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Como cientos de miles de iraquíes, Maha vive con sus hijos en un campo de desplazados cerca de Mosul, pero con una peculiaridad: su padre era funcionario del grupo Estado Islámico (EI) y su marido un combatiente yihadista.

“Los hombres hacen lo que les da la gana, nunca te hacen caso”, afirma, a modo de disculpa, la joven a su llegada a un campo de la región de Al Jadaa, al sur de Mosul.

El centro acoge a 18,000 personas que huyeron de los combates en Mosul y sus alrededores y desde hace poco también a 83 familias, en su mayoría mujeres y niños con un padre, un marido o un hermano afiliado al grupo yihadista. El padre de Maha era el encargado de distribuir la pensión a las familias de los combatientes del EI muertos. Falleció en un bombardeo aéreo en el barrio de Maidan, en el casco antiguo de Mosul, el último sector donde los yihadistas se atrincheraron. El 10 de julio las autoridades afirmaron haberlos derrotado. Muchas de las mujeres tienen maridos y padres yihadistas.

“Cuando salimos (de Mosul) nos interrogaron, nos dijeron ‘queremos saber la verdad’. Les dijimos la verdad”, confiesa Maha. La joven procede de una región agrícola ubicada al sur de Mosul, pero su familia se fue a la ciudad debido al avance de las fuerzas de seguridad.

“Nadie nos ha hecho daño, nos tratan bien”, asegura la joven, con un pañuelo en la cabeza que solo deja al descubierto sus ojos. Hamza, de 5 años, y Jatab, de 4, se agarran a su túnica de colores otoñales (amarillo, naranja y rojo amarronado).

La buena vida

Cuatro soldados armados montan guardia cerca del lugar donde se alojan los nuevos desplazados. Las mujeres y los niños se mueven a su antojo y cocinan en la tienda de campaña en un pequeño hornillo a gas. De almuerzo: tomates en rodajas y pan con cebolla. En una avenida del campo, un camión distribuye hielo para ayudar a los desplazados a soportar el calor infernal. Bajo la carpa, rodeadas de niños semidesnudos que lloran o gritan, Khawle y Nawal no se andan con rodeos a la hora de hablar de la ofensiva de las fuerzas de seguridad.

“Dicen que nos han salvado. ¿Pero de quién? Eran ellos los que nos bombardeaban. Caminábamos sobre los cadáveres por todas partes”, afirma Nawal. Su hermana Khawle la interrumpe suspirando: “Que buena vida llevábamos. Nos trataban bien”, asegura la joven, refiriéndose al EI. Su padre, un exconductor de autobús de sesenta años, se unió a los yihadistas y se convirtió en mecánico. “No teníamos nada, no teníamos dinero”, justifica Khawle. “Es nuestro deber darles alojamiento, prestarles ayuda, tratar los como a todos los desplazados”, asegura a la AFP Saad Faraman, un responsable dela oenegé iraquí RNVDO, a cargo de la administración de los campos de AlJadaa. Estas familias llegaron recientemente del campo de Bartalla, “un centro de rehabilitación” cerca de Mosul que acogía a unas 170, según Human Rights Watch (HRW), y que está a punto de ser cerrado. Muchos niños proceden de regiones agrícolas.

Preocupación

El 13 de julio, la oenegé criticó duramente al campo de Bartalla: “Las autoridades iraquíes no deberían castigar a familias enteras a causa de las acciones de sus parientes”, afirmó Lama Fakih, responsable de HRW. Pero los desplazados de AlJadaa no parecen muy contentos con sus nuevos vecinos.

“Son mujeres y niños, no es un problema, fue el Gobierno el que los trasladó”, comenta con cautela Mohamed Zeid, un expolicía de la región de Mosul, convertido en pastor tras la llegada de los yihadistas. “Están en su tienda de campaña y yo en la mía, no estamos juntos”, recalca, vestido con una chilaba blanca y una kufiya roja en la cabeza. AAhmed Najeh, de 40 años, la situación le preocupa, por mucho que se trate de mujeres y niños. “Mentiría si dijera que me siento a gusto”, subraya. Y es que el campo de desplazados se encuentra a tan sólo seis kilómetros de una zona controlada por el EI, según Faraman, quien recuerda que “las fuerzas de seguridad mataron recientemente a tres individuos armados del EI que avanzaban hacia los campamentos”.