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Fue en Grecia donde comenzó esa, al parecer, eterna crisis del euro hace más de cinco años, así que es clásicamente adecuado que sea Grecia donde ahora se dé el desenlace, gracias a la gran victoria electoral del populista partido Syriza de extrema izquierda encabezado por Alexis Tsipras el 25 de enero.

Al demandar una gran reducción de la deuda de Grecia y prometer un frenesí de gasto público, Tsipras ha lanzado el mayor desafío hasta ahora a la moneda única de Europa; y, por lo tanto, a la Canciller de Alemania, Angela Merkel, quien ha trazado el camino de austeridad para el continente.

Es mucho lo que está en juego. Aunque todos, incluido Tsipras, insisten en que quieren que Grecia permanezca en el euro, ahora hay una clara amenaza de una llamada “grexit” (un juego de palabras entre el nombre del país y la palabra “salida” en inglés).

En 2011-2012, Merkel titubeó, pero luego decidió apoyar a los griegos para mantenerlos dentro de la moneda única. No quería que se culpara a Alemania por otro desastre europeo, y tanto los acreedores del norte como los deudores del sur estaban nerviosos por las consecuencias de una caótica salida griega para los bancos europeos y sus economías.

Temen chantaje

Esta vez, las probabilidades han cambiado. Una grexit parecería más culpa de los griegos, la economía de Europa está más fuerte y 80 por ciento de la deuda de Grecia está en manos de otros gobiernos u organismos oficiales.

Sobre todo, la política es diferente. Los holandeses y los finlandeses, como los alemanes, quieren que Grecia cumpla las promesas que hizo cuando la rescataron dos veces. En el sur de Europa, los gobiernos centristas temen que un chantaje griego exitoso impulsara a sus votantes hacia sus propios partidos de oposición populistas, como Podemos de España.

Todo pudiera volverse un desastre. Sin embargo, hay tres posibles resultados: el bueno, el desastroso y un acuerdo para dejar pasar el tiempo. La historia del euro siempre ha sido diferir las decisiones difíciles, pero ahora la batalla gira en torno de la política, no de la economía, y el acuerdo quizá sea mucho más difícil.

Tentadoramente, hay una buena solución a la mano para Grecia y Europa. Tsipras ha comprendido dos grandes cosas bien y una completamente mal. Tiene razón en que la austeridad de Europa ha sido excesiva. Las políticas de Merkel han sido estranguladoras para la economía del continente y han llevado a la deflación. El tardío lanzamiento de la relajación cuantitativa por parte del Banco Central Europeo admite eso.

Socialismo o reforma

Tsipras también tiene razón en que la deuda de Grecia, que se ha elevado de 109 por ciento a un colosal 175 por ciento del PIB durante los últimos seis años, pese a aumentos de impuestos y recortes de gasto, es impagable. Grecia debería ser puesta en un programa de condonación, como un país africano en bancarrota.

Sin embargo, Tsipras se equivoca en abandonar la reforma en su país. Sus planes para recontratar a 12,000 empleados del sector público, abandonar la privatización e introducir un enorme aumento al salario mínimo desbaratarían todos los logros duramente alcanzados por Grecia en competitividad.

De ahí la solución obvia: Hacer que Tsipras deseche su loco socialismo y se apegue a las reformas estructurales a cambio de condonación de la deuda, ya sea postergando el vencimiento de la deuda griega aún más a futuro o, mejor aún, reduciendo su valor nominal. Tsipras pudiera dar rienda suelta a sus ansias izquierdistas desintegrando los cómodos oligopolios protegidos de Grecia y haciendo frente a la corrupción.

La combinación de un relajamiento macroeconómico con una reforma estructural microeconómica incluso ofrecería un modelo a otros países, como Italia e incluso Francia.

Efectos dañinos

Ese es un sueño lógico, hasta que uno despierta y recuerda que Tsipras probablemente es un izquierdista loco y Merkel escasamente puede aceptar los planes existentes de relajación cuantitativa. De ahí el segundo resultado desastroso: una grexit.
Los optimistas tienen razón en que sería menos doloroso ahora que en 2012, pero aún causaría daño.

En Grecia, llevaría a bancos quebrados, controles de capital onerosos, más pérdida de ingresos, un desempleo aún más alto que la tasa del 25 por ciento de hoy y la probable salida del país de la Unión Europea.

Los efectos de una grexit en el resto de Europa también serían duros. Desencadenaría de inmediato dudas sobre si Portugal, España e, incluso, Italia pudieran o deberían permanecer en Europa. Las nuevas protecciones del euro – la unión bancaria y un fondo para rescates – no han sido puestas a prueba, para expresarlo amablemente.

La respuesta más probable, por tanto, es una elusión temporal, pero es improbable que dure mucho. Si Tsipras no consigue un alivio de la deuda, entonces perderá toda credibilidad ante los votantes griegos. Aun cuando consiga solo mejoras marginales en la posición de Grecia, sin embargo, otros países se inclinarán a resistir.

Varios problemas

Cualquier cambio en los términos de los rescates tendrá que ser sometido a votación en algunos parlamentos nacionales, incluido el de Finlandia. Si se aprueban, los votantes en países como Portugal y España demandarían el fin de sus propios programas de austeridad. Peor aún, los populistas de derecha e izquierda en Francia e Italia, que están en contra no solo de la austeridad sino también de la pertenencia de sus países al euro, se fortalecerían.

También hay problemas técnicos en cualquier elusión. El BCE insiste en que no puede ofrecer liquidez de emergencia a los bancos de Grecia o comprar sus bonos a menos que el gobierno de Tsipras tenga un acuerdo con sus acreedores, así que es probable que cualquier punto muerto desencadene un gran retiro de fondos en los bancos griegos. Al extender los vencimientos, se pudiera evitar algo de esto; pero eso quizá sea muy poco para Tsipras y demasiado para Merkel.

Al final, entonces, Grecia probablemente forzará a Europa a tomar algunas decisiones difíciles. Con suerte, será hacia el resultado positivo planteado en las líneas anteriores.

El engaño de los votantes griegos y la obstinación alemana


Futuro • Los votantes griegos quizá estén viviendo en el engaño, si piensan que el primer ministro de ese país, Alexis Tsipras, puede cumplir lo que dice, pero los alemanes también tienen que analizar las consecuencias de su obstinación. Cinco años después del inicio de la crisis del euro, los países sureños de la zona del euro siguen estancados con un crecimiento de casi cero y un desempleo despiadadamente alto.

La deflación se está estableciendo, de manera que las cargas de deuda aumentan pese a la austeridad fiscal. Cuando las políticas están dando tan malos resultados, una rebelión por parte de los votantes griegos era predecible y comprensible.

Si Merkel continúa oponiéndose a todos los esfuerzos para impulsar el crecimiento y desterrar la deflación en la zona del euro, condenará a Europa a una década perdida incluso más debilitadora que la de Japón en los años 90. Eso seguramente desencadenaría una reacción populista más grande que la de Grecia, en toda Europa.

Es difícil ver cómo pudiera sobrevivir la moneda única bajo tales circunstancias. Si no lo hiciera, el mayor perdedor sería la propia Alemania.