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Robert Mugabe dijo una vez que iba a gobernar Zimbabue hasta los 100 años, llevando al extremo la caricatura del déspota africano dispuesto a todo para mantenerse en el poder.

“Fue un dirigente formidable pero el poder terminó degenerándolo al punto de que puso a Zimbabue de rodillas”, resumió Shadrack Gutto, profesor de la Universidad de Sudáfrica.

Pero cuando en 1980 Mugabe tomó el mando del país, recién surgido de la antigua Rodesia, una colonia británica donde gobernaba una minoría blanca, su discurso sobre la reconciliación y la unidad le valió elogios a nivel internacional.

El exprisionero político convertido en un líder de la guerrilla llegó al poder después que el gobierno de la minoría blanca se viera obligado a negociar, ahogado por las sanciones económicas y la amenaza creciente de la insurgencia.

Pero su brillo inicial no tardó en desvanecerse.

El antiguo ministro de Relaciones Exteriores británico, Peter Carrington, conoció bien a Mugabe durante las conversaciones que abrieron el camino hacia la independencia de Zimbabue.

“Mugabe no era nada humano”, dijo Carrington a la biógrafa de Mugabe, Heidi Holland. “Tenía una especie de naturaleza reptil. Uno podía admirar sus capacidades y su intelecto (...) pero era una persona horrible y poco confiable”, agregó.

En las últimas décadas de su mandato, Mugabe, siempre con sus gafas de pasta, se recreó en un papel de antagonista de Occidente.

Valiéndose de una retórica virulenta, responsabilizó en sus discursos a las sanciones occidentales de la aguda crisis económica que sufrió el país, aunque estas solo lo afectaban a él y a sus colaboradores y no a toda la economía.

“Si la gente dice que eres un dictador (...) entonces uno sabe que están diciendo eso simplemente para manchar y socavar tu estatus, así que uno no debería prestarle mucha atención”, afirmó en 2013, en un documental.

El tema de la sucesión fue un tabú que se extendió durante décadas, pero después de que Mugabe cumpliera 90 años, se abrió la veda y la élite en el poder se enfrascó en una lucha despiadada.

Grace, su segunda mujer, una exsecretaria, 41 años menor que él, que está entre los candidatos a sucederlo, dijo que incluso pasados los 80 años se levantaba antes del amanecer para hacer ejercicio.

Pero en los últimos años sufrió más de un tropezón y algunas caídas en público. En otra ocasión pronunció un discurso equivocado para la apertura del Parlamento.

Un católico marxista

Mugabe, nacido el 21 de febrero de 1924, en el seno de una familia católica en la misión de Kutama en el noroeste de Harare, ha sido descrito como un niño solitario y estudioso, con un libro en la mano incluso cuando cuidaba el ganado.

Después de que su padre abandonara a la familia cuando él tenía 10 años siguió concentrado en sus estudios y a los 17 años tuvo el grado de profesor.

Inicialmente se identificó con el marxismo y durante su época estudiantil en la Universidad de Fort Hare en Sudáfrica se codeó con muchos de los futuros líderes africanos.

Después de ejercer como profesor en Ghana, donde quedó muy influenciado por el presidente y fundador del país, Kwame Nkrumah, decidió volver a Rodesia donde fue detenido en 1964 por sus actividades políticas.

Pasó 10 años en prisión. En ese tiempo pasó tres cursos por correspondencia, pero el tiempo encarcelado dejó sus huellas.

Su hijo de cuatro años, fruto de su primer matrimonio con la ghanesa Sally Hayfron, murió mientras estaba en prisión. El líder de Rodesia, Ian Smith, le denegó el permiso para asistir al funeral.

Pero tras décadas en el poder, la oposición en su contra comenzó a tomar fuerza.

“Su verdadera obsesión nunca fue la riqueza personal, sino el poder”, dijo el biógrafo Martin Meredith.

“Año tras año Mugabe se mantuvo al mando mediante la violencia y la represión, cargando contra los opositores políticos, transgrediendo a los tribunales, pisoteando los derechos de propiedad, suprimiendo a la prensa independiente y amañando las elecciones”, describió.

Primera dama contra vicepresidente

El vicepresidente de Zimbabue, Emmerson Mnangagwa, apodado El cocodrilo por su carácter implacable, que debió huir de su país tras su cese a principios de noviembre por “deslealtad”, nunca renunció a suceder en la presidencia a Robert Mugabe.

Veterano de la guerra de independencia, vicepresidente desde 2014, Emmerson Mnangagwa fue destituido la semana pasada víctima de las ambiciones políticas de la primera dama, Grace Mugabe.

Obligado a exiliarse, Mnangagwa había prometido regresar al país para dirigir al Zanu-PF, el partido en el poder.

El jueves regresó a Zimbabue, que controlan las Fuerzas Armadas desde la noche del martes. Los militares colocaron en arresto domiciliario a Mugabe.

Su nombre suena en Harare con insistencia para dirigir una transición política si Mugabe acepta ceder el poder luego de 37 años.

Esta hipótesis sería una victoria para este fiel servidor del régimen, que desde hace años sueña con el poder.

Con la independencia de Zimbabue en 1980, Mugabe confió a Emmerson Mnangagwa importantes cargos y ministerios (Defensa o Finanzas).

En 2004 Emmerson Mnangagwa fue víctima una primera vez de su ambición, por lo que perdió su cargo de secretario de la administración del Zanu-PF.

Recién en 2014 accedió a la vicepresidencia, cuando Joice Mujuru, que le ganó la batalla política diez años antes, fue víctima de la campaña de denigración dirigida por Grace Mugabe.

Mnangagwa accedió entonces al estatuto de potencial delfín del “camarada Bob”, de salud frágil.

Emmerson Mnangagwa nació el 15 de septiembre de 1942 en el distrito de Zvishavana, en el suroeste de Zimbabue. Emmerson creció en Zambia.

Hijo de un militante anticolonialista se une en 1966 a las filas de la guerrilla independentista contra el poder colonial. Fue detenido y evitó la pena capital, aunque purgó una pena de diez años de prisión.

Desde esos años Mnangagwa mantiene buenas relaciones con los militares.

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