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Fanzara, un pueblo español del interior, marcado por el envejecimiento y años de desencuentros entre sus vecinos, ha vuelto a la vida gracias a artistas urbanos del mundo entero, que ayudaron a sanar sus heridas.

Parece un pueblo como tantos, donde suena el campanario marcando los días y las noches, y ladran los perros en la distancia. Pero basta con perderse por sus calles para toparse con seres extraños.

Un gigantesco robot de largos brazos articulados, del artista urbano Xelön, persigue dando grandes zancadas a un grupo de gatos. Y en la parte alta del pueblo, una criatura de ojos blancos, obra de la artista Deih, sostiene en su mano un planeta roto.

"Había que recuperar la convivencia. Buscábamos un proyecto en el que todos los vecinos pudieran colaborar y que todos sintieran suyo", explica el exconcejal Javier López, uno de los impulsores de la iniciativa que trajo estos personajes a los muros de Fanzara.

Durante años, los 250 habitantes de este pueblo, fundado en el siglo XII por los árabes, mantuvieron una amarga disputa en torno a un proyecto de vertedero de residuos tóxicos.

Tras numerosas movilizaciones, el proyecto fue derrotado y su promotor, un alcalde de derecha, perdió su cargo en las elecciones de 2011.

Bar de arriba, bar de abajo

Pero las tensiones no desaparecieron, cuentan los vecinos de este pueblo habitado en un 70% por pensionistas, describiendo un ambiente en el que algunos se cruzaban sin siquiera hablarse.

En el aire enrarecido de Fanzara, cada "bando" observaba al otro con desconfianza, desde "su" bar.

Al bar "de arriba no íbamos, era una cuestión de principios, el dueño es el que quiso traer el vertedero", recuerda la bióloga Ana Arranz, de 53 años, sentada en el bar "de abajo", contando que allí se reunían los detractores del proyecto.

"Sabían, dependiendo de a qué bar ibas, si eras de un partido o de otro", confirma Marc Zapata, un cliente del otro local de 22 años.

La pelea incluso volvió a abrir viejas heridas de la Guerra Civil de 1936-1939, enfrentando a descendientes de fusilados por los republicanos que controlaron el pueblo por un lado, con los hijos y nietos de las víctimas de la represión de la dictadura franquista.

En 2014, buscando reconciliar a los habitantes con un proyecto positivo, varios concejales de la alcaldía lanzaron la idea de invitar a artistas para pintar un mural gigante con ellos.

Finalmente, fueron 21 los artistas que llegaron a Fanzara unos meses después para cubrir de colores las paredes.

El muralismo lo que busca es "transformar la sociedad a través del arte (...) llegar a la gente, sacar el arte del museo", dice el artista español Hombre López, seducido por este proyecto social.

Al principio, los vecinos dudaban. Pero los artistas acabaron ganando su confianza.

Y ahora Fanzara es la sede de un festival llamado "Museo inacabado de arte urbano" (MIAU), que ya se labró una reputación entre amantes de prestigiosos festivales de arte urbano de Hawái, Kobe o Nueva York.

El cambio de la gente En la feria participan unos 200 artistas de todo el mundo.

Lo interesante del proyecto, cuenta Hombre López, es que fue un trabajo con los habitantes, directamente implicados en las creaciones.

Hombre López, por ejemplo, acuñó los rostros de vecinos en guijarros encontrados en un río cercano, antes de fijarlos en unas paredes. Otro artista documentó frases del dialecto del pueblo y las fue imprimiendo en distintos lugares.

"Aquí la vida es muy bonita, muy tranquila (...) Hay farmacia, médico, carnicería, panadería. Y ahora con el MIAU esto es internacional", dice entusiasmada Elisa Edo, una vecina de 64 años.

"Lo que más me ha gustado es que la gente haya cambiado", acota Hombre López, señalando que algunos ancianos se han vuelto especialistas en arte urbano y sirven de guías a los turistas.

Desde 2015, muchos colegios han contactado con los organizadores de MIAU para visitas escolares, y más de 2,300 niños han visitado el pueblo, animando las calles con su algarabía.

Ahora, Fanzara ya tiene 105 obras que atraen a los curiosos. Incluso en invierno se ve a turistas deambulando por sus angostas calles, como este grupo de amigas venidas de Barcelona, o aquella francesa acompañada de un inglés... Y los ingresos de los dos bares se han disparado.

El éxito sin embargo no agrada a todos.

"Te quita esa privacidad del pueblo" se queja Sara Martínez, de 21 años, cliente del bar de arriba. Durante el festival, "hasta que hay luz están pintando. Se oye el 'bip bip' de las grúas todo el santo día".

Su amiga Anna Ventura, estudiante de comunicación, disiente: "Lo han sabido aprovechar, darlo a conocer, y además es arte urbano".

La alcaldesa socialista Ana Romero se congratula de lo logrado. "El pueblo está mucho mejor. Los que están en contra son una minoría, pero yo creo que respetuosa", dice.