•   La Carpio, San José, Costa Rica  |
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Lo que era la zona más temida, peligrosa y marginada de La Carpio es ahora un centro de aprendizaje integral y musical. Niños, niñas, adolescentes y jóvenes se pasean por las calles con violines, guitarras y saxofones. La Carpio, en San José, Costa Rica, consta de 13 sectores, La Cueva del Sapo es al que ni siquiera la Policía se atrevía entrar. No había energía eléctrica, la distribución de droga estaba por todos lados, había altos índices de delincuencia y hasta hace seis años un panorama distinto era difícil de imaginar.

En el año 2011 la nicaragüense Alicia Avilés y la costarricense Maris Stella Fernández se propusieron la difícil tarea de cambiar el estigma social de La Carpio al fundar el Sistema Integral de Formación Artística para la Inclusión Social (Sifais). El proyecto inició con cinco niñas, dos voluntarios y dando clases durante dos horas en los patios de las casas.Los músicos en su presentación en el Teatro Nacional Rubén Darío.

El inicio fue duro, recuerda Carolina Meza, directora de cuentas y voluntaria de Sifais. Cinco niñas mostraron interés por recibir clases de violín, pero no tenían los instrumentos. Les pidieron que el siguiente sábado llevaran cajas de cereales para simular los violines mientras conseguían las donaciones. Ninguna llegó. Las pequeñas no tenían cajas de cereales, era un producto que no se consumía en sus casas y esto motivó más la misión.

Las donaciones y los voluntarios se fueron sumando cada vez más a la obra. “Si teníamos guitarras, abríamos clases de guitarra, si habían flautas pues empezábamos a enseñar flautas… y así fuimos creciendo poco a poco hasta formar la Orquesta Sinfónica”, relata Meza. Ahora Sifais cuenta con 450 instrumentos musicales de todo tipo y 100 voluntarios.

Impacto familiar y social 

Sifais fue creciendo vertiginosamente en La Carpio, tanto que los patios de las casas resultaban pequeños y en algún momento tuvieron que detener las matrículas. Surgió la necesidad de construir un edificio, pero no tenían dónde hacerlo, ni mucho menos el dinero.

Por medio de una donación pudieron reubicar a las personas que vivían donde ellos impartían las clases. Un grupo de arquitectos ticos donó el plano de un edificio de madera de 900 metros cuadrados. Año y medio después tras la recolección de US$750,000 en el 2015 se imponía  en la Cueva del Sapo el edificio que se llamó La Cueva de Luz.En Sifais se imparten clases de música y diversas disciplinas deportivas completamente gratis.

En el lugar se atienden a 900 niños, niñas y adolescentes, de estos 300 integran los grupos musicales como la orquesta sinfónica Sifais, un grupo de percusión, una camerata y una banda de rock. También reciben clases de folclore nicaragüense, yudo, taekwondo, yoga, inglés y computación. El 80% de ellos son hijos de nicaragüenses.

Los voluntarios, que en su mayoría llegan de otras zonas de Costa Rica, tienen muy claro que si van a ir a dar clases de fútbol deben buscar los balones y si es posible hasta los uniformes. 

Los que se inclinan por la música se llevan los instrumentos a sus casas y a Sifais nunca se le ha perdido uno. “Una niña llegó un día y me dijo que necesitaba cambiarle las cuerdas a la guitarra urgentemente y yo le dije que me la dejara y se la llevaba el próximo sábado, pero insistió que debía ser en ese momento. Esa niña me dijo que “cuando toco la guitarra en mi casa mis papás dejan de gritarse entre ellos”, esa frase me hizo entender que no trabajo con 900 niños, sino con 900 familias porque al cambiar la actitud de un niño cambia la de su familia”, explica la voluntaria Carolina Meza.

Son estigmatizados 

En La Carpio los jóvenes son un grupo muy visible, pues el porcentaje de población menor de 12 años se aproxima al 37 por ciento, según el Programa Estado de la Nación de Costa Rica. Pese a esto existen muy pocos espacios para el deporte y la recreación. 

Josué Campos es un joven de 18 años de padres chontaleños que ingresó a Sifais un año después de que se formó. Desde los siete años se inclinó por la música y en Sifais aprendió a tocar piano, batería y el bajo.

El pasado 19 de mayo regresó a Nicaragua por segunda vez y lo hizo a lo grande. Fue parte del grupo de artistas de Sifais que realizó por primera vez una gira internacional para presentarse en la Sala Mayor del Teatro Nacional Rubén Darío, el templo de la cultura nicaragüense.El 80% de los menores que asisten son de origen nicaragüense.

“Estoy consciente de la importancia y el privilegio artístico que representa pisar el escenario de la Sala Mayor del Teatro Nacional Rubén Darío, me siento muy honrado. Cuando le comenté a mis padres que venía para acá estaban sorprendidísimos porque ellos siendo nicaragüenses nunca habían entrado a un lugar como este a ver un espectáculo, y ahora yo formé parte de uno”, comentó el joven, quien no terminó secundaria.

Sifais ha representado para él no solo la oportunidad de pulir y explotar su talento sino que a través de la organización consiguió trabajo. Recibió clases de fotografía con una voluntaria vinculada a la gerencia de Canon Costa Rica y le consiguió trabajo en la empresa.

En las construcciones imaginarias que se tienen sobre La Carpio es frecuente el uso de calificativos ligados a una posición baja, inferior y despreciativa, además, se utilizan vocablos que se refieren a contaminación y suciedad. 

Sobresale en el imaginario externo a la comunidad la relación directa que se establece entre marginalidad, pobreza, delincuencia, suciedad y personas nicaragüenses. 

“Estas alusiones, que establecen una separación entre La Carpio y el resto del país, remiten a la segregación residencial y simbólica que es vivida por las personas de la comunidad. Desde fuera de la comunidad se piensa que allí habita gente ´diferente´ y en condiciones distintas a las del ´resto´ de la población”, concluye un estudio del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Costa Rica (UCR). La exposición repetitiva a noticias de criminalidad y al “amarillismo” mediático configura en la sociedad la imagen de La Carpio como una comunidad conflictiva y peligrosa. “Estos discursos sobre ´chapulines´, ´bandas´ o ´pandilla´ depositan en la población joven características negativas que pueden ser fácilmente generalizables”, añade el estudio de la UCR titulado La Carpio: segregación urbana, inseguridad y estigmatización social en una comunidad binacional en Costa Rica.

Está cambiando 

Pero La Carpio ha cambiado mucho, dice la nicaragüense Marisol Quezada, una mujer de 41 años y 18 de vivir en Costa Rica.  Hace cuatro años Marisol Quezada decidió ser voluntaria de Sifais para enseñar corte y confección durante dos horas todos los sábados. Perdió un trabajo por eso pero no desistió. Se encariñó con el grupo de ocho mujeres a las que les enseña, de las cuales cinco son nicaragüenses.  Son madres desempleadas que ahora viven del oficio. El grupo confecciona y diseña bolsos, pantalones, camisas y billeteras a tal punto que ahora cuentan con su propia marca. El 40% de las ganancias va para Sifais y el 60% para las mujeres. Venden por encargo y reciben pedidos del Aeropuerto Juan Santa María de Costa Rica.

Marisol Quezada insiste en que “la imagen de La Carpio ha cambiado demasiado. Por algo Dios mandó a Sifais. Todos estos niños que andan tocando quizás anduvieran en la calle haciendo daño. Ahora camino por la calle y sé que no va pasar nada. Siempre le digo a la gente que pierdan el miedo. Carpio está cambiando, y cambiando para bien”.