de crear problemas de Rusia.

Putin ha usado la crisis ucraniana para establecer algunos precedentes peligrosos. Ha reclamado el deber de intervenir para proteger a las personas de habla rusa dondequiera que estén. Ha organizado un referendo y llevado a cabo una anexión, en desafío de la ley ucraniana. Ha derogado un compromiso de respetar las fronteras de Ucrania, el cual Rusia firmó en 1994 cuando Ucrania renunció a sus armas nucleares. Durante este tiempo, Putin ha demostrado que, para él, la verdad y la ley son cualquier cosa que le convenga a él en un momento dado.

 

Un desafío a todo Occidente

A Vladímir Putin le ha dado por argumentar que los valores rusos son fundamentalmente contrarios a los liberales occidentales. Ahora tiene las herramientas para intervenir en sus fronteras, y más allá, así como para trastocar el orden postsoviético. Eso pudiera darse en Transdniestria, una franja de Moldavia que ha albergado a tropas rusas desde principios de los años 90, o en Kazajastán, que tiene una gran población rusa en el norte. Incluso pudiera darse en los estados bálticos, dos de los cuales tienen grandes minorías de habla rusa y quienes dependen del gas ruso. Como los estados bálticos son miembros de la OTAN y la Unión Europea, una acción rusa contra ellos sería un desafío a todo Occidente. Un error de cálculo de parte de cualquier bando pudiera ser desastroso.

Esa es la razón por la cual Occidente necesita demostrar a Putin que cualquier acción adicional será costosa. Hasta ahora, su retórica ha ido por delante de su disposición a actuar, solo intensificando el aura de debilidad.

Las cartas

No hay suficiente en juego en Ucrania para correr el riesgo de una guerra con una Rusia con armas nucleares, y los votantes europeos no aguantarán una escasez de gas, así que un embargo no es factible. No obstante, Occidente tiene otras cartas que jugar. Una es militar. La OTAN debería anunciar que realizará ejercicios en el centro y este de Europa, fortalecerá las defensas aérea y cibernética ahí y enviará de inmediato algunas tropas, misiles y aviones al Báltico y Polonia. Los miembros de la OTAN deberían prometer aumentar el gasto militar.

Otra carta son las sanciones, hasta ahora impuestos solo algunas personas cercanas a Putin. Es hora de una amplia prohibición de visas para rusos poderosos y sus familias. Francia debería cancelar la venta de barcos de guerra a Rusia.

Sanciones financieras

Un castigo más devastador sería interrumpir el flujo de dólares, euros y libras esterlinas a Rusia. Esas sanciones financieras, como las que llevaron a Irán a negociar sobre su programa nuclear, privarían a Rusia de los ingresos de las exportaciones de petróleo y gas, cuyos precios están en dólares, y le obligarían a echar mano de sus reservas para pagar la mayoría de sus importaciones. Serían costosas para Occidente, especialmente para la City de Londres, pero valdrían la pena. Impónganlas ahora, y denle a Putin una razón para hacer una pausa. Hagan algo menos drástico y el precio la próxima vez será incluso más alto.

 

25

de mayo serán las elecciones presidenciales en Ucrania.