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En 2005, surgió un debate entre los dos personajes más poderosos en el gobierno del presidente Luiz Inacio Lula da Silva, de Brasil. El ministro de Finanzas, Antonio Palocci, propuso aprovechar el crecimiento económico más rápido para eliminar el persistente déficit fiscal de Brasil, y así reducir sus exorbitantes tasas de interés, poniendo un tope al incremento en el gasto federal. Dilma Rousseff, la secretaria de Gabinete de Lula, pensaba que el plan de Palocci era “rudimentario” y lo bloqueó.

Rousseff se convirtió en sucesora de Lula como presidenta de Brasil en 2011, implementando un “nuevo modelo económico” que puso al empleo pleno y los aumentos salariales por delante del rigor macroeconómico.

Sin embargo, la laxitud fiscal ha regresado para acosar a Rousseff, quien ganó un segundo mandato el mes pasado por el más estrecho de los márgenes. Cuando este artículo iba a prensa, ella debía anunciar que Joaquim Levy, uno de los subalternos de Palocci en 2005, se convertirá en su nuevo ministro de Finanzas. Nelson Barbosa, el economista más capaz en el gobernante Partido de los Trabajadores (PT), será el ministro de Planificación.

Levy es un economista educado en Chicago que ha estado dirigiendo una gran administradora de activos, y su presunta designación ha sido bienvenida por los inversionistas. Parece que Rousseff al menos ha aceptado tácitamente el error de sus procedimientos económicos.

Dirección equivocada

Ganó la elección apuntando al empleo pleno y el continuo incremento de los ingresos reales de Brasil, pero estos logros se compraron hipotecando el futuro. Pese a un crecimiento mediocre, la mayoría de los indicadores económicos de Brasil se han movido en la dirección equivocada bajo la administración de Rousseff. La inflación está por encima del 6%, muy por encima de la meta de 4.5% del Banco Central, aun cuando el Gobierno ha mantenido bajos los precios de la energía. La confianza del consumidor está en su nivel más bajo en seis años. El déficit de cuenta corriente actual se ha ampliado a 3.7% del PIB y el real se ha estado debilitando.

La mayor preocupación es que la posición fiscal se haya deteriorado entre 3 y 4% del PIB en los últimos tres años. Esta semana, tras no cumplir su meta de un superávit primario –es decir, antes de los pagos de intereses– de 1.6% del PIB y violado así la Ley de Responsabilidad Fiscal, el Gobierno estaba cínicamente convenciendo al Congreso de cambiar las reglas para fingir que había cumplido ese objetivo. Las agencias calificadoras están murmurado que, si Brasil sigue así, perderá su calificación crediticia de grado de inversión.

La primera tarea del nuevo equipo es restablecer la credibilidad en la política económica. Eso significa replantear el compromiso de Brasil con su “trípode” previo a 2010 de política monetaria independiente, responsabilidad fiscal y un tipo de cambio en flotación.

También significa constreñir el presupuesto. Para minimizar el impacto en los empleos, ha dicho Barbosa, esto debería suceder gradualmente y debería enfocarse en controlar un incesante aumento en el gasto en seguridad social.

Principal tarea

¿Cuánto tiempo tendrá el nuevo equipo? Los observadores del mercado esperan que el Banco Central, cuyo presidente, Alexandre Tombini, está empeñado en mostrar su independencia, defienda la meta inflacionaria elevando la tasa de interés de referencia, la cual ya está en 11.25%. Esta contracción monetaria ocurrirá mientras la política fiscal se vuelve contradictoria y el Gobierno frena el desenfrenado otorgamiento de créditos por parte de los bancos estatales.

La principal tarea de Barbosa quizá sea diseñar un programa de choque para atraer inversión privada a la infraestructura. Aun así, el crecimiento caería al principio y quizá no se recupere en uno o dos años.

Para que el nuevo equipo tenga éxito, Rousseff no solo tendrá que permitirle hacer su trabajo sin la intromisión de su primer mandato, sino que también tendrá que defender un programa económico que será impopular a corto plazo, especialmente dentro de su propio partido. En realidad, el programa está más cerca del de su oponente derrotado, Aecio Neves, que de aquel sobre el cual ella hizo campaña. Neves comparó la designación de Levy como si un hombre de la CIA asumiera la dirección de la KGB.

La presidenta será apoyada por una mayoría más pequeña y menos definida en el nuevo Congreso de aquella a la que está acostumbrada. Los legisladores brasileños están acostumbrados a demandar gasto en prebenda a cambio de sus votos, potencialmente haciendo más difícil la labor del equipo económico.