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Sus oponentes derechistas han acusado a la presidenta Michelle Bachelet de una multitud de pecados en las últimas semanas, pero la pereza no está entre ellos. Incluso sus críticos aceptan que la mandataria chilena empezó su mandato, el 11 de marzo, a velocidad vertiginosa.

Desde entonces, difícilmente ha pasado un día sin una nueva iniciativa. Cuando asumió el cargo, Bachelet anunció 56 medidas programadas para sus primeros 100 días en el poder. Estima que ya ha realizado 41 de las enlistadas.

Las políticas son ambiciosas. Bachelet, una socialista a la cabeza de una amplia coalición de centroizquierda, ha pedido a la legislatura que apruebe la mayor revisión del sistema fiscal desde principios de los años 90. Otro proyecto de ley, ha sido enviado al Congreso para eliminar el opresivo sistema electoral “binominal” de Chile, un legado de la dictadura de Augusto Pinochet.

El 15 de mayo, delineó las políticas energéticas diseñadas para hacer frente a la escasez crónica de combustible barato de Chile, y esta semana, Bachelet anunció cambios en la forma en que las escuelas del país son financiadas y operadas.

“La velocidad con la cual estamos trabajando refleja nuestra convicción de que cumplir tus promesas es una de las mejores maneras de mejorar la opinión que el público tiene de la política”, dijo la presidenta el 21 de mayo en su discurso anual sobre el estado de la nación.

Apresurado

Algunos describen el ritmo del cambio como imprudente, especialmente en una época en que la economía chilena se está desacelerando. Hace apenas ocho meses, el gobierno estaba pronosticando un crecimiento de 4.9 por ciento para este año, pero ahora la cifra se ha reducido a 3.4 por ciento.

“Pasar una aplanadora por el Congreso”, es la manera en que un congresista conservador describió la agenda del gobierno.

Uno de los senadores de Bachelet, respondió que lo que el gobierno necesitaba era “una excavadora, para destruir los cimientos anticuados del modelo neoliberal de la dictadura”.

Declaraciones de ese tipo han hecho sonar las campanas de alarma entre los empresarios. Durante un cuarto de siglo, el modelo neoliberal ha servido bastante bien a la economía de Chile. Ha crecido en alrededor de 5 por ciento al año desde fines de los 80. El índice de pobreza ha descendido significativamente, la inversión extranjera ha llegado, la inflación está bajo control y los fondos de riqueza soberana de Chile están repletos. Si el sistema funciona, ¿por qué ajustarlo? La presidenta está dispuesta a aliviar los temores.

“No estamos a punto de deshacer todo el buen trabajo que se ha hecho antes”, dice.

Justificación

Asimismo, insiste, algo necesita hacerse. Las protestas de estudiantes de 2011 dejaron de manifiesto el descontento con un modelo que ha traído prosperidad pero ha hecho poco por combatir la desigualdad.

La más contenciosa de las propuestas de Bachelet hasta la fecha es la reforma fiscal, que incrementaría la carga fiscal de Chile en unos tres puntos porcentuales. Excluyendo las contribuciones de seguridad social, se situaría en alrededor de 23 por ciento del PIB, no demasiado lejos del promedio de 25 por ciento de la Organización para el Crecimiento y Desarrollo Económico.

Eduardo Engel, un profesor de economía en la Universidad de Chile, describe el aumento de impuestos como “importante, pero razonable. Otros no están convencidos, en particular en cuanto al plan del gobierno de abolir el Fondo de Utilidades Tributarias, FUT, un mecanismo establecido por el gobierno militar en 1984 para alentar la inversión.

Permite a las compañías diferir el pago de algunos impuestos sobre sus utilidades retenidas indefinidamente. Desde su nacimiento, dice Bachelet, ha privado al Estado de alrededor de 50,000 millones de dólares en impuestos. Sus oponentes, sin embargo, opinan que el FUT ha sido un componente vital del éxito de Chile.

 

41

Iniciativas ha presentado el Ejecutivo en menos de 100 días de gobierno.

 

5

Por ciento ha crecido anualmente la economía chilena desde 1980.

 

La más contenciosa de las propuestas de Bachelet hasta la fecha es la reforma fiscal, que incrementaría la carga de Chile en unos tres puntos porcentuales.

 

Mirando a la educación

IMPACTO. Es difícil creer que una reforma de esta magnitud no tendrá impacto en la inversión y el crecimiento, como afirma el gobierno. La verdadera interrogante no es si la economía sufrirá durante un corto período, sino si las recompensar a largo plazo lo justifican. Engel dice que los planes de reforma fiscal probablemente reducirán el nivel de ahorros en Chile en alrededor de 1 por ciento.

“Pero ese dinero no será arrojado al mar”, dice. “Si se gasta correctamente, las ganancias superarán al impacto negativo en los ahorros”.

Ese “si” determinará cómo sea juzgado el segundo mandato de Bachelet. Ella planea gastar la mayor parte de las ganancias de 8,200 millones de dólares del aumento de impuestos en educación. En su discurso del 21 de mayo, confirmó que las escuelas secundarias subsidiadas por el Estado y con fines de lucro serán obligadas a convertirse en fundaciones sin fines de lucro.

Otros planes

El co-financiamiento de las escuelas que operan mediante becas gubernamentales será retirado gradualmente, y ya no se esperará que los padres paguen colegiaturas que complementen el financiamiento estatal.

Solo 17 por ciento de los niños pequeños asisten a guarderías, pero Bachelet dijo que elevará esa cifra a 30 por ciento para finales de su mandato. Más reformas están programadas para lo que resta del año, de manera que la universidad sea gratuita para cuando se use.

Hacer a la educación más asequible es indudablemente popular. Sin embargo, el tema más apremiante es la mala calidad de la educación. Un estudio de 2013 sugirió que la mitad de los maestros en Chile carecen de un dominio adecuado de la materia que se supone imparten.

Si revoluciona a la profesión docente, Bachelet se habrá ganado el afecto que inspira ampliamente.