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Warren Buffett, quien el 3 de mayo será anfitrión del espectáculo llamativo y popular que es la reunión anual de accionistas de Berkshire Hathaway, es un ícono del capitalismo estadounidense. A los 83 años de edad, encarna a una tendencia demográfica sorprendente: las personas altamente calificadas que continúan trabajando hasta bien entrada lo que alguna vez se pensaba era un edad avanzada.

En todo el mundo rico, las personas con educación avanzada trabajan cada vez más tiempo que los menos calificados. Un 65 por ciento de los varones estadounidenses entre 62 y 74 años de edad con un título profesional están en la fuerza laboral, comparado con 32 por ciento de los hombres con solo un diploma de bachillerato. En la Unión Europea el patrón es similar.

Esta brecha es parte de una división cada vez más profunda entre los ricos bien educados y los pobres poco calificados que está penetrando en todos los grupos de edad. La rápida innovación ha elevado los ingresos de los altamente calificados, mientras ha reducido los de los poco calificados.

Aquellos en la cima están trabajando más horas cada año que los que están abajo, y los bien calificados están extendiendo sus vidas laborales, comparado con las de las personas menos educadas.

Longevidad pesará

Las consecuencias, para los individuos y la sociedad por igual, son profundas. El mundo está en la cúspide de un asombroso aumento en el número de personas de edad mayor, y vivirán más tiempo que nunca antes.

Durante los próximos 20 años, la población mundial de aquellos con más de 65 años casi se duplicará, de 600 millones a 1,100 millones. La experiencia del siglo XX, cuando una mayor longevidad se tradujo en más años en el retiro en vez de más años en el trabajo, ha convencido a muchos observadores de que este cambio conducirá a un crecimiento económico más lento y un “estancamiento secular”, mientras las crecientes filas de los retirados harán añicos a los presupuestos gubernamentales.

Sin embargo, la idea de una aguda división entre los jóvenes que trabajan y los ancianos ociosos, pasa por alto una nueva tendencia: la creciente brecha entre los calificados y los no calificados. Las tasas de empleo están declinando entre las personas no calificadas más jóvenes, mientras que los calificados más viejos están trabajando más.

La división es más extrema en Estados Unidos, donde los “baby boomers” bien educados están postergando el retiro mientras que las personas más jóvenes, menos calificadas, han abandonado la fuerza laboral.

Tiempos de cambios

La política es responsable en parte. Muchos gobiernos europeos han abandonado las políticas que alentaban a la gente a retirarse antes. La creciente esperanza de vida, combinada con el reemplazo de generosos planes de pensión de beneficios definidos con los más tacaños de beneficios de contribuciones definidas, significa que incluso los ricos deben trabajar más tiempo para tener un retiro cómodo.

La naturaleza cambiante del trabajo también desempeña un gran papel. Los salarios han subido significativamente para los altamente educados, y esas personas continúan cosechando ricas recompensas hasta edad avanzada porque, en estos días, las personas mayores educadas son más productivas que sus predecesores.

El cambio tecnológico bien podría reforzar ese cambio: las habilidades que complementan a las computadoras, desde la experiencia administrativa hasta la creatividad, no necesariamente declinan con la edad.

Esta tendencia beneficiará no solo a las personas mayores afortunadas sino también, en algunos casos, a la sociedad en general.

El crecimiento se desacelerará menos drásticamente de lo esperado. Los presupuestos gubernamentales estarán en mejor condición, conforme los empleados de más altos salarios paguen impuestos por más tiempo. Los países ricos, con abundantes personas mayores bien educadas, encontrarán la carga del envejecimiento más fácil de soportar que otros países como China, donde la mitad de sus habitantes de entre 50 y 64 años de edad no completaron la educación primaria.

“Reenfocar” retiro

En el otro extremo de la escala social, sin embargo, el panorama es desalentador. El trabajo manual se vuelve más difícil conforme las personas envejecen, y las pensiones públicas parecen más atractivas para aquellos con bajos salarios y los desempleados.

En el léxico de los enemigos públicos populares, las reinas de la beneficencia que eluden el trabajo viviendo a costa de los contribuyentes podrían ser reemplazados por abuelos holgazanes, que cobran las dádivas de los contribuyentes, mientras sus contemporáneos diligentes prosperan.

No todos los efectos sobre la economía son benéficos. Las personas mayores ricas acumularán más ahorros, lo cual debilitará la demanda. La desigualdad aumentará y una creciente participación de la riqueza eventualmente será transferida a la próxima generación vía la herencia, atrincherando la división entre ganadores y perdedores aún más.

Una respuesta probable, es aplicar impuestos a las herencias más altas. En tanto reemplacen a impuestos menos justos, eso podría tener sentido. Probablemente alentaría a las personas mayores a gastar su efectivo, en vez de ahorrarlo. Sin embargo, los gobiernos deberían enfocarse no en redistribuir el ingreso, sino en generar más del mismo, reformando el retiro y la educación.

 

65

Por ciento de profesionales mayores de 60 años en EE.UU. están activos.

 

1

mil 100 millones de personas tendrán 65 años en 20 años.

 

La división es más extrema en Estados Unidos, donde los “baby boomers” bien educados están postergando el retiro.

 

Más provecho a los años

OPORTUNIDADES•La edad ya no debería determinar el fin adecuado de una vida laboral. Las edades de retiro obligatorias y las reglas de pensiones que desalientan que las personas trabajen más tiempo deberían desaparecer.

La beneficencia debería reflejar las mayores oportunidades abiertas para los más calificados. Las pensiones deberían volverse más progresivas, en otras palabras, menos generosas para los ricos.

Al mismo tiempo, esta tendencia subraya la importancia de una creciente inversión pública en la educación en todas las etapas de la vida, de manera que más personas adquieran las habilidades que necesitan para prosperar en el mercado laboral moderno. Hoy, muchos gobiernos se muestran comprensiblemente renuentes a gastar dinero recapacitando a las personas mayores que probablemente se retiren pronto. Si las personas pueden trabajar más tiempo, sin embargo, esa inversión tiene más sentido. Es poco probable que los sexagenarios desempleados se conviertan en científicos computacionales, pero podrían aprender habilidades vocacionales útiles, como la atención para la creciente cantidad de personas muy ancianas.

Desde la política

¿Cómo pueden los gobiernos hacer estos cambios? Si se mira al mundo rico hoy, es difícil ser optimista.

Las crecientes filas de votantes de mayor edad, y su desproporcionada inclinación a votar, han vuelto a los políticos más inclinados a consentirlos que a poner en práctica reformas disruptivas. Alemania, pese a ser el país que más rápidamente está envejeciendo en Europa, planea reducir la edad de retiro reglamentaria para algunas personas.

En Estados Unidos, tanto la Seguridad Social como el rápidamente creciente sistema de beneficios por discapacidad siguen sin ser tocados por la reforma. Los políticos necesitan convencer a los votantes de mayor edad menos calificados de que les conviene seguir trabajando. Hacerlo no es fácil, pero la alternativa –el estancamiento económico e incluso una mayor desigualdad– es peor.