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“A Margarita Debayle” es uno de los poemas más conocidos y populares de la lengua española. En vida de su autor, efectivamente, era muy recitado a niveles escolares. Gabriela Mistral –todavía una joven maestra llamada Lucila Godoy- le escribía en 1912, desde el pueblo de los Andes, en el Norte de Chile, confiándole que ella y sus discípulas, guardándole devoción charlaban de él familiarmente después de recitar su “Cuento a Margarita” y su “Niña Rosa”.

Fidel Coloma anota que en Intermezzo tropical Darío busca la variedad, evitando lo monocorde. Los poemas “serios” (“Mediodía”, “Vesperal”, “Raza”) se alternan con piezas más ligeras que sosiegan el espíritu. Por eso a “A Margarita Debayle” va después del tributo hímnico a Nicaragua que es “Retorno”, logrando en ese “cuento alegre” trasladarnos a un mundo fabuloso y fantástico, no exento de consoladora filosofía. El dominio formal de este cuento en verso sólo se parangona con “Sonatina” (y yo añado: y también con “La Rosa Niña”, de 1914). “La maestría técnica de Rubén llega aquí al virtuosismo”.

Métrica y recursos
Sus combinaciones métricas en la primera, tercera y última estrofa de 7, 6 y 8 versos, respectivamente, se articulan de forma magistral con versos de 10, 4 y 3 sílabas. Las rimas son consonantes y todas las demás estrofas cuartetas octosílabas, como la segunda estrofa: Éste era un rey que tenía/ un palacio de diamantes,/ una tienda hecha del día/ y un rebaño de elefantes.

El poeta recurre al inicio del clásico cuento para niños (Este era un rey que tenía), con lo que capta la atención del lector o del oyente; al acierto de una imagen que alude a la luminosidad (una tienda hecha del día) y a elementos exóticos (y un rebaño de elefantes) y refinados, propios de un ambiente regio. A saber: la malaquita (del latín malachites) es un mineral concrecionado, de hermoso color verde, más o menos oscuro, duro como el mármol y fácil de pulir que se emplea para recubrir y decorar objetos de lujo; y el tisú (del francés tissú) una tela de seda entretejida con hilos de oro o plata. Un kiosco de malaquita, /un gran manto de tisú –comienza la tercera estrofa para identificar en la sexta a su pequeña destinataria con la heroína de su apólogo infantil: Las princesas primorosas/se parecen mucho a ti:/cortan lirios, cortan rosas,/cortan astros. Son así.

Porque “A Margarita Debayle”, con su hermosa moraleja, no es sino un apólogo que trasciende la anécdota, su causa-efecto (la despedida a la hijita de un matrimonio muy querido), desposeyéndola de toda historicidad; que trans-ubica el acontecimiento del sitio en que acaece, estableciendo así que lo que es verdad aquí, es verdad en todas partes; y que trans-temporaliza el motivo para obtener esencia. Es decir, acude a los tres elementos señalados por la reducción eidética de Edmundo Husserl para representar, como en “La Rosa Niña”, “el divino poder del querer inocente y la fuerza íntima de creación que hay en la volición incontaminada”.

Argumento
Simple y maravilloso es su argumento, como corresponde a la mentalidad de la niñez: una princesa se remonta al cielo y corta una estrella para decorar su prendedor. El papá se disgusta por haber ido sin permiso, acusándola de cometer un capricho profano e insensato y ofreciendo castigarla; pero se aparece “el buen Jesús” y le dice que puede quedarse con la estrella. Entonces, para celebrar esta intervención milagrosa: Viste el rey ropas brillantes/ y luego hace desfilar/ cuatrocientos elefantes/ a la orilla del mar.

Y culmina el cuento: La princesita está bella/ pues ya tiene el prendedor/ en que lucen con la estrella/ verso, perla, pluma, flor. C. M. Bowra observa que “A Margarita Debayle” “es quizás demasiado sutil, un juguete para niños, pero dentro de sus límites frágiles resulta impecable”.

¿Sólo un cuento para niños?
Bowra acota que en “A Margarita Debayle”, por su acierto narrativo y triunfo melodioso, “el poeta se siente a gusto en este mundo infantil y no sale de él. No buscamos sentido ulterior, y de buscarlo no lo hallamos”. Resulta obvio que “A Margarita Debayle” carece de la profundidad de otro extraordinario apólogo “Los motivos del lobo” (1913), recreación suprema de una florecilla del santo medieval Francisco de Asís, y de su dicotomía entre el bien (corazón de lis, alma de querube) y el mal (bestia temerosa, de sangre y de robo). Mas “A Margarita Debayle” no queda reducido a su ámbito de cuento para niños, como sostiene Bowra. Ya fue argumentada su trascendencia eidética que sustenta la popularidad secular de que ha gozado, trasmitida por recitadores profesionales y aficionadas.

Dos elementos de la poética rubendariana, presentes en “A Margarita Debayle”, cabe señalar. Para Rubén, lo peor y lo más terrible de la muerte –que le suscitaba terror- es “reinar en el olvido”. La muerte engendra el Olvido y Rubén quería, angustiosamente, ser salvado de éste. Por ello es su “Epístola a la señora de Lugones” (1906) le pide en el último verso: y guárdame lo que tú puedas del olvido. Pues bien, en “A Margarita Debayle” se detecta el mismo sentimiento, expresado con la ternura que exige el tema, rematando con su reclamo contra el olvido: Ya que lejos de mí vas a estar,/ guarda, niña, un gentil pensamiento/ al que un día te quiso contar/ un cuento.

El otro elemento de “A Margarita Debayle”, que la mirada de Bowra no avizoró, es la conciencia del poeta, enunciada en los versos 3 y 4 de la primera estrofa: yo siento/ en el alma una alondra cantar; idea remontada a sus primeros versos: El poeta es ave en verdad (1882), identificación genérica que citará en más de ochenta ocasiones y luego se concretará en el ruiseñor y en la alondra. De ahí que en “Reencarnaciones” (1890), el poeta haya sido una alondra: “Yo fui coral primero,/ después hermosa piedra,/ después fui de los bosques verde y colgante hiedra;/ después yo fui manzana,/ lirio de la campiña,/ labio de niña,/ una alondra cantando en la mañana…” La misma que asume el hablante lírico en “A Margarita Debayle”.

¿Pero qué va a cantar la alondra dentro del poeta?: tu acento (v.3). O sea: todo lo exclusivamente personal de la voz y el lenguaje de una mujer; vocablo que se corresponde, en la estrofa final, con otro: tu aliento (v. 82).

Es decir: el inconfundible perfume de cada mujer. En relación a estas dos estrofas, el crítico granadino Alejandro Hurtado Chamorro consignó este juicio: “Me decía mi buen amigo, el finado poeta Joaquín Pasos, comentando ambas estrofas, que sólo ellas bastaban para acreditar la poesía del poema”. Y es cierto, más integrando --con las estrofas intermedias-- una singularidad unitaria o una unidad singular.

Vitalidad permanente
Por su parte, el mexicano Jaime Torres Bodet ha constatado la vitalidad permanente del poema “A Margarita Debayle”. “Obtuvo en Latinoamérica una difusión inmediata, persistente y extraordinaria” –sostiene, añadiendo que “quienes lo leyeron o escucharon no pueden olvidarlo.

En realidad, todo “A Margarita Debayle” es un objeto bello y viviente, un poema perfecto y único, al igual que “Sonatina” y, como este otro gran poema: irrepetible e inevitable.

Finalmente, debo reiterar que, como “La Rosa Niña”, “A Margarita Debayle” – en la concepción de Darío- posee “el divino poder del querer inocente y la fuerza íntima de la creación que hay en la volición incontaminada”. Y añade el poeta: “Ésta es la que hace mover montañas, según la palabra de Jesús y la que en el alba de las religiones realizan los prodigios y las metamorfosis. Homero y Virgilio están contenidos en Ezequiel y en Juan, el de Patmos. Y mi niña que se torna rosa por el milagro de pureza formidable, es tan factible –dejadme pasar la palabra- como el cuervo milenario de Leconte de Lisle, las rosas de la reina de Hungría o el vino de Canaán”.

“Vulgo gratíssimo auctor”
He ahí lo que subyace en “A Margarita Debayle”: el milagro de pureza formidable; milagro que motivara a Rubén para ser diáfano y plenamente entendido y disfrutado. Por eso lo incluyó en el primer volumen de su antología personal (Madrid, Biblioteca Corona, 1914) y lo que escribió sobre “La Rosa Niña” puede aplicarse a nuestro cuento en verso. “Yo he querido aquí ser comprendido por todos y que los amigos de la aristocracia mental se junten, en la sencillez de la armonía, con mis apreciaciones populares. Sé que es muy difícil decir de un poeta lo que Giovanni, del Virgilio boloñés dice en un epitafio del Dante: Gloria Musarum, vulgo gratíssimo auctor.

Y en “A Margarita Debayle”, como en tantos otros poemas, Darío fue eso: gloria de las musas y autor agradabilísimo para el vulgo.

Coda sobre la destinataria
En cuanto a la destinataria de este apólogo memorable, no resulta ocioso decir que su encuentro de niña con Darío en la pequeña isla del Cardón (y la subsecuente creación del poeta) constituyó el acontecimiento más grato de su vida. Así lo manifestaría ya adulta, Margarita Debayle Sacasa (León. Nicaragua, 4 de julio, 1900-Lima, Perú, 19 de diciembre, 1983). Incluso lo dejaría escrito y, naturalmente, aprendería de memoria el poema a ella dedicado por el más universal de los nicaragüenses.

Al menos en tres oportunidades lo recitó en público: a los 51 años, a los 62 y a los 66.

El diplomático dominicano Emilio Rodríguez Demorizi registra que el 18 de febrero de 1952, en la residencia en León de Casimira Sacasa, viuda del doctor Luis H. Debayle, su hija Margarita recitó “los versos que le dedicó Rubén. Admirable recitadora”.

Por su lado, el catedrático español Oliver Belmás -afirma: “Yo tuve la fortuna de oír recitarla maravillosamente a la propia Margarita en la recepción de despedida que me ofreció la Embajada de España en Managua en (enero de) 1963”. Por fin, en el marco del centenario natal de Darío –enero de 1967- ella fue consagrada Musa oficial, ceremonia que aprovechó para recitar espléndidamente, una vez más, “A Margarita Debayle”. Una grabación se conserva de este acontecimiento en el Museo y Archivo de León, Nicaragua.


Fuentes consultadas
* Bowra, C. M. : “Rubén Darío”, en Rubén Darío en Oxford. Managua, Ediciones de la Academia Nicaragüense de la Lengua, 1966, pp. 11-48.

* Coloma, Fidel: “Introducción”, en Rubén Darío: El viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical. Managua, Nueva Nicaragua, 1987.

* Darío, Rubén: “El poema de La Rosa Niña”, en Rubén Darío: Poesías y prosas raras. Compiladas y anotadas por Julio Saavedra Molina. Santiago, Prensas de la Universidad de Chile, 1938, pp. 99-100.