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Otochika Ichikawa es un amable anciano de 70 años que sonríe al interlocutor cuando le habla y le mira a los ojos. A Ichikawa le gusta hablar con otras personas. Sabe de la importancia de la comunicación por una amarga experiencia.

“Cuando mi hija tenía 14 años se negó ir a la escuela”, cuenta. En casa repasaba continuamente las páginas de los libros y de los cuadernos de la escuela para estar segura de que no se perdía nada. Nadie sabía porqué lo hacía.

“Cuando la medicaron le fue mejor, pero después estuvo cinco años sin salir de casa”, recuerda Ichikawa. Su hija se convirtió en “hikikomori”, una persona que se encierra en casa y se retira de la sociedad.

Según un reciente censo del Gobierno central, en Japón viven unas 541,000 personas de entre 15 y 39 años que se engloban entre los “hikikomori”. Cada vez más afectados pasan largos períodos de su vida apartados de la sociedad.

Cerca de un 35 por ciento lo hacen desde hace más de siete años.  En una primera encuesta sobre este fenómenos único hace cinco años, el Gobierno japonés estimó que había unos 696,000 “hikikomori” en el país. En el nuevo recuento los mayores de 40 años no han sido contemplados, pero es precisamente aquí donde los expertos consideran que el problema es cada vez mayor.

El fenómeno en sí no es nuevo, pero en el marco del rampante envejecimiento de la sociedad japonesa, que se está desarrollando de forma más vertiginosa que en ningún otro país industrializado, los “hikihomori” también se han hecho mayores. “La gente que asesoré hace 20 años tiene hoy 40”, afirma Naoki Abe, experta de un centro de ayuda para afectados y sus familias en la provincia de Iwate.

Muchos “hikikomori” ahora dependen de sus padres, que tienen entre los 70 u 80 años y viven de sus pensiones.

Algunos de ellos ni siquiera están capacitados para soliticar un subsidio social para ellos mismos. “¿Qué será de ellos cuando nosotros ya nos estemos?, ¿Podrán sobrevivir nuestros hijos?”, se preguntan muchos de los padres afectados. Las razones por las que una persona pasa a ser “hikikomori” son muy diversas. “La mayoría tienen problemas en las relaciones interpersonales y han resultado heridos”, señala la organización no gubernamental Kazoku Hikikomori Japan (KHJ). Algunos han sido víctimas de acoso escolar cuando eran niños, un problema muy extendido en Japón, no solo en los colegios, sino también en las empresas.

Otros han caído en el asilamiento al no haber sabido lidiar con la presión de la sociedad o por problemas económicos.

En la sociedad contemporánea resulta fácil ser “hikikomori”, porque existe el internet, señala la KHJ. “La gente se puede quedar en casa ‘aislada’, pero seguir conectada a través del internet”. Y muchos no consiguen salir de esa situación.

En tanto, ya hay una gran oferta de ayuda para los afectados y sus familias, y la sociedad también comienza a tomar conciencia del problema que supone que los “hikikomori” se hagan mayores, señala Rika Ueda, secretaria general de la KHJ.

No obstante, la organización lamenta que los “hikikomori” todavía sigan siendo estigmatizados en la sociedad japonesa. Además, el apoyo de los Gobiernos locales varía y no siempre es suficiente. Muchas de las familias afectadas intentan esconder a su entorno que tienen un caso de “hikikomori”. Se avergüenzan y no hablan con nadie del problema, en lugar de buscar ayuda, lamenta Otochika Ichikawa.

Y eso conduce a su vez a que los “hikikomori” se aferren aún más a su aislamiento. Algunos pueden estar 10, 20 años o más. “Cuando un ‘hikikomori’ tiene más de 40 años, resulta ya muy difícil. Esas personas tienen una escasa autoestima”, relata Ichikawa.

En su opinión, en el país se está dando una gran transformación social que deriva en que apenas haya familias en las que varias generaciones conviven bajo un mismo techo. A ello se suma el anonimato de las grandes ciudades, donde ni siquiera se conoce al vecino de la puerta de al lado. Muchos hijos de esas “familias nucleares” ya no tienen a nadie más a quien dirigirse con sus problemas.

La propia hija de Ichikawa tiene actualmente 39 años, está casada y es madre de un hijo. Su vida es “casi normal”, señala el padre, quien a raíz de la experiencia dolorosa vivida en su propia familia, en la actualidad sigue involucrado para ayuda a otros “hikikomori” y sus familias a través de la organización de ayuda que dirige en Tokio.

Su hija tiene contacto con otras personas, con padres de los compañeros de escuela de su hijo y también con vecinos. Ichikawa sabe ahora la razón por la que su hija no quería ir a la escuela y durante años fue “hikikomori”. “Muchos años después nos contó que la acosaban en la escuela”, explica.