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Varios padres de los 43 estudiantes desaparecidos en México a finales de septiembre del año pasado llegaron hasta Boston en busca de apoyo internacional para exigir al gobierno de Enrique Peña Nieto la entrega de sus hijos.

Acorde a estos adoloridos padres, la odisea de los estudiantes empezó el pasado 26 de septiembre, cuando los jóvenes se disponían a viajar en dos buses a Chilpancingo, Guerrero, para unirse con otros normalistas (estudiantes) de esa ciudad y participar en una concentración estudiantil previo a una marcha nacional que se llevaría a cabo en la capital mexicana el 2 de octubre, fecha en que se conmemora el asesinato de cientos de estudiantes a manos de la Policía mexicana en 1968.

En declaraciones a El Nuevo Diario, los padres recordaron que cuando los jóvenes se disponían a dejar la ciudad de Iguala en varios autobuses, un par de patrullas de la Policía de esa ciudad les hizo el alto.

El infierno

Momentos después, al ver que la policía no los dejaba continuar con su viaje, los jóvenes se bajaron de los autobuses para demandar que movieran las patrullas, acto que desembocó en un infierno: Los policías comenzaron a disparar en contra de los normalistas desarmados.

Los padres relataron en Boston que a uno de los estudiantes, una bala lo alcanzó en la cabeza. Agregaron que el joven todavía se encontraba con vida cuando cayó al suelo, “pero en vez de auxiliarlo, la Policía, se lo llevaron con rumbo incierto, encontrándolo posteriormente muerto, torturado y con su rostro desfigurado”.

Clemente Rodríguez Moreno, uno de los padres que tiene a su hijo de 19 años desaparecido, reclamó porque el gobierno mexicano hasta la fecha no ha dado respuesta de lo ocurrido con sus hijos.

Atónitos

Resaltó que todos los padres de los estudiantes desaparecidos se reunieron recientemente con el presidente mexicano Enrique Peña Nieto, para pedirles que les ayudara a encontrar a sus hijos, pero la respuesta que les dio los dejó atónitos: “Nos dijo que dejáramos de buscar a nuestros hijos porque ellos ya estaban muertos”.

“El Gobierno quiere hacernos creer que los narcos los mataron y los tiraron al río para desaparecerlos, yo no creo en el montaje que el Gobierno nos presentó. Le dije directamente a Peña Nieto que me iba a entregar a mi hijo, que no me importaba dar mi vida con tal de recuperar a mi hijo”, apuntó.

Por su parte, Anayeli Guerrero De la Cruz, hermana y prima de tres estudiantes desaparecidos, explicó que los peritos argentinos que fueron contratados de una forma independiente para que investigaran la desaparición de los 43 estudiantes han dicho que los huesos que el Gobierno ha presentado a los padres de sus hijos no corresponden a los jóvenes, sino a restos de animales.

“Le hemos pedido al Gobierno que rastree los celulares de los normalistas desaparecidos y no nos han dado respuesta, uno de los estudiantes desaparecidos, luego de lo ocurrido, le mandó un mensaje a su madre pidiéndole una recarga de teléfono. Esto ocurrió después que el Gobierno dijera que los estudiantes estaban muertos, hay muchas incongruencias por parte del gobierno y por eso creemos que ellos están vivos”, expresó.

Vivo de milagro

Uno de los hijos de Felipe Sandoval logró salvarse de milagro junto a otros 24 estudiantes, cuenta este hombre
en Boston.

Su hijo sobrevivió gracias a la bondad de una señora que le abrió la puerta de su casa para dar refugio a 25 de los estudiantes que eran atacados.

Su hijo le relató que la policía y los federales mexicanos les gritaban que si eran machitos para manifestarse, que fueran hombrecitos para enfrentar las consecuencias. Esas palabras de los oficiales han provocado todavía más indignación entre los padres de los 43 desaparecidos.

“Queremos decirle a Peña Nieto que no descansaremos hasta que nos regresen a nuestros hijos. Pensaron, porque somos de un pueblo sin educación académica, que nos íbamos a quedar callados, pero no es así, tenemos el apoyo del mundo entero, le recordamos a Peña Nieto que cuando los de abajo se mueven, los de arriba se caen. A nuestros hijos se los llevaron vivos, y vivos los tendrán que regresar”, declaró Sandoval.

  • La lucha de Aldo contra el coma y el olvido

EFE/ No llevan el número 43 por bandera ni salen a las calles en cada marcha, pero en casa de Aldo Gutiérrez todo se trastocó hace siete meses, cuando un tiro en la cabeza lo dejó en coma. Desde entonces, su familia vive a los pies de su cama de hospital de México, luchando contra el miedo y el olvido.

Miedo porque temen represalias de un enemigo desconocido que quiera acabar con la vida de este joven de 20 años o a que el Gobierno les deje de ayudar con el pago del hospital especializado en Neurología en el que está internado en la capital del país.

Y olvido es lo que ven venir cuando cada vez menos personas se interesan por este caso que, pese a haber conmocionado al mundo,cada día llena menos páginas de periódicos y une a menos gente en las calles.

Al cumplirse siete meses de los hechos violentos en Iguala la noche del 26 de septiembre de 2014, cuando un grupo de estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa fue atacado por policías corruptos por órdenes del entonces alcalde, José Luis Abarca.

En el hospital

En un café junto al hospital del que apenas salen, Diana y Azucena, dos de sus hermanas, recuerdan a Efe que aquella noche Aldo fue llevado a dos hospitales, pese a que ya lo daban por muerto.

En el primero, lo rechazaron y en el segundo, el Hospital General de Iguala, tardaron horas en atenderlo. “Fueron mi papá y mi hermano y hasta que no llegaron no lo atendieron, no lo querían atender porque no lo conocían”, cuenta Azucena, la mayor de los 14 hermanos Gutiérrez.

Desde entonces no han dejado solo ningún día a Aldo, que quería ser profesor, como lo es otro de sus hermanos que también estudió en Ayotzinapa. Se turnan por semanas los hermanos, padres y cuñados y se quedan ahí, hablándole y apuntando en un cuaderno de registro cada mal día, cada avance o cada gesto de esperanza.

“Los médicos nos comentan que en el estado en el que está va a ser difícil que recupere ciertas cosas, pero nosotros tenemos una esperanza porque él respira solo y escucha, nosotros le hablamos y escucha. De repente se mueve y para nosotros es una alegría”, cuenta Diana.