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A cientos de metros de una mezquita del oeste de Mosul, Salah al Zuheiri no aparta la vista de la mira de su arma. Como francotirador de la policía iraquí su objetivo es "eliminar" yihadistas.

"Los combatientes de Dáesh están al alcance, los acechamos día y noche", afirma a la AFP Salah al Zuheiri. Está apostado en un edificio de cuatro plantas en el que tomó posiciones con sus colegas gracias al avance de las fuerzas gubernamentales en la segunda ciudad del país.

En una habitación sombría, el francotirador inmoviliza su fusil de calibre 50 mm sobre sacos de arena. En la pared de enfrente cuelga un plano de Mosul marcado con lápiz rojo.

Los francotiradores emboscados, cuenta, permanecen en su posición más de 12 horas diarias, durante dos semanas seguidas. Solo se pueden ausentar "para ir al baño por ejemplo". "La comida nos llega a horas fijas, tres veces por día", precisa. Tropas del ejército iraquí avanzan en las calles de Mosul.

"Matamos a entre tres y cinco yihadistas al día", asegura, orgulloso.

En la misma habitación, Murtada al Lami está tendido boca abajo; su arma apunta hacia a la mezquita de Al Nuri.

Esta mezquita tiene un valor muy simbólico para el grupo Estado Islámico (EI), porque su jefe Abu Bakr al Bagdadi hizo en ella su única aparición pública desde la proclamación, por la organización yihadista, de un "califato" en los territorios conquistados en Irak y en la vecina Siria.

Escudos humanos

Para localizar sus blancos, los francotiradores cuentan con la ayuda de soldados apostados en una habitación contigua que espían constantemente con prismáticos los movimientos de los yihadistas.

También cuentan con el respaldo de una unidad especial encargada de vigilar en una pantalla los datos térmicos transmitidos gracias a fotografías de la aviación iraquí.

"Nosotros somos los que tomamos la decisión de disparar. También tenemos nuestros propios prismáticos térmicos, pero confirmamos datos con nuestros colegas para evitar errores", afirma Al Zuheiri.

"Hace unos días nuestros francotiradores mataron a un emir del EI en la margen oeste (de Mosul), provocando una enorme confusión en el casco antiguo", asegura uno de los responsables del grupo, que ha pedido el anonimato.

"Por miedo a bombardeos aéreos, ellos (los yihadistas) no estaban armados durante sus funerales" y utilizaron a civiles como escudos humanos, precisó.

Los civiles representan un verdadero desafío para las fuerzas iraquíes que, tras haberse apoderado del este de Mosul en enero, lograron avances importantes en el oeste de la ciudad, aunque la progresión en el casco antiguo, un dédalo de calles angostas densamente pobladas, resulta ardua y lenta.

La ONU cifra en 500,000 el número de civiles presentes en las zonas controladas por el EI en Mosul.

"Decenas de francotiradores están desplegados en los tejados de los edificios del casco antiguo para cubrir el avance de las tropas", afirmó en marzo el comandante de la policía federal, general Raed Shaker Jawdat.

Pero el EI también tiene francotiradores para disparar a los soldados iraquíes. "Hace unos días —cuenta Zuheiri—, un yihadista me apuntó pero la bala impactó en la pared situada detrás de mí. Identifiqué la fuente del disparo y lo maté rápidamente", concluye.

Antenas parabólicas conectan a la ciudad sitiada con el mundo

AFP

MOSUL.  "Ahora estamos informados sobre lo que ocurre en el mundo", afirma Mohamed Turki, en tanto coloca una antena parabólica en un tejado de un inmueble del este de Mosul, donde estuvo prohibido ver la televisión por satélite durante los más de dos años bajo control yihadista.

El instalador de antenas está aliviado. Puede trabajar de nuevo desde que, en enero, las fuerzas iraquíes reconquistaron la parte oriental de la segunda ciudad del país, convertida en 2014 en el bastión iraquí del grupo yihadista Estado Islámico (EI). "Hay una demanda muy alta", se congratula Turki, que coloca un promedio de cinco antenas al día. Tras más de dos años desconectados del mundo e incluso de su propio país, los habitantes del este de Mosul se han propuesto retomar el contacto con el exterior cuanto antes. 

"Estábamos aislados del mundo. Ni siquiera sabíamos lo que pasaba cerca nuestro", declara Turki. "Cuando Dáesh (acrónimo del EI en árabe) estaba aquí, colocábamos en secreto las parabólicas en los balcones y las cubríamos con una lona. Pero si los yihadistas lo descubrían te daban latigazos", recuerda Sarmad Raad, un vecino del barrio de Shiqaq al Jadra, de 26 años. Los comerciantes de antenas parabólicas fueron unos de los primeros en sufrir las prohibiciones impuestas por los yihadistas.

"Nos obligaban a cerrar", cuenta Alaa, uno de ellos. "Registraban los comercios para asegurarse de que no se vendiera ninguna parabólica. Daban latigazos o metían en la cárcel" a los vecinos que tenían una. El principal objetivo del EI era aislarlos. El movimiento ultrarradical sunita intentaba por todos los medios que estuvieran desinformados, llegando incluso a prender fuego al edificio de una cadena de televisión local. En los arcenes de algunas carreteras del este de Mosul todavía se ven antenas parabólicas oxidadas, que fueron arrancadas de los tejados por los yihadistas.