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El que visita por primera vez Bluefields siempre vuelve, unos señalan que es por un hechizo en sus aguas y para el cual nadie tiene la cura, otros mencionan que es porque los turistas caen rendidos ante la belleza escultural que caracteriza a sus mujeres, y la más frecuente, por su gastronomía.

En busca de la respuesta, un olor a pan recién horneado me llevo a la panadería de la iglesia morava Juan Huss, aroma que ha perfumado las calles de Bluefields desde el año 2004.

La panadería Juan Huss pertenece a la comunidad y desde sus comienzos hasta la actualidad su misión ha sido apoyar a la iglesia costeando los gastos de energía, agua potable y dar albergue a los necesitados, por eso las manos que elaboran la masa son de los miembros de la misma congregación.

Poco antes de las 8:30 de la mañana inicia la faena. Primero, se mezclan los condimentos para la preparación de la masa, desde la harina, levadura, vainilla, mantequilla, canela, clavos de olor y hasta el azúcar que se va a usar está fríamente calculado. Cabe destacar, que el coco es lo último que se agrega a la masa y es casi un ritual su preparación: quitar la cáscara al coco, rayar, colar y por último mezclarlo con agua.

Una sola masa se utiliza para todos los panes, pero cada uno tiene variaciones, el pan de coco lleva sal, el bon lleva azúcar y frutas, los picos llevan canela  y queso,  y los famosos Johnny Cake van sin levadura. Luego se amasa para llenar los moldes de aluminio.

Al mediodía comienzan a meter el producto al horno, y a las una de la tarde a meter los picos en ollas de aluminio que están sobre un fogón, los que se hacen al estilo de las tortillas, primero un lado y después se le da vuelta para que se tueste el otro lado.

El buen sabor y el emprendimiento han sido los elementos claves que han llevado de producir 50 libras de harina en el año 2004 a 285 libras. Desde el 2010, Erminio Sanders Hendy tomó las riendas de este negocio, y comenzó a notar que a la gente le gustaba el pan caliente y que cada día la demanda aumentaba, es por eso, que improvisó unos hornos con unas refrigeradoras averiadas, que justo donde va el motor, ahí van la leña y el carbón para hornear los panes, la temperatura del  horno, por la experiencia, la miden al cálculo, según la cantidad de levadura.

Y a las 2:30 de la tarde, se vuelve una irresistible tentación presenciar como los panaderos ubican los aromáticos panes en los estantes de madera, y como si fuera un panal de miel, las personas llegan por su manjar de coco.