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Las calles de varios suburbios de Pekín han quedado desiertas, sus tiendas y bares con las persianas bajadas y las escuelas cerradas tras el desalojo de miles de migrantes por las autoridades chinas, que han reducido a escombros numerosos edificios alegando que no cumplían con la normativa.

La vida en el distrito de Daxing, en el sur de la capital, ha cambiado drásticamente en los últimos meses hasta convertirse en una especie de “barrio fantasma”, donde ahora predominan las montañas de desechos que han quedado tras los derribos masivos.

“El Gobierno nos ha echado a todos, no podemos seguir con nuestros negocios”, asegura a Efe Zhang (nombre ficticio para proteger su identidad) que, a sus 65 años, se ha quedado sin su peluquería, su única fuente de ingresos.

Hace un mes, cuenta, les obligaron a cerrar todos los establecimientos. “No son ilegales, porque tenemos licencias. Llevo aquí desde 1985”, asegura. Tras verse obligado a echar la persiana de su negocio, ahora vive como puede en su interior, donde este invierno --a diferencia de los anteriores-- no hay calefacción.

Todo empezó el pasado 18 de noviembre, cuando un incendio en un edificio residencial del barrio causó 19 muertos, ocho de ellos niños, debido a un fallo eléctrico.

Las autoridades lanzaron entonces una campaña para mejorar la seguridad de los inmuebles de la ciudad y sus suburbios, que acabó convirtiéndose en el desalojo masivo de miles de personas, muchas de ellas migrantes indocumentados. Aunque el inmueble calcinado todavía sigue en pie, gran parte de los edificios de su alrededor han sido arrasados por las máquinas excavadoras. “Esto antes era un fábrica de ropa, pero fue demolida en diciembre. Toda la gente que vivía ahí (la empresa tenía dormitorios para los trabajadores) se tuvo que ir”, dice Wang, otro vecino con nombre ficticio, señalando una pila de escombros.

Según cuenta a Efe, las familias locales afectadas se mudaron a otras zonas de Pekín, pero las migrantes tuvieron que regresar a sus provincias de origen. Este éxodo puede explicar que la población de Pekín bajara el año pasado en 22,000 personas hasta situarse en 21.7 millones, el primer descenso registrado en 17 años, según las recientes cifras divulgadas por las autoridades. Aunque no precisaron el número de migrantes que vive actualmente

en la capital, sí aseguraron que esta caída se debe a que las megaciudades como Pekín se han vuelto “menos atractivas” para ellos.

Sin embargo, muchos opinan que la llegada de trabajadores procedentes de otras provincias chinas se ha desacelerado, porque ya no son bienvenidos en la capital.

Aunque durante años ellos han sido clave para el crecimiento de la capital y ocupaban los puestos de trabajo más duros y peor remunerados, ahora China quiere limitar la población de Pekín a 23 millones a partir de 2020 con el objetivo de reducir su superpoblación y, en consecuencia, la contaminación del aire.

De hecho, el Gobierno planea crear una nueva zona económica, Xiongan, a 130 kilómetros al sur de Pekín, que buscará dar un respiro a la capital.

El control sobre los migrantes ya ha aumentado y agentes gubernamentales realizan en la actualidad inspecciones en las viviendas de la capital para comprobar si vive alguna persona que no esté registrada oficialmente.

Una residente, que prefiere guardar el anonimato, cuenta a Efe que hace unos días unos agentes se presentaron en su casa y, al ver que un familiar de otra provincia se encontraba allí, le pidieron sus datos e información sobre su estancia en Pekín. La situación que se vive en Daxing no es una excepción y se repite en otros suburbios de la capital como Changping (al norte), donde muchas personas han sido víctimas de los desalojos.

Wang recuerda aquellos días de caos. El Gobierno ofreció unos 100.000 yuanes (unos 12.700 euros) a cada familia como compensación por el desalojo. “Pero algunos no estuvieron de acuerdo y protestaron. Detuvieron a nueve personas durante un mes”, manifiesta. Aunque él no se ha visto afectado directamente por estas demoliciones, ahora tiene que desplazarse unos diez kilómetros para encontrar un supermercado abierto o una escuela a la que pueda ir su hijo. En estos “barrios fantasma”, los vecinos que quedan intentan seguir con sus vidas como pueden y esperan que la situación mejore porque, según les han dicho, van a construir nuevos edificios en los solares donde ahora se amontonan toneladas de escombros. “El Partido Comunista es irracional”, lamenta Zhang, sin trabajo, sin calefacción y sin unos guantes para soportar los catorce grados bajo cero de mínima que estos días registra la capital china.