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Uno de los números más recientes de Charlie Hebdo, una revista satírica francesa destaca a Michel Houellebecq, autor de una nueva novela que imagina la islamización de Francia y luego de la Unión Europea. Los críticos habían denunciado como alarmismo islamofóbico al libro de Houellebecq, que describe un futuro cercano en el cual los islamitas ganen la presidencia de Francia y comprometan sus libertades.

El día de su publicación, pistoleros enmascarados atacaron las oficinas de Charlie Hebdo en París. Gritaron “Allahu Akbar” mientras asesinaban a 12 personas y herían a otras, en el peor ataque terrorista en Francia en medio siglo. Los pistoleros huyeron, y la policía identificó a dos hermanos como sospechosos.

A medida que el sentimiento contra los inmigrantes y especialmente contra los musulmanes se extiende por Europa, desde las protestas callejeras en Dresde hasta las urnas inglesas, la atrocidad en París pareció hacer realidad de manera macabra la pesadilla más oscura del continente; casi, de hecho caricaturizarla.

Pese a todas las sombrías e incesantes advertencias de amenazas terroristas, naturalmente la primera reacción ante esta matanza, en Francia y en otras partes, fue la indignación. Sin embargo, los asesinatos también demandan una respuesta más completa.

Atacado anteriormente

La revista fue convertida en blanco porque amaba y promovía su derecho a ofender y, en este caso, ofender a los musulmanes. Ese motivo invoca dos grandes temas. Uno es la libre expresión, y si debería tener límites, autoimpuestos o de otro tipo. La respuesta a eso es un no enfático.

El segundo es la Europa musulmana, y si episodios como este son parte de una lucha de civilizaciones entre las democracias occidentales y el islamismo extremista, en un campo de batalla que se extiende continuamente de Peshawar a Raqqa y hasta el centro de París. De nuevo, la respuesta es no.

Charlie Hebdo ha sido atacado antes. En 2006, su decisión de reimprimir caricaturas provocadoras del Profeta Mahoma, publicadas primero en Dinamarca, fue descrita por el Presidente Jacques Chirac como una “manifiesta provocación”. En 2011, las oficinas de la revista fueron atacadas con bombas incendiarias después de que publicó un ejemplar que pretendía haber tenido como editor invitado al Profeta.

Eso no le disuadió: Pese a los ruegos de algunos políticos franceses, insistió en su derecho a la libre expresión. El miércoles 7 de enero, cuando llegaron los pistoleros, supuestamente llamaron a los caricaturistas ofensores por su nombre.

No debe prohibirse

La revista tenía el derecho de publicar todo lo que publicó, y la ley francesa está en lo correcto al permitirlo. No puede haber un “pero” en esa oración. Aun cuando una imagen u opinión sea imprudente o de mal gusto, a menos que incite directamente a la violencia, no debería prohibirse.

Charlie Hebdo se burla de todas las religiones, no solo del islamismo, pero tenía el derecho de dirigirse específicamente a esa religión si quería, de la misma manera que los islamitas en Europa tienen derecho a denunciar la decadencia occidental si así lo eligen. En cualquier caso, hay un mundo de diferencia, y varios siglos de pensamiento político liberal, entre ofender y ofenderse y matar personas por ello. Nada puede hacerse con un lápiz o un teclado que justifique una represalia con una Kalashnikov.

Este ataque fue más insidioso que un tiroteo al azar en una calle o un tren. Parte del objetivo, probablemente, era intimidar a los medios occidentales para que moderaran su tratamiento del islamismo. No debe hacerlo. Si la primera respuesta adecuada a la matanza fue la indignación, después de considerar el argumento que formuló Charlie Hebdo sobre la libre expresión, la segunda respuesta también debería ser la indignación.

Muchos observadores conectarán estas nuevas imágenes de hombres blandiendo armas no con caricaturas sino con otro tipo de imágenes: el caos en el norte de Nigeria, los videos de violencia real del Estado Islámico en Irak y Siria, y la carnicería perpetrada por el Talibán en Afganistán y Pakistán. Todo puede parecer parte de un largo y continuo conflicto entre los valores de la Ilustración y la barbarie oscurantista. Para quienes ven las cosas de esa manera, la única solución es responder imponiendo más represión nacionalmente y enfrentando al enemigo en el extranjero.

Batalla por la fe

Tienen un punto a favor. Bien podría haber una conexión entre París y la yihad extranjera. Parte de ella es ideológica: En su mente, al menos, los terroristas en Occidente a menudo están librando una batalla mundial por su fe, alentada por las ideas que recogen en Internet. También hay un vínculo práctico. Algunos de los involucrados en las recientes conspiraciones europeas, y uno de los sospechosos en el ataque contra Charlie Hebdo, han sido radicalizados y entrenados en el Medio Oriente, Afganistán y Pakistán.

Cerca y accesible, Siria es el destino principal. Este reflujo es un motivo de preocupación para los servicios de seguridad en Francia, que alberga a la población musulmana más grande de la Unión Europea y en todo el continente, precisamente porque, recientemente entrenados y exacerbados, los que regresan pueden perpetrar ataques estilo comando como el lanzado contra Charlie Hebdo. Al involucrar a un pequeño número de asaltantes y a blancos “blandos”, estos son mucho más difíciles de detectar y evitar que los elaborados planes para hacer estallar aviones comerciales.

Sin embargo, evitarlos no es imposible y, en realidad, los servicios de seguridad europeos lo hacen frecuentemente.

Medidas para controlar a los yihadistas

Aunque algunos países fueron lentos en detectar el peligro, el gobierno francés y otros han introducido medidas para impedir que sus ciudadanos viajen al extranjero a combatir y los interceptan si regresan.

No obstante, pudiera aplicarse más presión sobre Turquía, teóricamente un aliado, para que ayude a frenar el flujo hacia Siria. Los programas de “desradicalización” para los que regresan, que podrían convertir a algunos de ellos en misionarios inversos que prediquen la horrible verdad sobre el EI, siguen en su infancia.

Pese a todo, pensar en el terrorismo islamita como un adversario único y coherente es engañoso y peligroso. Los varios grupos tienen antecedentes y objetivos diferentes, y las diásporas musulmanas en Occidente se originan en diferentes países y culturas. Muchos musulmanes franceses, por ejemplo, tienen raíces en el norte de África, ya algunos están encolerizados por la prohibición de usar burqas en lugares públicos. Ninguno de esos factores aplica en, digamos, Gran

Bretaña.

Pensar en los musulmanes en general como un grupo homogéneo es aún más insensato, no obstante lo mucho que algunos de los demagogos de Occidente alienten a los votantes a hacerlo. La mayoría de los musulmanes no son extremistas, y menos aún apoyan la violencia, como señalaron rápidamente imanes franceses

destacados.

Los propios terroristas, por supuesto, a menudo están ansiosos de probar que Occidente realmente anatematiza a todos los musulmanes. Ver a esos asesinos como representantes de una religión, y reducir un panorama complejo a su caricatura preferida, sería recompensar sus crímenes tanto como circunscribir el principio de la libre expresión sería ceder a sus fantasías medievales.