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La globalización del mundo inyectó un mal que surgió a partir de la crisis inmobiliaria norteamericana, y como peste se propagó hacia Europa, Japón, Rusia y el resto del mundo, al caerse los flujos financieros que circulaban por las venas bancarias por todo el planeta, lo que hizo desplomar estrepitosamente la demanda de diversos productos, entre ellos materias primas.

El contagio de la enfermedad, que se ha propagado con mucha mayor velocidad y virulencia que el Mal del Ébola, que de una recesión económica, amenaza con convertirse en una depresión, sumiendo en un problema que se alimenta a sí mismo y que en el primer mundo intenta sanearse a partir de transfusiones de dinero por las venas del sistema bancario internacional, pero para las naciones pobres sólo migajas fueron prometidas, las que no alcanzan siquiera el nivel de un calmante del dolor.

Al respecto, la organización Oxfam destaca, con cifras tomadas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD), de Londres, que los niveles de cooperación prometidos por el mundo desarrollado son mínimos si se comparan con las cantidades dedicadas al sistema financiero de Estados Unidos y Europa, precisamente donde, por razones de indisciplina y temeridad financiera, se gestó la debacle.

Un rasgo sobresaliente de estos problemas fue el impulso de políticas orientadas hacia una desregulación generalizada y rampante de todos los mercados, incluyendo, ciertamente, los mercados financieros, lo que derivó en una grave crisis económica a nivel mundial y a que la falta de solidaridad del primer mundo aflorara tras discursos de un nuevo mundo, que aparentemente sólo involucra al primero.

Una transfusión de dinero

De acuerdo con la agencia internacional, el aumento global del diez por ciento en la cooperación, hasta alcanzar 120 mil millones, es bienvenido, pero está distante de cubrir las necesidades de los países pobres frente a la crisis económica global. El incremento equivalente al 0.3 por ciento del PIB del G-20 representa un nivel similar al de 1993.

Según los informes de la OECD, han sido dedicados un total de 8.4 mil billones de dólares para salvar a los bancos en problemas, de esa cantidad, sólo el Grupo Asegurador de América (AIG, por sus siglas en inglés) recibió 173 mil millones de dólares, o sea, 50 mil millones de dólares más que el total de la cooperación destinada al llamado mundo en desarrollo. La cantidad prometida al mundo en desarrollo es apenas el 1.42 por ciento de lo destinado a los bancos, los primeros culpables de la crisis.

El director de Finanzas para el Desarrollo de Oxfam, Max Lawson, apuntó que a pesar de lo agradable de este aumento, los niveles de la asistencia siguen siendo mínimos en comparación con las economías de los países ricos, sólo el 0.3 por ciento del producto interno bruto de esas naciones. De hecho, el G-20 ha puesto en manos de los bancos en problemas por su falta de disciplina financiera, 70 veces más recursos para salvarlos que para salvar a miles de millones de personas, cuyos niveles de vida, ya malos, se volverán peores.

Salvavidas llamada cooperación externa

“La cooperación externa es un salvavidas absolutamente vital para la gente más pobre, especialmente en estos tiempos brutales de la economía. Se necesita muchísimo más, y ahora”, sostiene el director de Finanzas para el Desarrollo de Oxfam, Max Lawson.

“Los países ricos pueden hacer brotar el dinero cuando lo deseen. Sólo las bonificaciones de los ejecutivos de AIG podrían haber servido para contratar maestros para 7 millones de estudiantes en África. Necesitamos que el G-20 se mueva con prontitud en Londres esta semana para rescatar a los bebés, no sólo a los banqueros”, dijo Lawson.

La Inversión Extranjera Directa hacia los países en desarrollo ha colapsado en más de 700 mil millones de dólares desde 2007, más de seis veces el total de la cooperación global. Las remesas también se reducen rápidamente en la medida que el desempleo aumenta en los países ricos. El intercambio global se ha paralizado virtualmente. La cooperación externa es más necesaria ahora que nunca para que los países más pobres puedan soportar el tsunami económico.

Las cifras de la OECD, según Oxfam, muestran que la cooperación externa ha aumentado en diez por ciento en términos reales en 2008 (120 mil millones de dólares). Pero el África Subsahariana --a pesar de ser la región más pobres del planeta-- sólo vio un aumento diminuto de apenas el 0.4 por ciento (22.5 mil millones de dólares)


Enorme pinchería de naciones ricas
La mayoría de las naciones ricas aún deben escalar una montaña para alcanzar sus promesas de 2005: aumentar la cooperación global en 50 mil millones de dólares para 2010, cuya mitad iría para el África. Italia, Presidente del G-8 en 2009, es el peor caso.

La OECD estima que Italia debe aumentar sus montos para la cooperación en 145 por ciento, para cumplir su promesa. El déficit debe ser reconocido y debe establecerse un cronograma claro para aumentar la cooperación hasta alcanzar las metas.

De acuerdo con la organización, la cooperación por sí misma no es suficiente para que los países más pobres escapen de la trampa de la pobreza, pero debe ser una colaboración de calidad y de largo plazo que establezca una diferencia enorme con el actuar actual.

“Los gobiernos de los países pobres empleaban la ayuda para aumentar el gasto en educación y salud y combatir la pobreza. El gobierno tanzano empleaba la cooperación para ofrecer escuela primaria gratuita a su niñez, y ahora 3.5 millones más de niñas y niños están en las aulas de clases. Tanzania también empleaba la cooperación para fortalecer sus servicios de salud, logrando con ello reducir las mortalidad infantil en el primer año de vida en casi un tercio”, dijo Lawson.

En el área latinoamericana, las promesas del mundo desarrollado tampoco son mejores, un ejemplo de esto es la gira del vicepresidente de Estados Unidos por Costa Rica, Joe Biden, donde se encontró con presidentes de América Central, sin embargo, no hubo mas ofrecimiento de cooperación que la reactivación económica de su país para que la demanda de productos vuelva a elevarse.

Según el vicepresidente Biden, la situación económica de su país limita la ayuda que puede ofrecer a la región centroamericana, y reiteró que ninguna ayuda monetaria reducirá las repercusiones de la caída de las exportaciones centroamericanas, ante la contracción de la demanda internacional.

El segundo hombre al mando en Estados Unidos manifestó que no importa si existe la Iniciativa de la Cuenca del Caribe o el Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica, Estados Unidos y República Dominicana. Del éxito de las políticas propuestas por Barack Obama, Presidente de Estados Unidos, dependerá la recuperación y el grado de ayuda que podrá recibir el istmo a futuro.

La mayoría de los países de la región descartan tener por ahora problemas de liquidez, y por el contrario señalan como obstáculo la disminución en la demanda de créditos. La mayoría de las empresas cancelaron sus planes de expansión y anunciaron recortes de costos, y en el peor de los casos, de personal.

Es por eso que las autoridades estadounidenses aseguran que una mejora en sus indicadores económicos incidirá positivamente en la demanda de productos, y en el aumento de las remesas y de la inversión extranjera directa que percibe Centroamérica.