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En la Mesa Redonda del V Festival Internacional de la Poesía en Granada, en memoria del poeta metafísico más importante de América, Carlos Tünnerman Bernheim trazó su semblanza bio-bibliográfica y explicó las causas de su locura. Addis Esparta Díaz habló de “Existencialismo y metafísica en la poesía de Cortés”, Steven White ofreció una lectura terapéutica y ecocrítica; y Julio Valle-Castillo lo ubicó dentro del modernismo, deslindando su esencia neosimbolista y su concepción orquestal, hermenéutica y analógica. Nicasio Urbina se refirió a la locura alfonsina y Jorge Eduardo Arellano hizo un resumen de sus aportes críticos. Un fragmento del mismo es el que a continuación se reproduce.

El más loco de los poetas y el más poeta de los locos

Conocí al poeta vesánico Alfonso Cortés (10-XII-1893 / 3-II-1969) el 4 de noviembre de 1965, acompañado de Octavio Robleto. Entonces los jóvenes lo considerábamos el más loco de los poetas y el más poeta de los locos. Su hermana, María Luisa Cortés, lo había trasladado a su ciudad natal el 10 de septiembre de 1965, después de permanecer en el Psiquiátrico 21 años y 5 meses.

Alfonso me impresionó tanto que permanecí sumido en el más respetuoso silencio. Nos comunicó --y esto no es sino un breve recuento de mis recuerdos-- que había realizado una traducción cristiana del monólogo de Hamlet, porque tal pieza era calvinista. O cosa así. Que la cuestión para Shakespeare es ser o no ser (to be or not to be), pero que ser o no ser no era la cuestión. “Porque la cuestión es salvarse”, sostuvo con énfasis.

Pulcramente vestido de traje blanco y encorbatado, parecía una especie de semidiós visionario; mas allí lo tenía de frente, desplegando una locuacidad erudita, evocando vivencias y obsesiones de épocas diversas enquistadas en su cerebro admirablemente disparatado. “El calvinismo lo está introduciendo el gobierno”, aludió al régimen de su coterráneo Juan B. Sacasa, un mandatario sin mando que en 1936 se vio obligado a dejar la presidencia de la República, pero según Alfonso continuaba en su cargo.

Pasó a referir que Porfirio Barba Jacob, el poeta y pederasta colombiano (se sabía de memoria “El barco pensativo”, poema alfonsino) se portó maldoso y canalla cuando le dijo que las piernas de un joven de medias café eran preciosas. “Yo tengo buenos y malos versos”, admitió. “Pero sólo los primeros deben publicarse”. Nosotros sólo le escuchábamos hasta que Octavio intervino: “Basta ‘Ventana’ y otros pocos para que usted trascienda en lo universal”. Al poeta le disgustó esa opinión. “No hay que tener lengua viperina señor”, reaccionó. “Uno debe ser franco, pero con buenas razones y hablar poco. Yo soy de pocas palabras”, agregó, teniendo ya veinte minutos de parla casi imparable.

“Además, soy uno de los primeros poetas de la Patria. O cosa así. Yo compito en la poesía con Félix Pedro López, Fernando Larios y Anselmo Fletes Bolaños. Mi deber es elaborar mis versos lo mejor que pueda”. [López fue un fabricante de chibolas, viajero por los Estados Unidos, donde había quedado fascinado por el béisbol y, a su regreso, tradujo las reglas Spalding en 1924; también se le ocurrió en 1946 la aventura quijotesca de postularse como precandidato a la Presidencia de la República: “delito” que le costó una soberana apaleada pública, propinada por la Guardia Nacional.]
“Yo soy un patriante”

“¿Y usted dónde vive?” --me espetó Alfonso. / “En Granada” / “¡Ah, sí! ¡Granada!, la ciudad de mi amigo Félix Pedro López. No la conozco, pero cuando regrese a Managua voy a darle un vistazo. Su arquitectura es volátil ¿No es así?” / “Como la de León —comenté—, aunque con más gracia y armonía” —se me salió el orgullo localista—. “Salomón de la Selva la cantó en unos alejandrinos. ¿Qué opina de Salomón?” / “¿Por qué me hace esa pregunta?” —me lanzó un boomerang clavándome sus destellantes ojos azules.

Octavio intervino de nuevo aclarando que yo investigaba la obra primigenia de Salomón de la Selva. Alfonso continuó su genial perorata diciendo que, pese a comentarios desfavorables hacia su persona, él no descalificaba a nadie. Igualmente nos habló de la Divina Comedia y de su autor, clave en toda su obra. “O cosa así”, reiteraba su muletilla. “Porque lo primero que se explica --sentenció-- es la Santa Madre Iglesia, y luego, difícilmente, la Patria. Pero yo soy un patriante”, se autodefinió, inventando un neologismo que aplicaría a Pablo Antonio Cuadra en un soneto de 1968.

La serpiente erótica

Alfonso siguió refiriéndonos que en su adolescencia, habiendo dormido con una serpiente, al despertar la había matado: tema de su poema “Cuadro”, que Pablo Antonio Cuadra, en su estudio “Alfonso, discípulo del Centauro Quirón”, interpretaba como un símbolo siniestro y enigmático de su meta-poesía, “cuyo significado nunca me quiso entregar”, reveló PAC. Sin embargo, pocos años más tarde —recibiendo clases de Psicología en la Universidad Centroamericana— advertí que en ese breve poema (y en otro,
“Danza negra”) operaba uno de los símbolos de transformación explicados por el psicoanalista C. G. Jung: la serpiente como lugar común psicoanalítico, es decir, significando la última etapa del erotismo: el éxtasis sexual. Así lo he desarrollado en uno de mis estudios sobre su poesía.

En realidad, el poeta —a partir del 18 de febrero de 1927, a sus 34 años, cuando perdió la razón— debió sufrir una represión sexual que lo acompañaría siempre. En su juventud sólo había tenido una seminovia en una hacienda cerca de Honduras, donde permaneció tres meses. Las demás habían sido amantes leonesas: Felícitas Aragón —de ojos verdes y piel canela—, Graciela Sirias —“La Chela”—, María Alemán y Julia Capacharro.

Traductor de los grandes maestros europeos

También nos habló de Edgard Allan Poe, y de su traducción del inglés de “El Cuervo”, cuya influencia es rastreable en él; de sus traducciones del francés e italiano, todas ellas ejecutadas desde joven, para dar a conocer la literatura de los grandes maestros europeos a sus compañeros. A saber: un fragmento de “El Infierno”, de Dante Alighieri (la noche que se volvió loco le dijo a su padre que se hallaba, condenado y sufriendo terriblemente, dentro de uno de sus círculos); dos breves poemas del romántico Víctor Hugo, otros de los parnasianos como Jean Moreas, y de los simbolistas como Paul Verlaine (de quien tradujo su más extenso poema: “Plegaria de la mañana”) y Stephane Mallarmé (a quien imitó su “Página blanca”, y recibió su apellido como apodo fraternal entre sus compañeros del diario “El Eco Nacional” de León); “La canción de ultramar”, de Gabriel D’Annunzzio, entre otras muchísimas piezas maestras.

De hecho, Alfonso retomaba la tradición de los poetas visionarios como Charles Baudelaire, con “Las flores del mal”, y Arthur Rimbaud, autor de “El barco ebrio”. A ellos les debía sus correspondencias y analogías, sus depresiones oscuras y la experiencia de la nada en “Irrevocablemente” y “Sin nombre”, más las trascendentes percepciones en sus dos poemas más famosos: “Un detalle” (rebautizado por José Coronel Urtecho como “Ventana”) y “La canción del espacio”.

También nos habló de la sabiduría satírica de Quevedo, de Virgilio, de los malos poemas de Darío, del respeto que le profesaba a los tata-curas (así llamaba a los sacerdotes); de Antonio Machado, de San Juan Crisóstomo, y, en fin, de San Pablo. Esta información me serviría, posteriormente, para establecer que el ocultismo y la corriente esotérica o teosófica, al que era adicta su generación, si bien había acrecentado su mundo poético, no fue determinante, aunque la haya asimilado no en su letra y simbología exterior --propia de la cábala, la astrología y la alquimia--, sino en su espíritu e interior significación, pero escasamente (véase su cuarteto “La ley del karma”). Por ello no constituye un tema central.

“El tiempo es hambre y el espacio es frío”

María Luisa nos confió, antes de la aparición de su hermano ante nosotros, que al llegar a León le había pedido: “Luicha: Quiero que vayamos a Catedral para creer realmente que estoy en León”; anécdota que enseña varias lecciones. Una: que el enfermo septuagenario (moriría a los 76 años, la misma edad que tiene ahora Tünnermann Bernheim) había perdido la percepción del espacio geométrico y del tiempo tangible después de asumir íntimamente la inmensidad del primero y al segundo como problema radical, trasmutándolos en el condensado poema que se encuentra inscrito sobre su tumba: “El tiempo es hambre y el espacio es frío / orad, orad, que sólo la plegaria / puede saciar las ansias del vacío. // El sueño es una roca solitaria / en donde el águila del alma anida / sonad, sonad, entre la vida diaria.”

La construcción
del Yo
La segunda: que revela en Alfonso la actitud legítima de un hijo del León metafísico (y de su encendido ocaso: “oh sol, gloriosa lámpara de mis tardes”) que decidió vagar, viajar, volar dentro de su Yo para ubicarse en el Cosmos: “¿es que yo he de ser siempre un punto alucinante / donde resuene el múltiple eco del Universo?”; y construir su Yo: “Yo soy el mercader de una divina feria / en la que el infinito es un círculo sin centro / y el número la forma de lo que es materia”.

Y una tercera: la tierna e ingenua cordura de “un hombre-montaña encadenado a un lirio” que, como lo han demostrado sus mejores intérpretes, optó por la huida de la lógica mundanal, de la racionalidad positivista, del desdén que los estratos más altos de la sociedad han mantenido hacia los más puros creadores de pensamientos y armonías. El primero en señalarlo fue Salomón de la Selva cuando en San José, Costa Rica, diciembre de 1930, aseguró que en León, Alfonso se asfixiaba.

“El León físico agobiaba al poeta Cortés”

“No fue su culpa que se haya vuelto loco. No quería volverse loco. Quería ser de gran cordura. Amaba a León y por León y para León quiso ser grande. Era poeta y buen poeta. El León físico agobiaba al poeta
Cortés. Era un León muy estúpido, muy mezquino, muy lleno de calumnias y de odios; de calumnias sobre todo. Era preciso salir de ella, y el joven salió.”

Recientemente descubrí un testimonio del propio Alfonso sobre su caso. Se localiza en la revista semanal ilustrada EL GRÁFICO (Managua, 2 de abril, 1933) dentro de un reportaje de Agenor Argüello, muy amigo de Alfonso de joven, quien vivía en El Salvador y acababa de regresar a León. Argüello consignó que vio a Cortés en el corredor de su casa, atado de la cintura con una cadena a una viga y que, a pesar de previa advertencia, se dejó abrazar por él.

“Su abrazo fue para destriparme de tan hondo que lo sentí. Yo lo abracé también. Su pecho era para mí como una gran catedral de reconocimiento. Ambos enmudecimos: nuestras palabras habrían profanado aquel solemne rito de la amistad. Después platicamos cordialmente, como dos hermanos que se encuentran después de largo tiempo. Le oí decir:
“Me han encadenado como a un animal”

—Ya ves. Aquí me creen loco. Me han encadenado como a un animal. La sociedad, estúpida y cobarde, me tiene miedo. ¿Demente yo? Bárbaros. A todos los poetas nos han llamado locos siempre.

Tú también eres un loco. Cuídate. Al principios nos llamaron lacras, adefesios… Mientras otros daban dinero al ocho por ciento, Darío se entretenía contando estrellas en las manos, con aquellas sus manos de sátiro y de dios.

Ahora llamarían loco al Pontífice. Entrar al reino de luz, donde todo esplende con la magnificencia de un astro, no es, no puede ser locura. Habla tú para que me quiten la cadena. Tu palabra puede convencer a la estulticia. Desátame. Quiero salir contigo a pasear por las calles de este nuestro León que ahora vuelves a ver y de donde te debes ir pronto para que no te encadenen.