•  |
  •  |
  • END

Hace veinte años la reciente gira de negocios y amistad de un presidente ruso a América Latina hubiera sido no sólo imposible, sino inimaginable. Nicaragua, entonces, confrontaba la difícil situación de hacer frente a un estado de guerra interna y a la vez prever una invasión militar externa de carácter convencional.

La Unión Soviética, aunque no sacaba ventajas inmediatas de tal contexto, procuraba obtener reconocimiento de su política de apoyo y solidaridad a los movimientos de liberación y a los grupos y partidos que alcanzaran el poder en medio de la lucha armada.

Esta posición de la Unión Soviética, aunque correcta, no dejaba de atraer elementos perturbadores que reforzaban la naturaleza global del conflicto nicaragüense. En aquel momento EU y la URSS, de hecho, eran las superpotencias que venían jugando a la Guerra Fría (1945-1989) en sus patios traseros, el ya reconocido Tercer Mundo, que finalmente se organizó en un movimiento de países no alineados. Cada día más se distanciaban de las políticas centrales de las grandes potencias. Y de hecho ya se empezaba a construir una multipolaridad dentro de la bipolaridad de la guerra fría.

Hace casi veinte años también (1990-2008), bajo el impacto de los eventos históricos traumáticos --la caída del Muro de Berlín, el ocaso del mundo socialista y la pérdida de la Revolución Sandinista-- los países del Tercer Mundo (subdesarrollado) no aceptaron la versión de los ideólogos del Primer Mundo (desarrollado), acerca de que esto era el final de la historia. Y principalmente continuaron rechazando también el desprecio secular de los Estados Unidos por la soberanía de los otros estados, el unilateralismo de su política internacional, el militarismo, la prepotencia y la arrogancia, la pretensión de reformar el mundo a su imagen y semejanza, el pretexto de promover la democracia como rationale para la deflagración de guerras intervencionistas de todo tipo. En todos los continentes, no sólo en América Latina.

En Sao Paulo, Brasil, (1990) por invitación del Partido de los Trabajadores, en este momento presidido por el futuro presidente de Brasil, Lula da Silva, las izquierdas del Tercer Mundo inmediatamente y de manera formal y pública rechazaron la visión unipolar post guerra fría , empezando así una nueva resistencia; y una nueva historia empezó a ser contada a partir de un nueva visión emergente dirigida a la construcción de un mundo multipolar. Y las viejas banderas de lucha empezaron a ser renovadas.

Al finalizar el siglo, en México, y al empezar el nuevo, reunidos en Nicaragua, alrededor del Foro de Sao Paulo, ya todos estábamos claros de que sería posible construir otro tipo de organización de la sociedad y otro modelo de relaciones entre los Estados. A partir de entonces, el concepto de superpotencia y unipolaridad de Bush, que proseguía como si fuera eterno, empezó a sonar como anticuado. Y maniqueo. Y todo se desarrolló en nuestro continente de forma muy rápida. Por un hecho que a menudo se olvida.

América Latina es la única área del mundo con una historia continua de trastornos revolucionarios y luchas políticas radicales desde hace más de un siglo. Ni en Asia ni en África, ni en Europa encontramos equivalentes a la cadena de revueltas y revoluciones que han marcado la específica experiencia latinoamericana, la cual, de aquí a un siglo atrás, viene dando cuenta de nuevas victorias que se suceden a derrotas y nuevas explosiones sociales y políticas.

Hilvanando un poco la historia futura a partir de ese pasado
Recordemos la Revolución Mexicana (1910), victoriosa, pero que también fue esterilizada en sus aspiraciones populares. Luego entre las dos guerras mundiales (1918-1939) hay una serie de levantamientos heroicos y experimentos políticos derrotados: Sandino en Nicaragua, la revuelta aprista en Perú, la insurrección en El Salvador, la revolución del 33 en Cuba, la intentona comunista en Brasil, la breve república socialista y el frente popular en Chile.

Con la Segunda Guerra Mundial comienza un nuevo ciclo: el primer peronismo – en Argentina, el Bogotazo en Colombia y la revolución boliviana de Paz Estensoro (1952). Al final del decenio estalla la Revolución Cubana (socialismo por la vía armada, 1959). Sigue una ola de luchas guerrilleras a través del continente y la elección del gobierno de Salvador Allende en Chile (socialismo por la vía electoral). Estas experiencias fueron aplastadas con el ciclo de dictaduras militares que comenzaron en Brasil en el 64 y luego allanaron el camino a Bolivia, Uruguay, Chile, Argentina, en los años setenta de plomo. A Mediados del deceniwo, la derecha parecía victoriosa casi en todas partes.

De nuevo, sin embargo, se encendió el fuego de la resistencia con el triunfo de la revolución sandinista del 79, la lucha de los guerrilleros del FMLN en el Salvador y la campaña masiva para elecciones directas en Brasil. También esta ola de insurgencia popular fue desmontada o destruida impiadosamente.

Y a mediados de los años noventa, reinaban casi en todos los países latinoamericanas versiones criollas del neoliberalismo norteamericano, instaladas o apoyadas por Washington: los regímenes de Menem en Argentina, Fujimori en Perú, Cardoso en Brasil, Salinas en México, Sánchez Losada en Bolivia, la Nueva Era en Nicaragua (Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán, Enrique Bolaños ), etc.

¿Por qué Rusia procura desarrollar ahora las relaciones con América Latina, considerada el patio trasero de los EU?
Recordemos que a partir del siglo XXI, la atmósfera que el nuevo imperialismo estadounidense post guerra fría impone a sus seguidores es su ya conocida trayectoria intervencionista de hace doscientos años atrás. Y su invariable principio de “América para los Americanos”. Por esta vía terminaron creando un desorden en las economías de Latinoamérica y una ceguera dentro de su propio sistema, los que funcionaron como murallas altas que impedían ver la realidad de lo que pasaba en su patio trasero (backyard).

El paisaje político de Latinoamérica estaba otra vez totalmente inmerso en un proceso de cambio y ahora nadie lo iba a detener sin el riesgo de una explosión continental. Y un nuevo ciclo popular comenzó a partir de la revuelta zapatista en Chiapas. Luego aparece la llegada al poder de Hugo Chávez Frías en Venezuela, las victorias de Lula da Silva y los dos Kirchner(Néstor y Cristina), en Brasil y Argentina, el derrumbe de Sánchez Losada en Bolivia y la llegada de Evo Morales , el primer indígena presidente en un país de mayoría indígena.

En Ecuador llega Rafael Corea y declara la moratoria de la deuda externa. Y el FSLN regresa al poder con Daniel Ortega Saavedra en la presidencia de Nicaragua. A esta altura, queramos o no, el mundo ya no es ni bipolar ni unipolar, sino multipolar. La ONU ya no es la ONU y el G-7 pasó a G-8. Pero hay también G-90 y hay G-3, forum de diálogo entre Brasil, India y África- y G-4 – y hay -G-20 un grupo de países que representan en su conjunto el 22 % de la producción agrícola mundial, más del 70% de los agricultores del mundo y 60 % de la población del globo.

Y la verdadera OEA también puede ser ALBA, esta cosa hermosa que acaba de nacer en Brasil (9 de abril de 2008).

En fin, muchas otras siglas surgen en el enmarañado de la política mundial. Siglas que representan grupos de fuerzas poderosas emergentes y decisorias, que están así asociadas contra el proteccionismo de los países ricos. Porque la unilateralidad que los países centrales ostentaban se basaba y subsistía de una multipolaridad que ellos intentaba desconocer y /o manipular de todas las formas posibles. Principalmente a través de la arquitectura militar del US SOUTHCOM en Latinoamérica y el Caribe. Aunque a sabiendas de que ésta no era una relación sostenible. Y de verdad estamos viendo hoy la situación caótica de las aún potencias mundiales.

En esta coyuntura de cambio y crisis capitalista la ex potencia de la época bipolar -Rusia -vuelve a comparecer en Latinoamérica, pero no sólo para oponerse a EU. O con la vieja ambición de la ex Unión Soviética de enterrar al Imperialismo estadounidense y colocar la bandera roja con hoz y hacha en todo el mundo. Sus relaciones diplomáticas con muchos países de la región vienen desde hace un siglo y medio. Como por ejemplo con Brasil. Y han sido siempre amigables y respetuosas.

Por esto hoy podemos decir que durante todos estos años la característica de la política externa de la ex URSS hacia Latinoamérica era diferente de la que había aplicado y aplica los EU. Los ejes de su política externa incluyen paz y coexistencia pacífica e igualdad entre países soberanos. Y no aceptó nunca que América Latina pertenecía exclusivamente a los norteamericanos. Pero nadie en la derecha se dio cuenta de que Rusia podría ser considerada un socio natural de nuestro continente. Apostó por Cuba enfrentándose directamente contra los EU.

Durante el periodo comprendido entre la década 1960 y 1970, apostó por Brasil cuando el Partido de los Trabajadores de Brasil (PTB) asume el poder y Joao Goulart es expulsado de la presidencia por militares brasileños apoyados por la VI Flota americana estacionada en sus costas. Luego vendría Chile (Salvador Allende). Pero la URSS siempre trató a Latinoamérica como un continente que se debería respectar y apoyar en su desarrollo manteniendo todo el tiempo estrechas relaciones con sus gobiernos.

De Yeltsin a Medvédev, pasando por Putin. Más amigos que adversarios
Tras la desintegración de la URSS, vimos que Rusia deseaba inclinarse hacia el Occidente, para ampliar la esfera de sus intereses prioritarios, y tomaba como una carga no sólo a los países asiáticos y africanos, que durante la Guerra Fría le habían servido como la barrera estratégica periférica. Sino también a los países latinoamericanos.

Como estaba ansioso de librarse de esa carga, el ex presidente ruso Boris Yeltsin luego abandonó a sus socios pobres del tercer mundo, pero no logró entablar relaciones estrechas con los ricos amigos estadounidenses que prefieren a China. Y hasta hoy continúan apostando en una Rusia débil y haciendo chantajes.

Vladimir Putin le sucede a Yeltsin y todo empieza a cambiar en el Kremlin. Su inocultado deseo de recuperar el prestigio de su país como potencia pero no necesariamente a través de la restauración de la ex URSS ha impulsado un proceso de acercamiento con muchas naciones en el mundo teniendo como ejes de la política exterior de su gobierno tres principios fundamentales: salvaguardar la seguridad y los intereses económicos de Rusia, realizar la previsión en la política exterior y poner la ley internacional por encima de todo.

Hasta los países considerados por EU como “países renegados” y “países del eje del mal” son en realidad importantes recursos diplomáticos que a Rusia le sirven de palanca para hacer frente a la presión estratégica occidental y gestionar las relaciones con EU. Además de sus enormes intereses propios comunes.

Putin y América Latina, a todos sirve la nueva estrategia
El interés de Putin con nuestro continente no obedecía sólo a su vieja alianza con la Cuba comunista, sino que era más amplio, tanto en países como en objetivos. Lo que antes era puro cálculo geopolítico hoy está muy aderezado con intereses comerciales.

A todos sirve la nueva estrategia. Rusia amplía su influencia diplomática y simultáneamente genera nuevos negocios. Los países latinoamericanos, por su parte, establecen alianzas que ayudan a reducir el peso de la política estadounidense en el continente.

Aunque no podría decirse que Putin era un gobernante de izquierda, su política de relanzamiento mundial del poder ruso se vio favorecida por el “giro izquierdista” de la región y lo acercó a gobiernos como el de Brasil y Venezuela, y de sus aliados como Nicaragua.

Pero Rusia también ha venido trabajando intensamente junto a Brasil en el llamado grupo BRIC (Brasil, Rusia, India, China), integrado por las más grandes economías emergentes. Putin también cortejó a otros “grandes”, como México o Chile, demostrando que no existe necesariamente un condicionamiento ideológico en la nueva aproximación con América Latina.

Fin de primera parte