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  • The Economist

¿Quién no se maravilla ante la perspectiva de que India vaya a las urnas? Desde el 7 de abril, los aldeanos analfabetas y los residentes de barriadas menesterosos tienen la misma voz que los millonarios de Mumbai al elegir a su Gobierno. Casi 815 millones de ciudadanos son elegibles para emitir sus boletas en nueve fases de votación en el curso de cinco semanas, el acto democrático colectivo más grande en la historia.

Sin embargo, ¿quién no deplora también la incapacidad y venalidad de los políticos de India? El país rebosa problemas, pero una década bajo una coalición encabezada por el Partido del Congreso lo ha dejado sin timón. El crecimiento ha caído a la mitad, a alrededor de cinco por ciento, demasiado bajo para ofrecer empleo a los millones de indios jóvenes que se unen al mercado laboral cada año. Las reformas no se concretan, siguen faltando carreteras y electricidad, los niños no tienen educación.

Sobornos

Mientras tanto, se calcula que los políticos y funcionarios han recibido sobornos con valor de entre 4,000 millones y 12,000 millones de dólares durante el mandato del Partido del Congreso. El negocio de la política, concluyen los indios, es la corrupción.

No sorprende que el abrumador favorito para convertirse en el próximo primer ministro de India sea Narendra Modi, del Partido Bharatiya Janata.

No podía ser más diferente de Rahul Gandhi, su rival del Partido del Congreso. El bisnieto de Jawaharlal Nehru, el primero de los primeros ministros de India, Gandhi, ascendería al poder como si fuera por derecho divino. Modi es un ex vendedor de té impulsado a la cima por su pura habilidad. Gandhi parece no tener idea de lo que él mismo piensa, aun cuando quiere el poder. El desempeño de Modi como el ministro en jefe de Gujarat demuestra que se propone el desarrollo económico y puede hacer que suceda. La coalición de Gandhi está manchada por la corrupción. En comparación, Modi está limpio.

Campaña violenta

Así que hay mucho que admirar en Modi. Tristemente, sin embargo, hay mucho más en él que esas cualidades.

La lista comienza con una campaña violenta contra musulmanes en Gujarat en 2002, en la cual al menos mil personas fueron masacradas. La orgía de asesinatos y violaciones en Ahmedabad y las ciudades y aldeas circundantes fue en venganza por el asesinato de 59 peregrinos hindúes a manos de musulmanes en un tren.

Modi había ayudado a organizar una marcha al sitio sagrado de Ayodhya en 1990 que, dos años después, condujo a la muerte de 2,000 personas en choques entre hindúes y musulmanes. Antiguo miembro de Rashtriya Swayamsevak Sangh, un grupo nacionalista hindú en cuya causa ha jurado una vida de celibato, pronunció discursos al principio de su carrera que descaradamente enardecían a los hindúes contra los musulmanes. En 2002, Modi, entonces ministro en jefe de Gujarat, fue acusado de permitir o incluso incitar la matanza.

Modi

Los defensores de Modi —y hay muchos, especialmente entre la élite empresarial— señalan dos cosas. Primero, repetidas investigaciones, incluidas las realizadas por la admirablemente independiente Suprema Corte, no han encontrado nada de que acusarlo. Segundo, dicen, Modi ha cambiado. Ha trabajado incesantemente para atraer inversión e impulsar los negocios para beneficio de los hindúes y musulmanes por igual. Piensen, dicen, en los enormes logros para los musulmanes pobres en toda India que serían cosechados con una economía bien dirigida.

En ambos aspectos, eso es demasiado generoso.

Una razón por la cual las investigaciones sobe los disturbios fueron inconclusas es que mucha evidencia se perdió o fue destruida a propósito.

Si los hechos en 2002 son confusos, también lo son las opiniones de Modi ahora. Pudiera dejar atrás las matanzas explicando lo que sucedió y disculpándose, pero se niega a responder preguntas sobre las mismas.

Polémica

En un raro comentario el año pasado, dijo que lamentaba el sufrimiento de los musulmanes como lamentaría que un cachorro fuera arrollado por un auto. En medio de las protestas, dijo que quiso decir solamente que a los hindúes les interesa la vida en general. Los musulmanes, y los hindúes chauvinistas, escucharon un mensaje distinto. A diferencia de otros líderes del PBJ, Modi se ha negado a usar un casquete musulmán y no condenó los disturbios de 2013 en Uttar Pradesh en los cuales la mayoría de las víctimas fueron musulmanes.

La política “racialmente selectiva” es deplorable en cualquier país. En India, sin embargo, la violencia entre hindúes y musulmanes nunca está lejos de la superficie. En la división de 1947, cuando la India británica se fracturó, unos 12 millones de personas fueron desplazadas y cientos de miles murieron. Desde 2002, la violencia comunal ha desaparecido, pero hay cientos de incidentes y veintenas de muertes cada año. En ocasiones, como en Uttar Pradesh, la violencia es de una escala alarmante.

 

India es el segundo país más poblado del planeta, con más de 1,200 millones de habitantes.

 

815

millones de ciudadanos son elegibles para emitir sus boletas.

 

12 mil millones de dólares en sobornos han recibido políticos y funcionarios de la India.

 

Pakistán, ¿el vecino inquietante?

La chispa también proviene de fuera. En Mumbai, en 2008, India sufrió terribles ataques por parte de terroristas procedentes de la Pakistán musulmana, una presencia vecina inquietante y con armas nucleares.

Al negarse a apaciguar los temores de los musulmanes, Modi los alimenta. Al aferrarse al voto antimusulmán, lo nutre.

India, en su máxima expresión, es una alegre cacofonía de pueblos y fes, de hombres santos y rebeldes. Los mejores de ellos, como el difunto columnista Khushwant Singh, están dolorosamente conscientes del daño causado por el odio comunal. Modi podría empezar bien en Nueva Delhi, pero tarde o temprano tendrá que hacer frente a una matanza sectaria o una crisis con Pakistán. Nadie, y menos aún todos los modernizadores que lo elogian ahora, sabe qué hará ni cómo, a su vez, reaccionarán los musulmanes ante un hombre tan divisivo.

Buena fe

Si Modi explicara su papel en la violencia y mostrara un remordimiento genuino, podría reconstruir algunos puentes, pero nunca lo ha hecho. Sería erróneo que un hombre que ha prosperado con base en la división se vuelva primer ministro de un país tan fisible como India. La perspectiva de un Gobierno encabezado por el Partido del Congreso bajo la dirección de Gandhi no es inspiradora, pero sigue siendo la opción menos perturbadora.

Si el Partido del Congreso gana, lo cual es improbable, debe esforzarse en renovarse y en reformar a India. Gandhi debería convertir su timidez en una virtud dando un paso atrás en la política y promoviendo a los modernizadores al frente. Hay muchos de ellos, y la modernidad es lo que los votantes indios demandan cada vez más. Si, como es más probable, la victoria es del PBJ, sus socios de coalición deberían promover a un primer ministro que no sea Modi.

¿Si aún eligieran a Modi? Nos sentiríamos complacidos de que demostrara que estamos equivocados gobernando a India de forma moderna, honesta y justa. Por ahora, sin embargo, debería ser juzgado por su historial, el cual es el de un hombre que sigue siendo asociado con el odio sectario.

No hay nada moderno, honesto o justo en eso. India merece algo mejor.