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Al pie de un edificio de Raqa de fachada destrozada, un hombre hace croquetas de garbanzos triturados y las sumerge en aceite hirviendo. En la excapital de los yihadistas en Siria los habitantes pueden degustar de nuevo el legendario “falafel del rey”.

El antiguo bastión del grupo Estado Islámico (EI) en el norte de Siria intenta revivir desde que una coalición de combatientes kurdos y árabes lo reconquistaron a mediados de octubre con la ayuda de Estados Unidos.

“Hace casi 15 días que hemos reabierto”, afirma Amar Qasab, propietario de este pequeño restaurante del centro de una ciudad devastada por meses de combates y ataques aéreos, sin agua corriente ni electricidad.

Pese a las infraestructuras destruidas y al mar de minas colocadas por los yihadistas, cientos de familias regresaron a la ciudad para reconstruir sus casas.

“Mi alegría es indescriptible cuando veo a la gente volver a la ciudad y comer aquí de nuevo”, comenta entusiasmado Qasab, de 33 años. Vende -dice- unos 1,200 bocadillos diarios porque muchos habitantes todavía no tienen cocina.

‘Más bella que antes’ 

Hombres y mujeres esperan a la entrada del restaurante, toda una institución culinaria en Raqa desde hace 40 años, y que permaneció abierto cuando los yihadistas se apoderaron de la ciudad en 2014 hasta que hace un año cerró las puertas.

Detrás del mostrador, el propietario extiende sobre el pan el falafel humeante. Está compuesto de garbanzos triturados y lo acompaña de ensalada y tomates que riega con una deliciosa salsa de sésamo.

En la acera, cerca de montículos de escombros, se instalaron mesas y sillas para degustar el falafel.

“Cuando vine aquí por primera vez tenía 10 años”, cuenta Isa Ahmed Hasan sentado frente al restaurante. Su familia apreciaba mucho el local por su jardín. Este cincuentón de cabello canoso fue expulsado de Raqa por el EI hace dos años, como todos los kurdos.

“Mucha gente todavía no ha vuelto. Si Dios lo quiere la situación mejorará y Raqa será todavía más bella que antes”, afirma.

‘Grandes perdedores’ 

Entre tanto la ciudad busca algo de normalidad.

Una camioneta transporta cisternas de agua, algunos habitantes comienzan a reconstruir los muros con cemento y ladrillos, un vendedor de verduras propone tomates, coliflores y naranjas, y delante de la panadería se forman filas.

Pero la ira es palpable. “La situación es trágica, mi casa no es más que ruinas”, lamenta Abdel Sattar al Abid, de 39 años, dispuesto a reconstruirla.

“Arriesgué mi vida y entré sin prestar atención a las minas. Acabamos de empezar las obras”, explica, con un suspiro, este padre de seis hijos que acusa de inacción a las autoridades locales.

“Las cisternas nos traen agua, pero ni siquiera sabemos de dónde viene”, se desespera.

Imane al Faraj, de 40 años, regresó hace tres semanas. “Solo queda un cuarto, lo reparé y le puse una puerta, todos vivimos en él”, se queja esta madre de ocho niños.

Un poco más lejos, un puesto improvisado de carburante permite a los habitantes alimentar los calefactores.

“Somos los grandes perdedores de esta guerra”, afirma Ismail Amr, de 45 años, mirando desde su moto lo que queda de su casa.

“No nos queda más que destrucción, minas, hambre y pobreza. Nunca se reemplazará todo lo que hemos perdido”, se lamenta.