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Cuando Leonel Rugama se atrevió en su bello poema a hablarnos “De los Santos”, se refirió a Sandino, al Che, a Miguel Ángel Ortez, a Selim Shible, a Jacinto Baca y a Julio Buitrago. Destacó de ellos su patriotismo, su ejemplaridad, su valentía, su espíritu de sacrificio y su honestidad, su desprendimiento y su capacidad de dar amor por los oprimidos de la tierra. También nos convidó: “Ahora vamos a vivir como los Santos”, con el espíritu del “Che comandante, nosotros somos el camino y vos el caminante”, de Jorge Navarro de quien “...sabía que hay un deber de cantar y otro de morir… y que fue tan valiente para no morir de tristeza”, de Julio Buitrago, el que “...nació peleando solo contra trescientos… superando a Leónidas, el de las Termópilas”.

Y el poeta Leonel, quién vivió y murió heroicamente el 15 de enero de 1970, dejó grabadas con sangre sus palabras, y la juventud nicaragüense de distintos estratos sociales hizo suyo el llamado, y decidió vivir y morir como los santos: Óscar Robelo, Adolfo Aguirre, José Román González, Javier Guerra, Lourdes Mayorga, Ileana Gómez, Juan Carlos Herrera, Óscar Perezcassar, Arlen Siu, Edgard Lang, Idania Fernández, Ernesto Castillo, Gabriel Cardenal, Martha Angélica Quezada, Mercedes Reyes… y muchísimos otros.

Estos muchachos y muchachas llegaron al compromiso revolucionario, desde su militancia cristiana, la mayoría de ellos sacudidos, guiados, entusiasmados, por la opción preferencial por los pobres y por el mensaje de que entre cristianismo y revolución no había contradicción. Muchos de ellos también recibieron la influencia ejemplar y consecuente del sacerdote Fernando Cardenal Martínez, quien había decidido dedicar su vida a Cristo y a los pobres, abandonando privilegios y tomando “la vida en serio”. Sin haber leído a Rugama, por las enseñanzas cristianas de una Iglesia que desde el Concilio Vaticano II venía experimentando cambios importantes.

Las primeras noticias que tuve de la existencia de Fernando Cardenal Martínez, casi fantasmales, fue cuando una vez en mi casa del barrio Laborío, en León, probablemente en 1971, lo vi reunido con un grupo de jóvenes, muchachos y muchachas, del Colegio La Salle y del Colegio Pureza de María, en León. Sabía o entendía que eran cristianos que reflexionaban sobre la miseria y sobre la pobreza de Nicaragua, sobre la injusticia reinante, y que querían hacer algo para cambiar las cosas: promovían retiros, cursillos de cristiandad, trabajos comunales, campañas de alfabetización... También sabía que en esas reuniones, aunque no eran clandestinas, se hablaba muy mal del Gobierno de Anastasio Somoza Debayle.

También supe años después, que a sólo tres días de incorporarse a la UCA, un 23 de agosto de 1970, ya convertido en sacerdote, estrenando el cargo de Vicerrector de Estudiantes, consideró justo ponerse al lado de los alumnos en los reclamos que el Ceuca venía planteando desde meses atrás sin encontrar respuesta de las autoridades. En ese entonces consideró válida la toma pacífica del recinto universitario.

Cuando a las semanas de estos hechos la Guardia Nacional inició una jornada represiva y capturó a algunos de los dirigentes y de los participantes de esta toma, se involucró en las protestas que desembocaron en una huelga de hambre y en la toma de la Catedral de Managua, acompañado por otros sacerdotes, lo que logró que los estudiantes fueran liberados y exonerados de culpa. Este tipo de posiciones provocó que su amigo desde la adolescencia, el padre León Pallais, Rector de la UCA, lo suspendiera del cargo y lo retirara de la institución en diciembre de ese mismo año.

Pero no pudieron alejarlo de esta justa causa, y cuando las autoridades de la Universidad Centroamericana, en enero de 1971, decidieron suspender las actividades académicas para evitar la protesta estudiantil por los corridos y reprimidos entre ellos, Fernando repudió la represión desproporcionada contra los estudiantes que se habían tomado la rectoría y el recinto, y más aún, la medida del Consejo Universitario de pedir a la Guardia Nacional el desalojo de los muchachos y sus de acompañantes, entre ellos el sacerdote Antonio Sanjinés, quien dos días después sería expulsado del país por el régimen somocista.

Y cuando le negaron matrícula a más de 60 estudiantes, entre ellos al padre Parrales, no dudó en respaldar la huelga de hambre con toma simultánea de la Catedral de Managua, y fue miembro del Comité de Huelga, en acción conjunta del CUUN y del Ceuca. El gobierno se vio obligado a liberar de manera apresurada a los estudiantes UCA presos, pero aun así no se retiró de la protesta. Los liberados se incorporaron a la toma de la Catedral y asumieron plenamente la lucha por la libertad de los presos políticos, a quienes se les había aplicado “el pisa y corre”. Estos hechos fueron la chispa, y decenas de iglesias católicas y de colegios en todo el país fueron tomados, alrededor de 40,000 estudiantes de secundaria participaron activamente.

En los primeros días de mayo de ese mismo año, después de que los colegios católicos decidieron suspender la huelga, los estudiantes de los institutos públicos tomados fueron desalojados por la GN, y los obispos amenazaron a los sacerdotes con suspenderlos como tales por la toma de la Catedral. Decidió junto con ellos abandonar la iglesia y se trasladaron a las instalaciones de la Cruz Roja, para acompañar en la huelga de hambre a las madres de los reos políticos que ya llevaban más de una semana, y a los reos que llevaban tres días más. Y Fernando se mantuvo firme, y cuando las madres llevaban 20 días sin comer, los reos 23 y los sacerdotes siete días y medio, el régimen comenzó a aflojar y a liberar a los presos, por lo que concluyó exitosamente la protesta.

En diciembre de 1972, Fernando y un grupo de jóvenes y sacerdotes, en una sesión de reflexión con grupos de la Pastoral Juvenil y de las Jornadas de Vida Cristiana, acordaron promover una Navidad sin lujos, que no diera la espalda a la situación de miseria de amplios sectores de la población, por ello se apostaron a ayunar en el atrio de la Catedral de Managua, desde donde explicaban a los curiosos y a los transeúntes el verdadero sentido del nacimiento de Jesús y la necesidad de la liberación de los presos políticos condenados. Este grupo terminó su ayuno intempestivamente, cuando el 22 de diciembre de 1972, a las 12:35 minutos de la madrugada, Managua fue destruida por un terremoto. Algunos de estos jóvenes --entre los que se encontraba mi hermana, Mónica-- ayudaron a mi familia a trasladarnos de donde vivíamos a una cuadra de Catedral, hacia la costa de lago, lugar donde amanecimos.

Fundacion del Movimiento Cristiano

En 1973, Fernando y distintos grupos de jóvenes cristianos provenientes de varias ciudades del país, con los que había tenido una intensa actividad pastoral de concienciación durante 1971 y 1972, se juntaron para reflexionar en la casa de ejercicios espirituales La Palmera, en Diriamba, y decidieron constituir el Movimiento Cristiano, MC, con el objetivo de seguir fomentado la toma de conciencia y de compromiso de los estudiantes y del pueblo de Nicaragua, ante la situación de injusticia y de desigualdad reinante, y aunque no todos los grupos estaban tan radicalizados, todos aceptaron que su tareas centrales serían “concienciar, evangelizar, organizar” (Cardenal, p. 84). Este año, cuenta Fernando en sus memorias, se integró al FSLN de Carlos Fonseca, dando un salto cualitativo en su integración al proceso del cambio revolucionario
En 1978 llegaron a mis manos las publicaciones clandestinas del Movimiento Cristiano, MC, y del Frente Estudiantil Revolucionario, FER, que relataban el testimonio que Fernando Cardenal presentó ante el subcomité del Senado Norteamericano el 8 y 9 de junio de 1976, donde denunció con valentía la ola represiva que desde mayo de 1974 la dictadura somocista había desatado contra distintas comunidades campesinas del norte de Nicaragua, y mencionó con nombres y apellidos a los más connotados torturadores. En la lista, de un total de 27, figuraban el general Samuel Genie, el coronel Alesio Gutiérrez y el teniente coronel Juan Lee Wong. Uno de esos folletos afirmaba que la voz de Fernando se había alzado “como la voz de un profeta bíblico”.

Y en 1977, después de seguir concienciando y conspirando contra el régimen opresivo, fue llamado a integrar y a conformar un grupo de personalidades nacionales que denunciaran y debilitaran la poca credibilidad que le quedaba a la dictadura. Clamaron a nivel internacional contra el genocidio somocista, y luego “Los Doce” regresaron a Nicaragua, y desafiando a los asesinos bajo la consigna: “La dictadura es un cadáver, venimos a sepultarlo”, agitaron las principales cabeceras departamentales. Personalmente, fui uno de los miles de leoneses que los esperamos en la entrada a León para marchar por las principales arterias. Este grupo solamente interrumpió su periplo, cuando al producirse la Toma de la Chanchera (El Congreso Nacional) el 22 de agosto de 1978, la furia represiva lo hizo imposible.

Al frente de la Cruzada Nacional de Alfabetizacion

Por eso, cuando al triunfo de la Revolución, la Dirección Nacional del FSLN designó al padre Cardenal para Coordinar la Cruzada Nacional de Alfabetización, CNA, estaba tomando una de las decisiones más acertadas de esa década. El prestigio, la confianza y la admiración que el padre Fernando despertaba en amplias capas del pueblo de Nicaragua, y particularmente entre la juventud estudiosa combatiente, era incuestionable. Si los padres de familia, si la sociedad, debían confiar que este proyecto sería exitoso, este Coordinador de la CNA era el idóneo.

Y, en efecto, el esfuerzo de convocatoria, de organización y de gestión fue extraordinariamente eficaz: cientos de jóvenes nos dispusimos a organizar el Ejército Popular de Alfabetización, EPA, en los colegios y universidades, y entre enero y marzo de 1980, más de 60,000 jóvenes estábamos listos a desplegarnos por todo el territorio nacional. Entre marzo y agosto de 1980, el trabajo de Fernando se multiplicó, hoy podía estar en Wiwilí y mañana comunicándose con la Unesco o con los sindicatos suecos. Y las cartillas, las mochilas, las botas, las inolvidables cotonas y el mensaje esperanzador para enfrentar todas las adversidades y temores, siempre estuvieron listos.

El que fuera nombrado Vicecoordinador Nacional de Juventud Sandinista 19 de Julio, al finalizar la CNA, pudo ser para algunos un contrasentido, él tenía entonces 47 años, pero para la inmensa mayoría de nosotros, significó un lujo. ¡Qué clase de Vicecoordinador Nacional: sacerdote, filósofo, teólogo, revolucionario incansable, garantía de valores humanos y éticos! Aunque buena parte del grupo dirigente de JS19J de entonces nos considerábamos con influencias marxistas, su presencia no despertó dudas ni suspicacias.

En julio de 1984 fue nombrado Ministro de Educación, función que ejerció hasta la pérdida electoral en 1989. En el MED logró construir un equipo de trabajo con mucha mística, que a pesar de la generalizada guerra que sufrimos en esos años, de la reducción de los salarios reales y nominales de los maestros, hasta llegar a cifras ridículas, logró mantenerse a flote y cumplirle al pueblo de Nicaragua. Él tenía para los maestros, para los padres de familia, para la juventud, siempre una voz de aliento y de esperanza.

Una jerarquía católica, alineada plenamente con la política de Ronald Reagan y ubicada claramente en la oposición frontal al proyecto revolucionario, hostigó a Fernando y a otros sacerdotes que habían aceptado ejercer funciones políticas y gubernamentales desde 1980. Él siempre consideró su servicio sacerdotal como su vida misma, pero aun así las presiones no rindieron frutos, él tenía un compromiso mayor con su pueblo, que era lo mismo que servir a Dios, por ello fue expulsado de la Compañía de Jesús. Pero no pudieron debilitarlo, y gracias a muchos sacerdotes solidarios y comprensivos pudo seguir conviviendo con los mismos en comunidad. En un caso inédito, continuó su vida con la misma rigurosidad como si estuviera plenamente activo.

En 1990, al concluir sus responsabilidades en el Ministerio de Educación, procedió a fundar el Instituto Nicaragüense de Educación Popular (INIEP) para continuar algunos proyectos educativos; también se dispuso a luchar por su reintegro a la Compañía de Jesús, la acogida fue positiva, pero se le exigió pasar por el proceso de novicio, lo cual hizo a pesar del deterioro de su salud por los prolongados ayunos a que normalmente son sometidos los primerizos.

En 1995 se desligó definitivamente del FSLN, cuando comprendió que la pérdida del norte en este partido lo convertiría en cómplice de la misma si permanecía en esa organización. Fue para él una decisión muy dolorosa, después de 23 años de militancia en ese movimiento.

Hoy, Fernando sigue aportando a este país, y desde 1999 coordina el Proyecto Fe y Alegría, obra de la Compañía de Jesús. Este programa, por distintas razones, había perdido fuerzas, pero al ser colocado bajo su responsabilidad fue retomado con el entusiasmo de siempre, y a estas alturas ha adquirido un nuevo vigor. Por la confianza que muchas personas y organismos de buena voluntad tienen en él, las donaciones se han multiplicado, y los 13 colegios afiliados han experimentado un crecimiento en la calidad de su trabajo educativo y en su infraestructura, y los maestros reciben permanentemente capacitación y estímulos, lo que contribuye a que puedan brindar lo mejor de sí a sus alumnos. Su lema es ofrecer Educación de Calidad a los pobres y no una pobre Educación.

Tiene 75 años, debería estar jubilado, ha padecido de un terrible dolor de cabeza por años, pero no se rinde. Con su ejemplo nos dice a todos los cuarentones y cincuentones que estuvimos en la JS19J, que no desmayemos, que no tenemos mayor alternativa que la lucha, por heredarle a nuestros hijos, sobrinos y hasta nietos una Nicaragua en plena libertad y progreso.

*Historiador, docente de la Dirección de Áreas Básicas
Upoli