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Los aliados árabes de Estados Unidos se debaten entre su poderoso socio y una opinión pública hostil a Israel, después de que el presidente Donald Trump reconociera a Jerusalén como capital de ese país.

Egipto, Arabia Saudita y Jordania, aliados clave de Estados Unidos en la región y con vínculos geopolíticos o de dependencia financiera con este país, se encuentran en una posición delicada.

Aparte de las condenas, reprobaciones o advertencias es poco probable, según los expertos, que estos países modifiquen su alianza con los estadounidenses.

“La decisión (de Trump) es un incordio para los regímenes aliados a Washington, sobre todo porque es poco probable que vayan más lejos en su rechazo a la posición estadounidense”, declaró a la AFP Oraib Al Rantawi, director del centro Al Quds para estudios políticos en Amman.

Pérdida de legitimidad

La iniciativa asesta un duro golpe, sobre todo a Jordania, guardián de los lugares santos de Jerusalén desde hace casi un siglo y que firmó un acuerdo de paz con Israel en 1994.

Con el apoyo a “las políticas de judaización, de colonización”, Washington toca “lo que se puede calificar de legitimidad religiosa del régimen jordano” sobre Jerusalén, explica Al Rantawi.

Jordania tachó la decisión estadounidense de “violación del derecho internacional”. 

Arabia Saudita, guardiana de los lugares santos de La Meca y Medina, tampoco puede permanecer indiferente ante Jerusalén, tercer lugar santo del islam.

Según Giorgio Cafiero, director general de Gulf State Analytics, gabinete de asesoramiento de riesgos con sede en Washington, Riad es favorable a un acercamiento a Israel para hacer frente común contra la influencia regional de Irán, pero no a cualquier precio.

Los saudíes quieren evitar todo lo que “fortalezca el discurso del régimen iraní de que Teherán, y no Riad, es la capital de Oriente Medio más comprometida” en la defensa de los palestinos, estima Cafiero.

Riad condenó este miércoles la decisión de Trump, que calificó de “injustificada e irresponsable”.

‘Garante’

Pero el príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán mantiene una relación excelente con el yerno del presidente Trump, Jared Kushner, encargado de hallar una salida al conflicto, asegura James Dorsey, experto en política de Oriente Medio en la universidad de Wurzburgo. 

“Arabia Saudita sería un garante árabe a un plan de paz propuesto por Kushner”, estima el experto.

Por lo tanto a nivel oficial “no hay que esperar cambios importantes” en las relaciones entre Washington y sus aliados, añade Mohamed Kamel el Sayed, profesor de ciencias políticas en la universidad de El Cairo.

La decisión del gobierno de Trump alimenta más “el odio de la población respecto a la política estadounidense en la región”, advierte.

Además “la población no está satisfecha con los gobiernos en Egipto, Arabia Saudita o Jordania”, afirma Said Okasha, analista del Centro Al Ahram para estudios políticos y estratégicos, en El Cairo.

En Egipto, primer país árabe en haber firmado la paz con Israel en 1979, la mayoría de la población sigue siendo hostil a Israel.

El presidente egipcio Abdel Fattah Al Sissi, que dirige el país con mano dura, rechaza cualquier factor de inestabilidad, pero depende de la ayuda militar estadounidense, de hasta 1,300 millones de dólares anuales.

Por eso reaccionó con prudencia, limitándose a decir que el traslado de la Embajada estadounidense a Jerusalén podría “complicar” la situación.

Los observadores temen que esta pasividad de los regímenes árabes beneficie a las fuerzas opositoras internas, sobre todo a los islamistas que suelen invocar la causa palestina en sus críticas a estos gobiernos.

De Arabia Saudí a Irán, pasando por Turquía y la Unión Europea, muchos países e instituciones han protestado por la decisión, dependiendo de las relaciones diplomáticas de cada uno de ellos con Washington.

Todas las reacciones tienen en común la preocupación de un golpe mortal al proceso de paz, que ya está agonizando, entre israelíes y palestinos, al que se suma el riesgo de una reacción en cadena a nivel local e incluso regional.

“Hay mucha cólera entre los palestinos, en el mundo árabe y Turquía, y numerosas amenazas”, dice Yosi Alpher, consejero de Ehud Barak, el primer ministro israelí en las negociaciones de Camp David. “De todas maneras habrá enfrentamientos”, asegura.

Donald Trump pareció intentar apaciguar las tensiones cuando dijo que reconocer como capital a Jerusalén -una ciudad santa para judíos, cristianos y musulmanes- no significa obligatoriamente tomar una posición sobre esta delicada cuestión, clave en el proceso de paz.

La potente milicia iraquí Nujaba, favorable a Irán, dijo que es “legítimo atacar a las fuerzas estadounidenses en Irak”. Y Al Akhbar, un periódico considerado cercano al Hezbolá libanés, publicó una foto con una bandera estadounidense en llamas y el texto “¡Muerte a América!”.

El movimiento islamista palestino Hamas consideró por su parte que Trump abre “las puertas del infierno” para los intereses estadounidenses en la región.

En Jerusalén se halla la Explanada de las Mezquitas, un símbolo nacional y religioso para los palestinos y tercer lugar santo del islam.

La Explanada, cuya gestión está en manos de Jordania, también es un lugar sagrado para los judíos, que lo llaman Monte del Templo, pero donde no tienen derecho a rezar. Sin embargo, Israel controla los accesos al lugar, situado en el corazón de Jerusalén.

La decisión de Trump es una “declaración de guerra” contra el pueblo palestino y los lugares sagrados musulmanes y cristianos de Jerusalén, denunció Ismail Haniyeh, el jefe de Hamas, y pidió una “nueva intifada”, un levantamiento popular palestino.

Sin embargo, el analista palestino Ghasan Jatib considera improbable una nueva intifada.

“Creo que habrá una ola de protestas populares. No sé durante cuánto tiempo, depende de varios factores, incluida la reacción de Israel”, indica.

La ola de violencia que empezó en octubre de 2015 ha disminuido considerablemente, aunque perduran los ataques esporádicos de palestinos aislados, muchas veces armados con cuchillos.

En julio las tensiones en la Explanada de las Mezquitas duraron dos semanas.

Israel ya ha dicho que está preparado para responder a una posible ola de violencia. “Jerusalén e Israel están en una región sensible en una época sensible. Estamos preparados para cualquier eventualidad”, dijo el ministro de Defensa, Avigdor Lieberman. 

Igual que otros dirigentes, Naser Qudwa, responsable del Fatah, el principal partido palestino, llamó a nuevas protestas. “Haremos todo lo posible para que la reacción sea pacífica, no armada”, aunque “al final nadie puede comprobar lo que hace cada individuo en la calle”.