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No se sabe si ese será su verdadero nombre, pero a doña Pretendencia, identificada así por ella misma y por el grupo de mujeres que la rodean y le celebran sus ocurrencias, prefiere estar en el muelle esperando a su marido con la carga de langostas, que haciendo fila en una junta de votaciones.

“Primero la comida, luego la familia y si sobra tiempo, tal vez vote”, dice ella, y el grupo de personas que la rodean, de las más de 150 que pululan sobre los tablones renegridos del muelle de la ciudad costeña de Bilwi, asientan con la cabeza y respaldan con comentarios la posición de apatía política de la mujer del pescador.

Durante un recorrido de EL NUEVO DIARIO por los centros de votaciones de la ciudad, y luego por los principales centros de congregación popular, se notó que hay más gente en los mercados y plazas públicas, que en los centros de votación.

En el muelle municipal, por ejemplo, más de 150 personas, según el cálculo del oficial del puerto, esperaban la llegada de dos barcos langosteros que entraron a la mar la semana pasada. Mujeres de diferentes edades, niños en brazos, hombres adultos y vendedores ambulantes, atiborraban el portón de ingreso de la Terminal acuática y otro tanto de personas, dentro del muelle, mataban el tiempo en pláticas con la vista clavada en el horizonte marítimo, en espera de ver aparecer las barcas.

“No hay nada que hacer ahí, los políticos no me dan de comer, entonces yo no los apoyo”, dice Paula Peralta, quien asegura que luego de que el barco llegue, y ella regrese a su casa a almorzar, solo luego de ello, podría ir a votar al Colegio Corazón del Muelle, donde le corresponde depositar su voto.

Daysi Ruiz, del barrio El Muelle, también se expresa desinteresada por ir a votar. “No me jodan los ladrones, que coman m…”, dice cuando se le pregunta si piensa ejercer su derecho cívico. Aplausos y comentarios picantes de respaldo la acompañaban en sus expresiones de desprecio a la clase política local. “Aquí la gente no cree mucho en los partidos, son muy pocos los que le siguen, la gente prefiere buscar la comida y trabajar normalmente”, dice don Juan Francisco Torrez, miskito del lado de río Coco que espera a su nieto en una lancha que partió en la madrugada a la mar.

“Tres lanchas partieron hoy en la mañana a faenar, puede que regresen hoy o que vengan mañana”, dice un oficial de la Naval que custodia una de las pangas rápidas del Ejército que están atracadas en el muelle. En cada lancha, dice, iban más de cinco jóvenes que posiblemente no vayan a votar. Y menos aún que vayan a votar otro grupo de jóvenes que cargan aperos de pesca y bidones de agua y combustible para zarpar al mar a faenar, una vez que caiga el sol terrible del mediodía.

“¿Ha visto a usted a alguien que ande el dedo manchado en este muelle?”, pregunta una joven señora que ve al equipo periodístico hacer preguntas. Su interrogante nos obliga rápidamente a buscar en cada persona que nos encontrábamos, el dedo manchado por la tinta indeleble que identifica a quienes ya votaron.

No vimos un solo dedo con tinta. Y la situación más allá del muelle, es similar en las Iglesias locales. La mayoría de ellas están abarrotadas y la gente adentro canta y luce sus mejores ropas, y en las manos que palmean con ritmo las alabanzas al señor, no se notan aún los dedos manchados. Al menos en la mayoría de las manos que aplauden.