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El rico emirato de Catar, blanco de una campaña de acoso sin precedentes lanzada por sus vecinos del golfo Pérsico, ha vivido siempre a la sombra de potencias más poderosas y ha sufrido la dominación saudí y bareiní durante los siglos XVII y XIX, la otomana entre 1871 y 1915 y, posteriormente, la británica hasta la proclamación de su independencia en 1971.

Con una superficie de 11,521 km y con las terceras mayores reservas de gas del mundo, estimadas en 25 billones de metros cúbicos, Catar vivió hasta 1940 centrando su economía en la pesca y en la recolección de perlas.

Sin embargo, sus grandes depósitos de combustibles fósiles dispararon el crecimiento económico y el desarrollo del país, que alberga a una población de en torno a los dos millones y medio de habitantes, de los que solo el 10 por ciento son cataríes.

Esto le ha permitido convertirse en el país con la mayor renta per cápita (129,700 dólares) y con la tasa de desempleo más baja del planeta (0.7%), según datos de la CIA de 2016.

Su superávit económico le animó también a invertir en su proyección internacional, acogiendo cumbres internacionales y campeonatos deportivos como la Cumbre Mundial de Doha sobre el Cambio Climático, en 2012, o el Mundial de Futbol de 2022, que por la crisis se encuentra ahora en entredicho. Además, ha querido mostrar su influencia política mediando en conflictos en Yemen, el Líbano, Sudán, Siria o Afganistán y marcando su propia agenda exterior, alejada de sus socios regionales y en especial Arabia Saudí, que ahora lo acusa de apoyar el terrorismo y de haberse acercado demasiado a Irán, el enemigo declarado de Riad. Con un Producto Interior Bruto de 145, 919 millones de dólares (2016), Catar ha podido embarcarse en multimillonarias reformas e inversiones de infraestructuras junto con Baréin, Kuwait, Omán, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí con quienes en 1981 fundó el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG).

Sin embargo, esta relación ha estado salpicada de diversos desencuentros que irían minando con el tiempo la relación, especialmente a raíz de la fundación de la cadena Al Yazira en 1996, punta de lanza de la política exterior catarí, que pretendía situar al inadvertido país en el mapa político con un estilo provocativo, panárabe y sumamente crítico con el status quo en Oriente Medio. Tras ser tachado de tribuna de disidentes y terroristas, el canal ha sido criticado por los regímenes de países como Jordania, Siria, Kuwait, Arabia Saudí, Argelia o Marruecos, que han expulsado a sus periodistas de su territorio.

Firme aliado de Estados Unidos, Catar fue la base de operaciones de las tropas que invadieron Irak en 2003 y cuenta en su suelo con la mayor base aérea estadounidense en la zona, punto desde el que han partido la mayor parte de los ataques aéreos sobre las posiciones del grupo yihadista Estadio Islámico (EI).

El emirato, dirigido desde hace más de 150 años por la familia Al Zani, está íntimamente ligado a sus socios y, por ejemplo, importa el 40% de sus alimentos desde Arabia Saudí, único país con el que posee frontera terrestre, y que ahora se encuentra cerrada.

Las medidas de castigo, no solo han afectado a la importación de bienes, o a su canal de televisión estrella que ha visto el cierre de sus oficinas en Arabia Saudí, Emiratos y Jordania, si no que han repercutido en uno de los buques insignia de su escaparate económico Qatar Airways, que se hizo famoso gracias a la publicidad en las camisetas del Barcelona.

Con el cierre del espacio aéreo saudí, emiratí, bareiní y egipcio a sus aviones, la compañía que emplea a más de 40,000 personas y cuenta con una flota de 167 aviones ha sufrido un duro revés. De momento, continúa a salvo su principal fuente de ingresos, las exportaciones de gas y petróleo, que suponen el 85% de los beneficios de exportación y el 75% de los ingresos del Estado.

Los gasoductos submarinos no han sido bloqueados, por lo que las exportaciones de gas catarí a Emiratos continúan con normalidad, lo que se debe, según analistas económicos, a la dependencia energética de este país con Catar, sobre todo en la temporada estival y en Ramadán, condiciones que aumentan significativamente el consumo eléctrico del país.