Jorge Eduardo Arellano
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Acompañado de Francisco Carpaneto, el 14 de mayo de 1851 arribó al puerto de San Juan --entonces la única salida de Nicaragua al Atlántico--, Giuseppe Garibaldi (Niza, Saboya, 4 de julio, 1807-Caprera, Italia, 2 de junio, 1882). Entonces el forjador de la unidad italiana tenía 44 años y era viudo, famoso y mítico. La causa de su estadía entre nosotros fue una operación comercial, iniciativa de su amigo y subalterno Carpaneto: ofrecer productos europeos de exportación en la Feria de San Miguel, El Salvador, y transportarlos desde el puerto de Génova en el “St. Giorgio”. El negocio no pudo realizarse, y los dos italianos regresaron por el río San Juan, partiendo de Nicaragua el 2 de septiembre de 1851. Ciento dieciséis días duró el viaje de Garibaldi entre Nicaragua y El Salvador.

Más de 100 días entre nosotros
En un agotado libro mío de 1999, refiero detalladamente sus incidencias, sustentado tanto en documentos de la época --dos cartas y el propio diario de Garibaldi en inglés-- como en testimonios escritos sobre la tradición oral de su misma estada en Granada, Masaya, León, Chinandega y El Realejo. Así quedó demostrado que del 26 de mayo al 12 de junio de 1851, Garibaldi permaneció en Granada. Allí fue recibido por la pequeña colonia italiana (Costigliolo, Solari, etc.), comenzó a preparar el negocio e instaló una fábrica de velas. Luego pasó a Masaya, donde reparó una casa que se estaba cayendo, enseñó a los indios de Monimbó la industrialización de la cabuya para elaborar canastos, sombreros y petates; y a su amigo Leonidas Abaunza la elaboración de jáquimas. Hizo amistad con los señores Francisco Luna, Domingo Lacayo, Carlos Alegría, Rafael Zurita y otros liberales que se apellidaban jacobinos. Uno de ellos refería que Garibaldi hablaba de la Libertad y que “su espada estaba al servicio de cualquier pueblo oprimido que se la solicitara”. También tuvo tratos íntimos con la viuda del letrado José Benito Rosales, de apellido Mantilla. “Si es italiano, no hay duda: / le alza la mantilla a la viuda” --inventó el pueblo este dístico inspirado en esa relación.

Garibaldi fue llamado Héroe de dos mundos: del Viejo y del Nuevo. Porque en Sudamérica combatió por la República Farroupilha do Grande do Sul y por la República Catarinense de los 29 a los 34 años, y por la defensa del Uruguay entre los 35 y 40 (el gobierno de Montevideo le confió la jefatura de su fuerza naval contra el sitio rosista encabezado por el almirante William Brown, un irlandés al servicio del gobierno de Buenos Aires). Durante su lucha contra el Imperio de Brasil, se casó en 1842 con Ana María de Jesús Ribeiro, llamada después Anita Garibaldi. Siete años después ella, compañera de armas e ideales, moría defendiendo la república romana en 1849.

Políglota y supranacionalista
Políglota (además de su idioma materno, hablaba español, francés, portugués e inglés), Garibaldi tuvo una formación cosmopolita, internacional o supranacionalista; relaciones determinantes con los saint-simonianos --adeptos del socialismo utópico--, muchas amistades fuera de Italia y una gran admiración por Francia. De ahí que, para el garibaldinismo, la lucha militar en el extranjero era una empresa orientada por la ética, nunca una aventura mercenaria, mucho menos colonialista. En 1880, a los diez años de su definitivo triunfo en Roma, se había declarado partidario de la independencia de Túnez y opositor a la Triple Alianza (Italia-Austria-Alemania).

El uruguayo Carlos M. Rama es el que mejor ha perfilado su vigencia: “En primer lugar, José Garibaldi definió su personalidad, si no de gran complejidad, por lo menos de muy definidos caracteres, capaz de interesar admirativamente a sus contemporáneos. La misma intrepidez del Héroe, su altruismo nunca desmentido para ofrecer su vida, y la de sus familiares, al servicio de la Humanidad, y de Italia en primer término, es uno de sus puntos centrales más impresionantes, teniendo en cuenta que su causa era la de los humillados frente a los poderosos.” Y prosigue: “Un segundo tema es su desprendimiento, el desinterés pecuniario, la generosidad rayana en el perjuicio a sus vitales intereses, que preside todos sus actos. En un momento de introducción a las pautas brutales al capitalismo ascendente, este rasgo era explicablemente llamativo. Pero Garibaldi era también un líder democrático. Concitó la admiración y la adhesión porque representaba las ideas de las masas y era el portaestandarte de un sector revolucionario nacionalista”.

Masón y republicano
Si a ello agregamos su vinculación a la masonería (formó parte de varias logias), tendríamos un cuadro completo de su yo. Falta puntualizar su circunstancia histórica: la forja de la nacionalidad republicana bajo el signo secularizador del liberalismo. Se vivía entonces lo que el jesuita ultramontano Lamierre denominaba la “Revolución Anticristiana”, que produjo la huida de Pío IX a Gaeta en 1848 y la pérdida de los Estados Pontificios en 1870. En cuanto a la América hispana, otro proceso estaba en vías de consolidación: la de los Estados liberales que rechazaban el modelo ya obsoleto de cristiandad colonial, incompatible con la civilización secularizada y pluralista que sería irreversible en Centroamérica durante el último tercio del siglo XIX.

El testimonio de John Foster
El 1º de junio, Garibaldi ya había pasado, regresando de San Miguel, por Chinandega. En esa fecha, John Foster (Vicecónsul británico en El Realejo) escribió a Frederick Chatfield, Cónsul General para Centroamérica, que el líder italiano “es muy modesto, con un grado extraordinario de simpleza; no quiere ser reconocido y pasa bajo el nombre de Capitán Ansaldo. Fue originalmente marino y se distinguió como Almirante en la Escuadra de Montevideo en conflictos diversos contra la flota de Buenos Aires al mando de nuestro compatriota Brown. Su actitud es particularmente amable. Pero sus ojos inquisidores revelan determinación en sus decisiones. Su famosa barba roja, aunque reducida, no deja de ser respetable. Ni en su vestimenta ni en su trato hay indicios del espíritu ardiente e inquieto que lleva dentro sí. Carpaneto me dijo que él, Garibaldi, dejó Roma de la misma manera que entró en ella: sin un centavo. Yo me imagino que se está preparando para retornar a Italia cuando las circunstancias lo permitan”.

Garibaldi llegó a León, capital entonces del Estado de Nicaragua, el 4 de julio de 1851, y, según carta del Vicecónsul británico fechada el 7 de agosto, el día anterior partió hacia Granada. Acababa de acontecer un golpe de Estado al gobierno constituido que ejecutó el Club Jacobino en dicha ciudad; pero él no pudo comprender que el Ministro de Relaciones Exteriores del nuevo gobierno era un presbítero: Pedro Solís. Amigos leoneses de Garibaldi fueron el militar Rafael Salinas, el poeta Antonino Aragón --quien le confió a Darío una anécdota del “Famoso italiano”-- y el ex Director supremo José Guerrero. Frecuentó a las hermanas Alonso Jerez (como afirmaría Azarías H. Pallais) y recibió la visita de una adolescente, la niña Félix Murillo, en el Hotel “León de Oro”, cuyo dueño se presentaba como “Guiseppe Menicucci, capitano de largo corso, aunque cuchinero, soldato de Garibaldi, condecorato en Porta Pia: arriba a il Realejo, conochutta a la Fortunata, e nunca retornero a la mía Patria”.

“El hombre de la camisa roja”
El 15 de agosto de 1851, Garibaldi ya estaba en San Juan de Nicaragua, según carta que escribió a su amigo Félix Foresti, anunciándole que se marcharía a Chagre, Panamá y Lima. Tal fue, en síntesis, la experiencia del “Héroe de dos mundos” en Nicaragua, tema que inicié con la ponencia presentada en el Simposio “Prezenza de Garibaldi en América Latina”, celebrado en Roma el 30 de mayo al 2 de junio de 1983, y que en varias oportunidades enriquecí con nuevos datos. Entre ellos no podían faltar las alusiones de Rubén Darío, quien le llamó “prodigioso mosquetero de la Libertad y aventurero de la Gloria”. Además, le dedicó el artículo “El hombre de la camisa roja” y una estrofa de su “Oda a Mitre” (1906) sobre la sustancial emigración italiana a la patria de San Martín: “Jamás se viera una lealtad mayor / que la del león italiano / al amigo de América que amó en fraterno amor/. De Garibaldi y Mitre las dos diestras hermanas/ sembraron la simiente de encinas italianas/ y argentinas que hoy llenan la simiente de rumor”.

Un italiano evoca a Garibaldi en 1930
Detrás de la Parroquia (hoy Catedral) de Granada se admira una placa que dice: “Aquí vivió Guiseppe Garibaldi/Héroe de dos mundos/en 1851”. Efectivamente: ese año se hospedó allí, entonces una modesta pensión llamada “Casa de La Sirena”, propiedad del francés Víctor Mestayer, que sería devorada por el incendio ordenado por el esclavista filibustero William Walker. Poco tiempo después, se convirtió en el primer hotel de la ciudad reconstruida y centro de sociabilidad y convocatorias gastronómicas de los señores y señoras principales. El inglés Thomas Belt, entre otras personalidades extranjeras, fue uno de sus huéspedes en 1872.

Pero hacia 1930, visitó un viajero italiano una de sus piezas ocupada como taller por un carpintero mulato. La esposa, gordísima, ahuyentaba con un abanico de fibra vegetal medio quemado a las gallinas que picoteaban granos y semillas, cuando lo dejaron pasar a un pequeño cuarto, utilizado como depósito de mesas y de aserrín.

A través de una ventanilla se admiraba el pequeño patio tropical de la vivienda. El marco, descompuesto y polvoso, encuadraba un arbolito de papayo, encorvado por el peso de sus enormes frutos. Tres girasoles tenían al árbol de compañeros. Detrás brillaba el esplendor azul de la tarde. Un niño desnudo y mocoso, color de azúcar cocida, le pidió un céntimo.

Garibaldi vivió en esta casucha, enseñando a varias personas la fabricación de candelas. Después donó la fabriquita a la familia que lo hospedaba. En Granada hizo amistad con un Costigliolo que tenía el servicio de vapores en el río San Juan y le ofreció comandar uno de ellos, pero el gobierno --presionado por el obispo de León-- mandó a decir al concesionario que no vería bien al célebre italiano a cargo de un servicio público.

Un día --prosigue el viajero-- el Héroe dejó el país, abandonando a los amigos. Regresaba a su vida aventurera. Únicas huellas de su estadía en la Sultana fueron algunas poesías que inspiró a un versificador popular de la ciudad, muerto de tuberculosis pocos años después.

Una calle sombreada por almendros lleva hacia el Gran Lago de Nicaragua, un pequeño mar verdadero. Aunque de agua dulce, está lleno de tiburones y peces-espadas. Donde termina la calle en el Lago, se encuentra un círculo de rocas que las lavanderas de Granada han transformado en espacio para ejercer su oficio. Me siento sobre una de las rocas a mirar las mujeres que lavan. Quizá también Giuseppe Garibaldi venía aquí a fumar su pipa y a soñar con su fallecida esposa Anita. En el horizonte se alza como pirámide el volcán de Concepción. Al lado del pequeño muelle, un vapor con ruedas carga sacos y ganado.

Las lavanderas laboran en el agua hasta media pierna. Antes de entrar, se desnudan tranquilas bajo el sol. Dejando la ropa entre las piedras, se enrollan una especie de sábanas que anudan en el pecho dejando los senos descubiertos. Son generalmente mulatas, morenas o indias. Las inoportuno y sorprendo un poco. Tal vez me creen un gringo del cuartel, de esos que tienen las manos veloces y que después imponen si una reclama.

Pero yo poseo un aire tan tranquilo que a los escasos minutos no se fijan más en mí. Sólo una hermosa y joven mujer tiene el pudor de ocultarse y encarga a dos de sus hijitos tender un pañuelo de nariz bien estirado, detrás del cual se desviste. El sol dora su torneada carne color canela. Con gestos que tienen algo de ritual, la hembra se envuelve alrededor de las poderosas ancas el trapo de siempre y así entra al agua, llevando en equilibrio una gran canasta de ropa sucia, altiva como una Rebeca y solemne como una estatua griega. Garibaldi debió contemplar escenas similares durante sus desvaríos frente al Gran Lago.