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Revisar el celular inmediatamente después de despertar no aplica para Mario Ruiz, músico integrante de la banda Milly Majuc, pero eso es lo que hacen nueve de cada 10 jóvenes en América según estudio de Cisco. Él no se desespera para ver qué pasó en Facebook, Twitter, Instagram o cualquier otra red social porque no las usa. Es de ese tipo de personas que han renunciado a la vida virtual para dedicarse a vivir la vida real.

Para poder llegar a su casa se debe pasar por un camino de tierra ubicado al final de un residencial en Veracruz, Carretera a Masaya. Estando en la propiedad se percibe un ambiente de calma y silencio relajante. Paredes a base de ladrillos de barro, techo de madera y corredores repletos de plantas de todo tipo provocan una sensación de desconexión que se traslada hasta en la forma de comunicarse de Mario Ruiz, su principal huésped.

Hasta hace poco usaba un celular “de esos baratitos, chicleros”, dice refiriéndose a los teléfonos que solo cuentan con la opción de hacer y recibir llamadas y mensajes. Sin embargo un primo le regaló un IPhone 5S que cuenta con las aplicaciones más populares del momento pero él se rehúsa a usarlas.

A pesar de ser una figura pública decidió no crear perfiles en redes sociales “porque para empezar no tengo nada que decirle a la gente. Lo que digo lo digo con mi música y estar hablando de mí me parece que es un poco vanidoso”, asegura el músico de 35 años. Lo que le ha llevado a Mario a dejar a un lado la red, pero sobretodo no usar las redes sociales, es que no le gusta el tipo de interacción que conllevan.

“Nosotros los músicos somos criticables y en las redes sociales la gente es muy criticona, muy dura y sin medida. La gente es bien odiosa y no me gusta estarme aturdiendo la mente. Prefiero vivir en mi mundo real que en un mundo virtual en el que no conozco a la mayoría de la gente”, afirma.

Para él resulta incómodo cuando sale con sus amigos para divertirse y al estar en un determinado lugar todos se concentran en sus celulares y para decir algo lo envían por un mensaje aunque estén juntos.

Mario, quien acaba de terminar de grabar una canción y filmar el video del tema junto a otros artistas para promover los derechos de la niñez y la adolescencia, navega en internet pero toma sus precauciones para no naufragar entre las miles de distracciones que una página puede ofrecer.

La naturaleza de su trabajo y sus estudios de lengua y literatura provocan que tenga que usar su correo electrónico y navegar en busca de bibliografía para sus trabajos académicos.

OBLIGACIÓN SOCIAL

Estar conectado más que una necesidad se ha convertido en una obligación. Es típico escuchar entre los jóvenes afirmaciones tales como “si no estás en Facebook es como si no existieras”, “tenés que actualizarte”, “si no lo comparto es como si nunca estuve ahí”, todo para estar la mayor parte del tiempo con el celular en la mano sin importar dónde y con quién estén o qué estén haciendo.

“Existe una presión social del entorno que te obliga a estar conectado. Muchas personas intentan estar comunicadas y las redes sociales dan esa percepción de conectividad. Todo es producto de grandes campañas publicitarias que te hace pensar que estar conectado es lo mejor y nosotros como consumidores nos creemos el cuento. Llegamos a un punto en el que nos volvemos adictos y ahí viene el problema porque ninguna adicción es saludable”, advierte el sociólogo y profesor de la Universidad Centroamericana, José Inocente Rodríguez.

La psicóloga María Gabriela Acevedo dice que hoy en día “muchísima gente es adicta a la conectividad sin darse cuenta e ignoran las consecuencias”.

Diana Rodríguez, de 19 años, estudia contabilidad y en su primera semana de clases en la universidad la han sacado del aula cinco veces por concentrase nada más que en su celular. “Es que si no contesto mis amigas me sacan del grupo y no me quiero perder ni un detalle de lo que están hablando”, comenta con la vista puesta en su celular inteligente que le vendieron en 300 dólares.

La joven confiesa que cuando llega a su casa se dirige directo a su cuarto, después busca la cena y se vuelve a encerrar para seguir comunicándose con sus amistades. Lo dice con tanta normalidad que no se le pasa por la mente pensar que son las únicas horas en las que puede compartir personalmente con sus padres.

Esa falta de comunicación presencial con su familia la justifica diciendo que pasan todo el día escribiéndose en un grupo que tienen en WhatsApp.

La psicóloga asegura que los dispositivos son tan poderosos que pueden cambiar tanto lo que hacemos como lo que somos. “La  tecnología les proporciona especialmente a los chavalos la sensación de estar acompañados porque les permite conectarse y dejar de sentirse solos”, indica Acevedo.

El sociólogo José Inocente Rodríguez dice que el apego a la conectividad refleja carencias en las personas. Un estudio del Instituto de Investigación de la Felicidad (The Happiness Research Institute), de origen danés, indica que quienes optan por cerrar sus cuentas en redes sociales se sienten más felices y con menos preocupaciones en su vida diaria porque las actualizaciones que se ven de otras personas impactan en la autoestima de los usuarios.

“Existen personas que están tan pendientes de lo que está pasando con otras personas en internet que eso ha provocado muchísimos accidentes de tránsito. Otra consecuencia es que se descuidan las relaciones humanas, se pierde la confianza, la intimidad de las relaciones interpersonales”, lamenta la psicóloga.

Por su parte el sociólogo recomienda “identificar cuáles son los vacíos que tenemos y que las organizaciones y medios de comunicación ayuden a que las personas tengamos presente cómo eran las relaciones antes de la era de internet. Que recobremos lo bonito de hablarnos, de tocarnos y vernos a la cara”.

IMPACTO SOCIOECONÓMICO

Los especialistas coinciden que hay personas que dejan de satisfacer sus necesidades básicas para comprar paquetes de datos y seguir conectados en internet.

La fiebre por la conectividad ha llegado a tal punto que hasta las personas de la tercera se han unido a todo tipo de redes, sin embargo les cuesta más adaptarse a ellas, dice el sociólogo.

“Les toca aprender a usar herramientas que en su juventud no existían para poder comunicarse porque los ancianos muchas veces son apartados de la sociedad, los hijos casi no los visitan y recurren a estas herramientas para comunicarse con el mundo exterior pero porque es su última alternativa”, dice Rodríguez.

Desde el punto de vista del especialista tampoco hay que demonizar el internet, “sino que hay que estar claros que lo malo es el exceso”.

VIVIR EL MOMENTO

Mario Ruíz, el músico de la banda Milly Majuc, recomienda “darse un tiempo para mirar alrededor y disfrutar del silencio” porque “el internet nos quita el tiempo que le podemos dedicar a nuestros hijos, a nuestra pareja y la familia”.

El músico aconseja experimentar lo que se siente “vivir momentos de calidad, estar en una playa paradisíaca y guardarte esa imagen en tu memoria y no tomarle una foto”.

Reconoce que estar completamente desconectado es imposible porque dice que es bueno usar internet para asuntos académicos, “pero no para estar encima de la gente”. Cuando se le pregunta si algún día abrirá una cuenta personal en alguna red social contesta que esa no es su prioridad porque “es mejor estar desconectados de  las máquinas y conectados con la realidad”.