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La artista nipona Yayoi Kusama protagoniza desde el martes una gran retrospectiva en Tokio, que también incluye las últimas obras de una creadora que concibe su arte como terapia y como camino hacia la eternidad.

"Yayoi Kusama: Mi alma eterna" reúne 270 piezas de la artista nipona viva más reconocida a nivel mundial, que van desde algunos de sus dibujos de niña hasta su nueva serie de lienzos a gran escala, en la que aún trabaja y donde afloran todos los elementos de su inconfundible obra.

Una explosión de colores vivos y formas orgánicas recibe al visitante en la vasta sala principal del Centro de Arte Nacional de Tokio, estancia cuyas paredes han sido cubiertas con más de un centenar de acrílicos, y también decorada con tres gigantescas esculturas lacadas.

Kusama, de 87 años, apareció en este escenario ante un enjambre de periodistas expectantes durante la inauguración de la muestra, llevada en silla de ruedas y ataviada con una peluca rojo brillante y un vestido de lunares negros y amarillos, como si fuera una más de sus llamativas piezas.

"Hoy siento la mayor de las alegrías. Creo que mi arte seguirá viviendo después de que yo muera", dijo una sonriente Kusama mientras saludaba a las cámaras en una de sus escasas apariciones públicas.

Nacida en la ciudad de Matsumoto (prefectura de Nagano, centro de Japón), la artista emigró a Nueva York a finales de los años 50 para hacerse un nombre entre las vanguardias artísticas, y pese a su éxito regresó a Tokio en 1973 debido al empeoramiento de los problemas mentales que padece desde su infancia.

Desde entonces, reside de forma voluntaria en un psiquiátrico y trabaja en su estudio de Tokio —ella misma define sus creaciones como "arte-medicina"—, y ha desarrollado una carrera que le valió primero el reconocimiento internacional y más tarde en su propio país.