Jorge Eduardo Arellano
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En enero de 1979 se inauguró el más atractivo sitio natural de Nicaragua y una de las maravillas del planeta: el Parque Nacional Volcán Masaya. Se cumplían entonces cuatro siglos y medio de la implantación de la cruz, por el fraile español Francisco de Bobadilla, en el borde de su principal cráter, considerado por la mentalidad medieval de la época “Boca del Infierno”, siendo necesario exorcizarlo. Hoy ese hecho histórico cumple 480 años.

Pero el primer dato documentado del volcán se remonta al 10 de abril de 1525, fecha de la carta de Pedrarias Dávila a Carlos V. En ella informa al monarca que en la muy poblada provincia de Masaya, sobresalía dicho volcán donde “sale una boca de fuego muy grande, que jamás cesa de arder y que de noche parece que toca el cielo y se ve 15 leguas como de día”.

Una gran experiencia ecoturística
El Parque fue visitado durante 2006-07 por más de cien mil personas, extranjeros en su mayoría. Muchas de ellas dejaron sus impresiones en el Libro de Registro del Centro de Atención de Visitantes: un pequeño museo renovado por la licenciada Nidia Cuarezma, actual administradora. En inglés, francés y español lo firman, muy complacidos, turistas de numerosas nacionalidades, coincidiendo en el cuido e impecable limpieza del Centro (“parece Europa, pero es Nicaragua”, escribió un mexicano), y en su amplia y sencilla información. “A marvellous experience for a tourist from Melbourne, Australia”, acotó otro.

Creado legalmente el 23 de mayo de 1979 --mediante decreto publicado en La Gaceta al día siguiente-- ha constituido un laboratorio viviente, siendo investigados en su perímetro, tanto fenómenos geológicos en la Tierra y en Marte, como la evolución de la vida natural: desde la roca desnuda hasta la formación del bosque tropical seco.

El Plan Maestro
A iniciativa del doctor Jaime Incer Barquero, con el apoyo institucional del Banco Central de Nicaragua (BCN), el primer Parque Nacional del país fue concebido como modelo en la Reunión Centroamericana sobre Manejo de Recursos Naturales y Culturales, celebrada en San José, Costa Rica, del 9 al 14 de diciembre de 1974. En dicha reunión, desde luego, participó Incer Barquero. El BCN financió la compra de los terrenos, la construcción de la carretera y el Centro de Visitantes, como también la llegada de los primeros grupos escolares. El BCN --declaró entonces su Presidente-- “es el único Banco Central del mundo que tiene entre sus activos un volcán”.

El 15 de septiembre de 1975 se iniciaron las obras. El ingeniero Sofonías Cisneros dirigió la construcción de la carretera. Pero meses antes se había elaborado un Anteproyecto que prepararon profesores de la Escuela de Biología y Recursos Naturales de la Universidad Centroamericana, UCA, técnicos del Instituto Geográfico Nacional y del BCN, con la asesoría del Programa FAO/PNUD para Centroamérica. Entre los especialistas, figuraron el botánico Juan Bautista Salas, el vulcanólogo Alain Creuseot-Eon y el fotógrafo Franco Peñalba. El Anteproyecto se tradujo en un Plan Maestro, elaborado durante el Seminario que para tal efecto se realizó en la UCA en febrero de 1975. Tres años después fui invitado por el doctor Incer para reconocer su avance, en compañía de Pablo Antonio Cuadra y Eduardo Pérez Valle. Esa tarde pasada en el volcán fue memorable.

Dos volcanes y cinco cráteres
Desde entonces me familiaricé con los volcanes del Parque. En primer lugar, el Masaya, con sus dos cráteres: el San Fernando (cuya última erupción fue en 1772, pero en 1846 ya estaba saturado de vegetación) y el San Juan; y luego el Nindirí con sus tres cráteres: el Santiago (formado en 1853 y único activo), el Nindirí (cuya última erupción se remonta a 1670) y el San Pedro. Se trata de toda una antigua caldera de forma ovalada (11 x 5 km.) con una elevación de 635 metros, formada hace ya cerca de 2,250 a 2,500 años, perteneciente a la serie de volcanes cuaternarios localizados sobre una línea paralela --30 kilómetros tierra adentro-- al litoral del Pacífico de Nicaragua. La caldera se ha venido rellenando con sus corrientes o coladas de lava. Una primera descripción de esta caldera la realizó el norteamericano Alexander McBirney en 1856. Sus características geofísicas las estudiaron Jaime Incer y Claudio Gutiérrez Huete en 1975; y su estratigrafía y su evolución Julio Garayar, tras recorrer tres meses el área del Parque, en 1978.

Las investigaciones científicas continuaron. Tres de las más recientes han sido citadas por el ingeniero Carlos Lola en su monografía del Parque. En una de ellas, escrita por tres científicos del Instituto de Geofísica y Planetología de la Universidad de Hawai y Manoa, el cráter Nindirí fue identificado como un análogo terrestre de la evolución de la caldera del “Olympus Mons” en Marte, el volcán más grande de nuestro Sistema Solar (25 kilómetros de altura y una base de 600 kilómetros de diámetro, incluyendo el borde exterior de sus acantilados). Esta investigación reporta que, a pesar de las notables diferencias de escala, ambas calderas poseen fuertes similitudes.

Las viñetas de la “Boca del Infierno”

También el ingeniero Lola reprodujo las nueve viñetas que Eduardo Pérez Valle trazó de las incursiones históricas al Masaya, comenzando con las de la de los españoles a principios del siglo XVI. Aludo de nuevo a la primera del mercedario Bobadilla, seguida en julio en 1529 por la del primer dibujante del volcán: el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez (1478-1557), acompañado de dos indios, de un sirviente negro y de Nacatime, cacique de Nindirí que le sirvió de guía. El tercero fue fray Blas del Castillo, quien descendió al cráter el Sábado de Ramos, 13 de abril de 1538, armado en una mano de una cruz de madera --para conjurar cualquier maleficio-- y en la otra de un martillo para cascar la veta de aquel material que en el intracráter parecía brillar como oro.

Según puntualizó el doctor Incer, la entonces “Boca del Infierno” atrajo a otros religiosos. Dos de ellos fueron Bartolomé de las Casas y Toribio Benavente (Motolinía). De las Casas pasó una noche de vigilia en la cumbre y pudo leer maitines al resplandor de la lava; y Motolinía escuchó el fragor de ésta, llamando al Masaya “el más espantoso de los volcanes que hay por toda esta gran tierra”. Otros cronistas españoles, aunque no escalaron el volcán, escribieron sobre el cráter con admiración y estupor.

El propio monarca Felipe II, de acuerdo con un inventario de sus bienes, poseía un cuadro pictórico del Masaya; y el cronista Diego Muñoz Camargo, en su códice iconográfico conocido como “Manuscrito de Glasgow”, ilustra la presencia de los indios tlaxcaltecas guerreando en las faldas del volcán al servicio de la monarquía y, al parecer, contra los rebeldes hermanos Contreras.

Sitio natural con vida propia
Afirma Lola en su monografía: “Había leído varias veces que el Parque Nacional era un fenómeno extraordinario. Es un sitio natural con vida propia: las flores de Poro Poro lucen en el verano, los sacuanjoches florecen en el invierno; las fumarolas expulsan vapor de agua casi todo el tiempo, los árboles pierden sus hojas en el verano y las recuperan en el invierno, los murciélagos regresan a sus cuevas por las noches y los chocoyos coludos a sus nidos en las paredes del Santiago cada atardecer; la columna de gases sulfúricos del Cráter Santiago es perenne, con algunas variaciones de intensidad”.

También Lola se refiere a las orquídeas, nancites, pencas y otras plantas y flores; a encuentros cercanos con los murciélagos, venados cola-blanca, iguanas y urracas. Asimismo, describe la Cueva de Tzinanconostoc (o de los Murciélagos) que es la más grande del Parque, las fumarolas del Comalito y del Cráter San Fernando, las emanaciones de Dióxido de Sulfuro del Cráter Santiago y el “paraje cósmico” del Cráter Nindirí.

Finalmente, informa de su diálogo con un vulcanólogo canadiense investigando el volcán, y del testimonio de un pequeño grupo de Artistas Espaciales de Estados Unidos, Inglaterra, Bélgica y Canadá a su raíz de su visita al mismo,
Incer: reinventor del Volcán
Jaime Incer Barquero, el hombre-ciencia de Nicaragua, ha recorrido y amado nuestra tierra como nadie, indagando profundamente en su historia y en los descubrimientos de sus antecesores, entre ellos el español Oviedo y Valdez, el británico Thomas Belt y los alemanes Kart Sapper y Von Seebach. Sin sus aportes desde los años 50, sin su infatigable creatividad y preocupación permanente por preservar nuestros cada vez más depredados recursos naturales, no tendría yo (y espero que también miles de compatriotas) el orgullo de ser nicaragüense. El placer de admirar y conocer nuestra geografía.

A Jaime le debemos la reinvención del Volcán Masaya que don Andrés Bello eligió como ejemplo único en nuestra América. Entre sus variados aspectos, cabe citar su geología y su flora. Ambas fueron registradas por Incer Barquero. La primera con el argentino José Viramonte, experto en petrología, contratado por el Servicio Geológico Nacional, antes del terremoto del 72, cuando ya había subido y explorado el volcán más de una docena de veces, y descrito el charco de lava refulgente que cubría el fondo del cráter del Santiago (de 350 a 450 metros de diámetro) para luego restringirse a un intracráter central o pozo de lava de 40 a 70 metros de diámetro, antes de hundirse y desaparecer a principios de 1980 a la cámara subterránea debajo del volcán.

Flora del Parque
La segunda la investigó por su cuenta. Así identificaría en las laderas la Reina rojo naranja, el alado Sardinillo, de racimos amarillos y hojas verde-tierno; el diminuto Cundeamor escondido --de corola carmín--, y la Flor del Pochote, suspendida entre las ramas abiertas y espaciosas durante los soleados meses de verano; las transparentes Campanitas doradas floreciendo al final del invierno y trepando arbustos y colinas; la Lluvia Coral, frágil y roja y encendida todo el año; el Cuasquito: un ramillete anaranjado que llaman también Cinco Negritos por sus frutillas oscuras; la Dueña del Monte: una enredadera de flores blancas y lilas; la Orquídea Crucifijo, acurrucada entre las grietas y las piedras secas; la Catapamza o Pasionaria, cuyos estigmas, estambres y corolas semejan los tres clavos y el Manto de Nuestro Señor; y la pendular Cachimbita, solitaria de pétalos que se clavan, púdicos, a la caída del atardecer.