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Cuando llegó a Bangladés, viuda, separada de sus hijos y sus padres y sin dinero, la joven refugiada rohinyá Umme Kulthum vio como un rayo de esperanza la petición de matrimonio que le hizo un hombre. Acabó vendida a un burdel. 

Umme (un nombre ficticio) solo tiene 21 años. Su marido murió en la ola de violencia que sacudió el estado Rakáin, en el oeste de Birmania y, en medio de la confusión del éxodo, perdió a sus dos hijos y a sus padres.

Como ella, unos 615,000 musulmanes rohinyás de Birmania se fueron al vecino Bangladés desde finales de agosto huyendo de las operaciones militares calificadas por la ONU de limpieza étnica.

Esta población vulnerable, hacinada en gigantescos campamentos miserables, es presa fácil de todo tipo de traficantes.

Horas después de llegar a Chittagong, el hombre que le había prometido casarse con ella y llevarla a esta ciudad costera del sur de Bangladés la dejó en un prostíbulo.

“Me llevó a un edificio donde me presentó como su esposa. Vi a muchas chicas jóvenes como yo. Sentí miedo pero no tenía ni idea de lo que me esperaba”, cuenta a la AFP.

Muy pronto comprendió que su “marido” la abandonó y se fue con 8,000 takas (81 euros, 95 dólares) en el bolsillo.

“Me vendieron para ser una prostituta”, cuenta llorando. Me drogaron con metanfetaminas. Tenía hasta siete clientes diarios.

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), muchas jóvenes rohinyás acaban creyéndose las promesas de empleo o de matrimonio que les permitirían huir de la miseria de los campos de refugiados. Pero acaban forzadas a prostituirse.

“En un caso, varias adolescentes a las que prometieron trabajos de empleadas domésticas en Cox’s Bazar y Chittagong, fueron obligadas a protituirse”, se alarmaba esta semana esta organización de la ONU en un comunicado.

Pasaportes falsos

En estas ciudades de tiendas de campaña, las redes de tráfico de seres humanos se desarrollan aprovechándose de la desesperación de la gente.

“Los traficantes no se quedan de brazos cruzados. Apuntan a las mujeres y los niños, en particular a los que llegan solos”, describe a la AFP el comandante Ruhul Amin, encargado de la unidad de élite Batallón de Acción Rápida (RAB) para el distrito de Cox’s Bazar.

El RAB reforzó su presencia en la zona. En uno de sus puestos de la ciudad de Teknaf socorrió el mes pasado a 30 mujeres y niños cautivos.

Según una fuente de seguridad, redes criminales entregaron pasaportes falsos a mujeres rohinyás y las enviaron al extranjero, en particular hacia Malasia y Oriente Medio.

La OIM confirmó haber oído hablar de exfiltraciones de rohinyás de Bangladés. 

Las autoridades locales confinan a los refugiados en campamentos de los que teóricamente no pueden salir. Y hay puestos de control en carreteras de la región.

Mohamad Hosain Shikder, un asistente social, organiza talleres para sensibilizar a los rohinyás sobre las tácticas empleadas por bandas organizadas.

 “Os abordan con una oferta lucrativa y creíble, como un puesto en una fábrica textil o una boda con un rico”, explica a una veintena de jóvenes en el campamento de Kutupalong.

Para seducir a los más reticentes, los traficantes no dudan en sacar la billetera y ofrecen dinero.

Gracias a una operación policial, Umme Kulthum logró escapar del burdel de Chittagong al que fue vendida. Pero a su vuelta a Kutupalong se encontró con que no tenía a donde ir ni medio de subsistencia.

“Un día espero encontrar a mis padres y a mis hijos. Ahorro dinero para ellos”, declara a la AFP.

Umme Kulthum vive en una siniestra habitación de hotel de la localidad turística de Cox’s Bazar. Se prostituye.
 

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