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Su patrimonio musulmán milenario se ha convertido en polvo, los aviones rusos han tomado como blanco a sus hospitales y escuelas, y sus ciudadanos han sido sometidos a disparos de proyectiles y bombas, al hambre y a gases. Nadie sabe cuántos de los decenas de miles que quedan en el último enclave árabe sunita de la ciudad morirán entre las ruinas donde se están protegiendo. Sin embargo, aun cuando reciban el paso seguro que se les ha prometido, su odisea de cuatro años en Alepo ha hecho desparecer el principio de que la gente inocente debería estar a salvo de los peores estragos de la guerra.

En vez de él, ha quedado establecida una realidad brutal, y amenaza a un mundo más peligroso e inestable.

Para medir la profundidad de la tragedia de Alepo, recuerde que en 2011 las primeras protestas contra el presidente Bashar al-Assad de Siria vieron a sunitas marchando alegremente al lado de chiitas, cristianos y curdos. Desde el principio, con extensa ayuda de Irán, Assad se dispuso a destruir el alcance de la resistencia pacífica usando la violencia para radicalizar a su pueblo. Al inicio, su afirmación de que todos los rebeles eran "terroristas" era indignante. Hoy algunos lo son.

Hubo puntos de inflexión en que Occidente podía haber intervenido; estableciendo una zona de proscripción aérea, digamos, o un refugio donde los civiles pudieran protegerse o incluso un programa a gran escala para armar a los rebeldes. Sin embargo, paralizado por el legado de Afganistán e Irak, Occidente se contuvo. Mientras los combates se atrincheraban, la necesidad de intervenir crecía, un mes sangriento tras otro, pero el riesgo y complejidad de intervenir crecían más rápidamente.

Cuando Assad estaba a punto de ser derrocado, Rusia se unió a la refriega, actuando sin conciencia y con efectos devastadores. La caída de Alepo es prueba de que Assad ha prevalecido y de la influencia de Irán, pero la verdadera victoria pertenece a Rusia, que una vez más cuenta en Medio Oriente.

Asimismo, la derrota es un golpe no solo a los oponentes de Assad, sino también a la convicción occidental de que, en política exterior, los valores importan tanto como los intereses.

Después del genocidio de Ruanda en 1994, cuando los tutsis fueron masacrados mientras el mundo les volvía la espalda, los países reconocieron que tenían el deber de contener la fuerza bruta. Cuando los miembros de Naciones Unidas aceptaron la responsabilidad de proteger a las víctimas de los crímenes de guerra, dondequiera que estuvieran, cobraron nueva relevancia las convenciones contra el uso de armas químicas y el asesinato insensato de civiles. El deseo de promover la libertad y la democracia no estaba muy detrás.

Este ideal de intervención liberal ha sufrido profundamente. Las campañas encabezadas por Estados Unidos en Afganistán e Irak demostraron que incluso el país más poderoso en la historia no puede imponer la democracia por la fuerza. La tragedia de Alepo es menos sobresaliente, pero igual de importante.

Enfrentado por las atrocidades de Assad, Occidente no ha hecho más que repetir frases diplomáticas. Al no defender aquello en lo que se supone que cree, ha demostrado que sus valores no son nada más que palabras; y que pueden ser ignoradas con impunidad.

Muchas personas comparten la culpa. Después de que Assad bañó a su pueblo con gas neurotóxico, cruzando una línea roja marcada por Estados Unidos, el Parlamento de Gran Bretaña votó contra emprender incluso una acción militar limitada. Mientras millones de personas huían a los países vecinos de Siria, incluidos Líbano y Jordania, la mayoría de las naciones europeas miraron hacia otro lado; o erigieron barreras para mantener fuera a los refugiados.

La culpa particular recae en el presidente Barack Obama. Ha tratado a Siria como una trampa que debe ser evitada. Su ufana predicción de que Rusia quedaría empantanada en un "atolladero" ahí ha resultado ser un juicio erróneo histórico. A lo largo de su presidencia, Obama ha buscado hacer avanzar al mundo de un sistema en el que Estados Unidos a menudo actuaba solo para defender sus valores, con unos cuantos países como Gran Bretaña haciendo de acompañantes, a uno en el cual la tarea de proteger a las normas internacionales recaía en todos los países; porque todos se beneficiaban de las reglas. Alepo es un parámetro de cuánto ha fracasado esa política.

Cuando Estados Unidos se ha apartado, el vacío ha sido llenado no por países responsables que apoyen el estatus quo, sino por naciones como Rusia e Irán, las cuales ven la promoción de los valores occidentales como una conspiración insidiosa para producir el cambio de régimen en Moscú y Teherán.

En teoría, el próximo presidente estadounidense buscaría revertir esto. Sin embargo, Donald Trump plantea la idea de que la intervención liberal es para inocentes. Su nominación de Rex Tillerson, el director ejecutivo de Exxon Mobil, como secretario de Estado solo refuerza su mensaje de campaña: como presidente, Trump quiere eliminar acuerdos, no apuntalar valores.

Llegar a acuerdos es una parte esencial de la diplomacia; especialmente con adversarios como Rusia e Irán y competidores como China. Sin embargo, una política exterior que da tumbos de un acuerdo a otro sin una estrategia y sin estar anclada en valores representa graves riesgos.

Uno es que los aliados se vuelven fichas de negociación. Trump ya ha ofrecido su apoyo a la Taiwán democrática, a la cual China reclama como una provincia renegada, como algo que puede ser intercambiado por ayuda para reducir el déficit comercial de Estados Unidos con China. Una gran oferta que Tillerson negociara con sus amigos en Rusia y la cual, por ejemplo, retirara a tropas estadounidenses de los Estados de la línea del frente de la OTAN a cambio de una acción diplomática concertada contra Irán o China dejaría a los Estados bálticos expuestos a la agresión rusa. Una red sin paralelo de alianzas es la gran fortaleza de Estados Unidos. Trump debe interesarse por sus aliados, no intercambiarlos.

Un orden basado en acuerdos también corre el riesgo de ser impredecible e inestable. Si Trump no cierra un trato con Rusia, los dos países pudieran pelearse rápidamente; y nunca se extrañaría más la cabeza fría de Obama. Cuando el poderoso tiene la razón, los países pequeños se quedan fuera o se ven forzados a aceptar malas condiciones mientras las grandes potencias se pavonean. Sin un marco que los encierre, los acuerdos requieren renegociaciones frecuentes, con resultados inciertos. Los problemas complejos y transfronterizos como el cambio climático son incluso más difíciles de resolver.

El mundo ha visto lo que sucede cuando los valores no pueden contener el caos y la anarquía de la geopolítica. En el trágico y abandonado Alepo, los combates han sido inhumanos. La gente que ha sufrido más son los pobres y los inocentes.