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Colaboración
A las ocho de la mañana comienzan a llegar de uno en uno, hasta completar cincuenta. Son los niños y niñas que cada mañana, antes que los primeros rayos del sol se cuelen por las ventanas de esta casa del barrio “Hilario Sánchez”, de Managua, reciben su merienda gracias a este proyecto promovido por las ya casi insustituibles Comunidades Eclesiales de Base, CEB.

No hay ningún rótulo que indique el nombre del programa. El sitio tiene una fachada y una infraestructura tan sencillas, como las personas que llegan hasta él cargando a sus hijos o llevándolos del brazo. Se llama Ollas de soya porque los alimentos que se preparan y sirven son a base de este producto, rico en nutrientes.

Oficialmente el proyecto nació en 1990 con 12 ollas, como prefieren llamar a estos centros. Ahí los grupos solidarios llevan a los menores de edad la nutrición diaria. Igual les comparten el pan de la enseñanza, pues también reciben educación preescolar.

Se trata de obras silenciosas y permanentes realizadas por grupos solidarios formados por personas que han abrazado la convicción de que ser cristiano los obliga a demostrarlo cada día, y lo manifiestan con voluntad altruista.

Así, gracias a su firme voluntad de compartir y al apoyo de organismos nacionales y extranjeros, hacen posible la obra,
Las mujeres, siempre atentas
El equipo de personas voluntarias, en su mayoría mujeres con un corazón grande y noble, desde la mañanita hacen la limpieza y acomodan las sillas y las mesas para poder recibir a los pequeños que han encontrado este bonito nicho de vivencia y hermandad.

Se trata de humildes y modestas mujeres de barrio. Con muchas ganas de compartir y brindar su ayuda, animadas por su fe. Ellas se han sensibilizado con este proyecto que busca erradicar la desnutrición infantil, aportando un poco de su tiempo, y a cambio reciben la grata satisfacción de ver el cambio físico de los niños.

“Luego de tres semanas vienen un poco más gorditos, hasta les vuelve el brillo a los ojos, y la sonrisa”, resalta una de las colaboradoras de quien no podemos compartir su identidad debido a que rogó no revelarla, para hacerse eco del mandato bíblico: lo bueno que haga tu mano derecha, que no lo sepa la izquierda .

Contra desnutrición y pobreza

“Las Comunidades Eclesiales de Base se han preocupado por tratar de llevar la nutrición necesaria a los niños, para disminuir la pobreza, y de esta manera construir una Nicaragua mejor, pues ya se sabe que desnutrición y pobreza van de la mano”, explica el sacerdote jesuita Arnaldo Zenteno.

Arnaldo es un padre nicaragüense de origen mexicano. Se ha destacado por impulsar y buscar apoyo tanto nacional como internacional para los diferentes proyectos que impulsan las CEB.

“Esta problemática es apremiante. El problema de la mala alimentación de los niños y niñas es urgente, pues si persiste, las demás facultades del infante no se pueden desarrollar cabalmente y, por ende, este menor no tendrá las mismas capacidades que otro que tenga una alimentación rica y regular, para hacerle frente a los estudios, por ejemplo; o para ampliar sus capacidades psicomotrices”, detalla el sacerdote, mientras el local comienza a llenarse de esa algarabía contagiante que sólo los menores cargan.

Alegría esconde historias tristes

Contados hay 47, pero parecieran cien. Juegan, corretean y ríen en este pequeño espacio que tiene la capacidad para albergar un comedor, un aula donde se imparten clases de preescolar y una cocina, donde se elabora la alimentación diaria.

“Todos tienen una historia triste, pero las enmascaran con sus sonrisas, que a la vez nos contagian ese ánimo revitalizante”, revela otra de las voluntarias que se moviliza desde otro barrio y se interna en este lugar donde las calles de asfalto son un sueño y las casas no conocen el cemento. Igual, tampoco nos permitió dar a conocer su nombre, pero tiene en común su fe en Jesucristo, que le ayuda a hacer de la solidaridad humana una cualidad no extinta aún.

Llega otro niño más para sumar 48: un pequeñito de seis años que no se despega de su mamá. En su cara la tristeza se evidencia, le falta ese brillo en sus ojos color aceituna. Su cabello tiene un aspecto amarillo por el nivel de desnutrición. Sus dientes se notan débiles y con sus manos apenas puede sostener el vaso con leche que le acaban de ofrecer.

“Es un caso urgente, por eso le damos el alimento en cuanto llega, y hasta la mamá necesita nutrirse, porque está embarazada, aquí les proporcionamos lo que necesitan. Las ‘ollas’ también atienden a las mujeres embarazadas, para evitar la malnutrición del recién nacido”, agrega la voluntaria.

Nutrición también a embarazadas

Aunque el proyecto va dirigido especialmente a niños de cero a 6 años de edad, el mismo acoge a madres embarazadas, quienes se han visto beneficiadas no sólo con la facilitación del alimento, sino además con un sistema organizativo que las ayuda a subsistir autónomamente mediante la consecución de empleos.

Así, de esta manera, se previene que el neonato presente desnutrición desde su nacimiento y su madre logra culminar su embarazo con un peso deseable, con el añadido de que después pueda ganar su propia comida.

Actualmente se atiende a una veintena de mujeres embarazadas junto a sus hijos, quienes presentan diversos grados de desnutrición; son personas con poco o ningún recurso.


“También se les enseña a pescar”

A estas mujeres, además de la alimentación, se les inserta en un proceso de autogestión, “ya que no sólo es darles el pescado, sino también enseñarles a pescar… Esa es la finalidad de las ‘ollas’, dejar de ser paternalistas y buscar en el campo de acción para que la gente después tenga las herramientas necesarias para poder combatir”, resalta la responsable del programa, a quien logramos convencer de que nos regalara su nombre: Adilia Jirón.

“Y es en esa línea que se les busca proveer de los conocimientos necesarios para que puedan enfrentar los obstáculos que el medio les pone, y poder sobrevivir con dignidad, que sólo la provee el trabajo autónomo”, añade Jirón.

10:30, hora de la merienda

El local que ocupa la cocina es pequeño, tres mujeres cuentan el tiempo y miden las porciones para que todos los niños puedan recibir su desayuno: cereal, frutas, yogur, leche y todo lo necesario para que su pequeño cuerpo pueda rendir durante el día.

Cuando el reloj marca las 10:30 de la mañana, las personas entran al limpio comedor para que sus alimentos sean servidos y puedan saciar el hambre que del día anterior les quedó.

Los niños que se encuentran ahí están por debajo de su peso ideal y algunos en un estado extremo de desnutrición. Alegres, todos consumen con deleite su comida, disfrutando del tiempo y del sabor.

El centro se convierte en una felicidad que se transparenta en las disonantes voces y los pequeños gritos de júbilo. Pero desgraciadamente hay varios que no podrán recibir más que una mínima ración, “porque, aunque las ‘ollas’ quisieran dar más, no se tienen los recursos necesarios. Por eso son tan valiosísimos los aportes que recibimos tanto desde dentro como desde fuera del país”, expresa la responsable de las seis “ollas” que existen en el departamento de Managua.

Ollas siguen 20 años después

Han pasado casi 20 años desde que la primera “olla” fue instaurada, y con ella once más, donde entonces se alimentaban a mil personas a diario y se contaba con el decidido apoyo de 150 voluntarios. El proyecto continúa, pero ahora con seis centros, ubicados en Ciudad Sandino, Villa Austria, San Rafael, y los barrios “Hilario Sánchez”, Grenada y “Georgino Andrade”.

“Se continúa con la ilusión y el propósito de extender el programa y poder erradicar este problema con la ayuda del pueblo. El objetivo es crear conciencia en la sociedad, y las CEB son un punto de partida donde todas las personas tienen cabida, sin importar su calidad de vida, teniendo siempre presente que Dios es el motor de estos proyectos”, puntualiza el sacerdote jesuita Arnaldo Zenteno.

El gran aporte nacional e internacional

“Las Ollas de soya no existirían sin el decidido y bondadoso aporte que han hecho desde su nacimiento los voluntarios, los organismos, empresas, grupos y asociaciones tanto nacionales como extranjeros”, explica la responsable del programa.

Fueron precisamente grupos cristianos holandeses los que después de la guerra, en 1990, junto con las CEB comenzaron las “ollas”, y tras ellos una avalancha de solidaridad proveniente sobre todo otros países (México, España y Francia), la misma que hasta hoy ha mantenido vivo el programa.

“Se recibe ayuda y recursos de Soynica; del Comité S. Romero, de España; del Sindicato Solidario de Trabajadores de Iberia, y de otros organismos”, enumera el padre Zenteno.

“Los voluntarios donan su inestimable tiempo y su trabajo para poder alimentar a 450 personas a diario. Son jóvenes entusiastas y con carácter humanitario los que se solidarizan con las ‘ollas’. Ellos vienen a estos centros que se ubican en los barrios que han sido marginados y cuyos habitantes necesitan apoyo de todo tipo”, añadió.

Una de las sedes del programa se encuentra en el barrio “Hilario Sánchez”, tachado como peligroso, como muchos de los humildes y populosos barrios de Managua, pero donde es admirable la labor de los voluntarios y voluntarias, y de las CEB.

“Un alimento para el corazón”

Otra madre entra con su hijo. No quiere decir su nombre, pero accede a platicar la experiencia que ha vivido en las “Ollas de soya”.

“Más allá de un plato de comida, las ‘ollas’ dan un alimento para el corazón, ya que como somos personas de bajos recursos y tenemos esa calidad de vida, hemos sido excluidos, pero ahora hemos logrado ser visibles y tener un lugar gracias a estas personas, a quienes no les han importado nuestras condiciones y nos han tendido una mano desinteresadamente”, expone, un poco tímida, pero con la seguridad de sus palabras.

¿Cómo nace el proyecto?

“Este hermoso proyecto tiene su precedente en uno similar que se puso en marcha en Perú, denominado Olla común, porque muchas mujeres cocinaban en común para niños de escasos recursos cuyas madres salían a trabajar”, explica amablemente el padre Zeneteno al relatar la génesis del programa en el país.

Además, el proyecto se configuró después de la guerra de los años 80, misma que finalizó exactamente en 1990, con el objetivo de contrarrestar la devastación y la consecuente extrema pobreza que ocasionó este conflicto bélico interno.

“Se pensó a quiénes golpearía más esta situación de posguerra, y se llegó a la conclusión que a los niños y niñas de pocos recursos y que no tenían acceso a alimentos”, agrega el sacerdote jesuita.

Según la responsable del programa, Adilia Jirón, en 1990 éste se denominó Olla común, como en Perú, pero actualmente, por la utilización casi exclusiva de la soya como base de la alimentación que brindan, su nombre cambió a Ollas de soya.

“El alimento que se cocina es a base de soya, por eso a las ollas comunes popularmente se les conocen como Ollas de soya, ya que todo lo que se prepara contiene este elemento que posee un alto nivel energético en proteínas, que puede cubrir las necesidades elementales de un niño o de un adulto”, confirma el padre Arnaldo Zenteno.

*Estudiante de Comunicación Social, UCA