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El ímpetu del heredero al trono saudí, el treintañero Mohamed bin Salmán, ha removido el tradicional “statu quo” político y económico del reino, y ha elevado la tensión con Irán y en la península Arábiga con el estancamiento de la guerra en Yemen, el bloqueo de Catar y la crisis del gobierno libanés.

La detención de cientos de príncipes y responsables políticos y económicos acusados de corrupción a principios de noviembre y la rocambolesca dimisión del primer ministro libanés, Saad Hariri, cuando se encontraba en Arabia Saudí y su posterior retractación de regreso al Líbano, son muestra de estos nuevos aires del hijo de Salmán bin Abdulaiz, que llegó al trono en 2015.

Conocido también como MBS, Bin Salmán ha intentado cambiar la visión feudal, fanática y ultraortodoxa que se tiene del reino en el exterior, con medidas de gran visibilidad como el fin de la prohibición de conducir impuesto a las mujeres o la apertura de salas de cines, clausuradas en los 80.

Unas disposiciones que han tenido su reflejo económico en el megaproyecto de la ciudad NEOM, anunciado el 24 de octubre y que, con una financiación de 500,000 millones de dólares, pretende convertirse en el escaparate al mundo de la supuesta nueva Arabia Saudí más tecnológica, abierta y cosmopolita por la que MBS apuesta.

Esta iniciativa, al igual que la decisión en 2016 de sacar a bolsa el 5% de las acciones del gigante estatal Aramco, que controla la industria petrolera del reino, se enmarca dentro del plan estratégico “Visión 2030” anunciado en abril del año pasado, cuando bin Salman todavía era segundo heredero al trono, por detrás de su primo Mohamed bin Nayef, de 55 años de edad.

A pesar de que no fue nombrado heredero al trono hasta el 26 de junio de este año y que ejerce el cargo de ministro de Defensa, su impronta estaba ya en la mayoría de las más visibles decisiones en todos los campos, como el plan para 2030, que pretende diversificar una economía forjada sobre los hidrocarburos.

 Con la campaña anticorrupción lanzada por el rey y su hijo, apoyada por muchos en el reino, los analistas han visto también la intención del heredero de allanar su camino al trono, así como de favorecer una nueva estructura de toma de decisiones más rápida y vertical.

Tradicionalmente, las resoluciones necesitaban un largo proceso de maduración y diálogo entre los distintos círculos de poder y grupos de palacio, con el que Bin Salmán ha roto.

Esta nueva manera de hacer las cosas ha quedado patente sobre todo en la política exterior de Arabia Saudí, decidida a ejercer de adalid en la región frente al decaído liderazgo de Egipto, la intensidad diplomática de Catar o la rivalidad creciente con Irán.

Para reducir a Catar, que en las últimas décadas ha intentado forjar una política exterior independiente con tintes arabistas e islamistas contraria, muchas veces, a la de sus vecinos, Riad se ha embarcado en un bloqueo contra el pequeño estado junto a sus principales aliados.

El 5 de junio, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Egipto acusaron a Catar de promocionar el terrorismo y le impusieron una serie de sanciones diplomáticas y económicas, como el cierre de puertos, aeropuertos y fronteras.

Pero estas presiones, cuyo levantamiento está sujeto al cumplimiento de Catar de varios requisitos, entre ellos el cierre del canal Al Yazira y el fin del apoyo a grupos islamistas como los Hermanos Musulmanes, no han conseguido su efecto, aunque sí elevar más la tensión en el Golfo. 

La incertidumbre en la zona se disparó también cuando Hariri anunció el 4 de noviembre su dimisión desde Riad entre acusaciones a Irán y al movimiento chií libanés Hizbulá, aliado de Teherán.

A pesar de que Arabia Saudí y el propio Hariri negaron que su decisión se hubiera tomado bajo presión de los Saud, se señaló al reino como responsable de la dimisión y de querer forzar la caída del gobierno libanés, para perjudicar a Hizbulá, como parte de la lucha contra Irán. Sin embargo, la crisis llegó a su fin cuando el primer ministro libanés retiró su dimisión en Beirut, el 5 de diciembre.

El lanzamiento, justo un mes antes, por parte de los hutíes del Yemen de un misil balístico que fue interceptado antes de llegar a Riad, también desató la furia de MBS contra los rebeldes, contra quienes redobló los bombardeos e impuso un mayor bloqueo, y contra Irán, a quien acusó de estar detrás del lanzamiento y amenazó con declarar dicha acción como un acto de guerra.

Muchos analistas ven que esta tensión e incertidumbre continuarán, al menos mientras siga la lucha entre Riad y Teherán por imponer su hegemonía en la región y no concluya la carrera de MBS por asegurarse el trono.