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  • Efe-Reportajes

Si para algunos fue un ser superior, un monje místico con fama de sanador, para otros solo se trató de un siniestro personaje, un demente impostor. Nada se sabría de él, de no ser porque, creyéndose con poderes curativos e hipnóticos, Rasputin logró, si no curar, mejorar, la salud de Aléxis, único hijo varón y heredero del zar, que padecía hemofilia. A partir de entonces pasó a estar protegido por la zarina.

Presentado como un hombre de Dios, la vida del también llamado ‘monje loco’ fue de lo más libertina. Sus biógrafos coinciden en describirlo como un ser autoritario y despiadado, cuyos actos, ya fueran grandes banquetes que terminaban en orgías o la toma de decisiones, eran revestidos de un falso misticismo que todo lo justificaba.Familia real rusa. En el centro, el zar Nicolás II y la zarina Alexandra.

Pero aquel monje semianalfabeto, poseedor de supuestos dones espirituales, con los que llegó a ejercer una total influencia, no solo sobre la zarina, sino sobre el destino del país, fue víctima mortal de su ambición desmedida.

Una intriga palaciega encabezada por el príncipe Félix Yusúpov, uno de los hombres más poderosos y ricos de Rusia, acabó con su vida a finales de diciembre de 1916, hace ahora 100 años, hecho que coincide con el fin del imperio de los zares y la Revolución bolchevique, diez meses después.

El escritor ruso Eduard Radzinsky, que ha investigado los nuevos archivos estatales rusos encontrados en 1995, ofrece una imagen más equilibrada de este controvertido personaje. Gracias a su acceso al “Expediente Rasputin” extrae una historia extensamente documentada, basada en hechos reales.  

Radzinsky parte de las declaraciones de sus amigos, devotos o admiradoras, para explicar lo inexplicable: cómo aquel monje consigue ampliar su influencia en la corte hasta hacerse con el control de todas las decisiones del Estado, y quién fue, de los reunidos aquella noche, el verdadero autor de su muerte.

Nacido en 1869 en Siberia occidental en el seno de una familia de campesinos, Grigori Yefímovich Rasputin era un hombre de gran corpulencia física y de carácter, con poderes psíquicos desde niño. Se casó antes de los 20 años y tuvo tres hijos. Tras vagar como santón, llega a San Petersburgo ya con fama de monje sanador y entra en el círculo de las familias más acaudaladas.

Su suerte cambia en 1904 cuando es llamado por la zarina Aléxandra, una mujer muy religiosa y supersticiosa (que fue canonizada por la Iglesia ortodoxa rusa en el año 2000), para curar al pequeño Alexis, el heredero y único hijo varón del zar, al que logra sanar, no se sabe si mediante hipnosis, o por sus  conocimientos de medicina, o por todo a la vez, pero lo cierto es que el heredero mejoró y aquello fue tomado como la muestra de su poder.

Una mujer coloca su cabeza cerca de una fotografía del zar Nicolás II y su familia durante una exposición en la catedral de Cristo Salvador con motivo del 90 aniversario de su ejecución en Moscú, Rusia. Desde entonces se instaló en el palacio y ejerció una gran influencia sobre la zarina, no tanto sobre el zar que nunca se fió de él.  Así como Rasputin fue aumentando su poder, en la corte fue sumando enemigos entre los poderosos, que veían en él a un impostor peligroso que debían eliminar. Por si fuera poco, sus escándalos sexuales eran cada vez más descarados y difíciles de tapar por el halo de misticismo.

 

Máximas como: “Se deben cometer los pecados más atroces porque el mayor placer de Dios es perdonar a los grandes pecadores”, confirma sus conocidas odiseas sexuales que tanto ayudaron a aumentar su leyenda, y que ahora, Radzinsky, ratifica a través de los sorprendentes testimonios dejados por las mujeres de San Petesburgo, sobre las que ejerció una irresistible fascinación.

ODIADO POR TODOS…

Rasputin logró ser odiado por todos. No gustaba ni a la corte, que no soportaba el meteórico ascenso de un simple campesino ni a la clase política, que no comprendía el poder que ejercía sobre los zares, ni a la Iglesia ortodoxa, que conocía su pasado como miembro de una secta.

Era incomprensible que el zar desoyera tantas opiniones en su contra, y que incluso destituyera a quien así le aconsejara. La explicación, según Radzinsky, radicaría en esa religiosidad supersticiosa de los zares que creían en ciertos dones superiores, conocidos como “demencia santa”; la tradición rusa está llena de “santos locos”, la misma catedral de San Basilio de Moscú, está dedicada a uno de ellos.

Cuando iniciada la Primera Guerra Mundial, Nicolás II destituye a su comandante en jefe, a instancias del propio Rasputin, tiene que abandonar la corte para encabezar el ejército. Y es ahora, cuando en su ausencia, la zarina asume el control del Gobierno, que delega en su fiel consejero. Ambos van destituyendo cargos claves hasta llegar, incluso, a disolver la Duma (Cámara Baja de carácter consultivo). El estallido de indignación contra Rasputin es tal, que la zarina no tiene más remedio que expulsarlo de la corte.

El joven príncipe Félix Yusúpov, casado con una sobrina del zar, relata en sus memorias, “Una Rusia sin rumbo, a la deriva”, y reconoce, además de su homosexualidad, cómo se vio obligado a organizar aquel crimen “para liberar al país de tal funesto personaje”.

Según Radzinsky, la noche del 16 de diciembre de 1916, Rasputin fue invitado al palacio del príncipe quien, tras intentar infructuosamente envenenarle sirviéndole arsénico en el vino, le tuvo que disparar un tiro en el pecho en un intento por rematarle. Creyéndole ya muerto abandona, junto a sus tres cómplices la estancia pero cuando vuelven para deshacerse del cadáver, Rasputin logra “resucitar” en una aterradora escena de película e inicia su huida.Rasputín en el año 1906

Fue entonces cuando interviene Vladímir Purishkiévich, un político ultramonárquico, quien se atribuyó la autoría de los cuatro disparos que le propinaron por la espalda, en una versión nada creíble, que asegura haber errado los dos primeros y acertado, incomprensiblemente, los dos últimos, con la víctima huyendo a mayor distancia.

Radzinsky resuelve cualquier duda indicando que la resistencia de Rasputin al veneno pudo deberse a un error en la cantidad suministrada dada su gran envergadura. En cuanto al disparo de frente de Yusupov que solo le hirió, lo explicaría por la torpeza y el miedo propios del que es débil y no sabe de armas.

Con respecto a los cuatro supuestos disparos de Purishkiévich, el escritor ruso indica que el político debió fallar los dos primeros porque fueron los únicos que realizó, además de autoinculparse de los otros dos, los que habría disparado en realidad el miembro de la realeza y primo del zar, Dimitri Pávlovich Romanov, militar y tirador de élite.

Unos disparos certeros —espalda y cabeza— que le remataron. Una prueba contundente fue el duro castigo que el zar le impuso: su inmediato destierro a Persia.

El cuerpo finalmente fue arrojado a las frías aguas del río Neva en San Petersburgo y, cuando fue encontrado, con los antebrazos en alto, la autopsia desveló que la causa de la muerte fue por ahogamiento, algo que ayudó a rematar su leyenda.

No imaginamos qué hubiera sido de Rasputin de haber vivido apenas diez meses más para presenciar la Revolución de Octubre o para haber visto cómo se cumplieron sus temibles predicciones: el fin de la familia Romanov y el de la monarquía rusa. El 16 de julio de 1918 todos los miembros de la familia real fueron ejecutados por la dictadura bolchevique.