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En el extranjero la infinidad de preguntas aflora, se multiplica, en particular, cuando la memoria apunta a la nostalgia por la patria lejana. Han pasado cinco años de ausencia del terruño, con viajes veraneros, ausencia al fin. La comunidad hispanoamericana de Pittsburgh ha compartido en la iglesia de Santa Catalina de Sienna, una Virgen Santísima de cada país del continente; cada Sagrada Madre con un manto distinto. Llamamos a esas diversas manifestaciones advocaciones marianas. Tanta diversidad expresiva no hace sino pensar en el impacto que produjo el Concilio Vaticano II. En cinco años he visitado parroquias de diferentes órdenes, arte sacro e imaginería religiosa, que celebran la última cena conservando rígidamente el ceremonial que todos conocemos, grosso modo: ritos iniciales, liturgia de la palabra, liturgia eucarística y ritos finales.

En tres años de preparación y conversión al catolicismo he participado de misas en español, inglés, portugués e italiano; curiosamente el padre realiza las lecturas en cada uno de los idiomas mencionados en ese orden; lee el Credo Niceno primero en español, luego en inglés y así sucesivamente con la intención de hacer asequible la palabra a la comunidad de feligreses extranjeros, casi como si estuviésemos en la Misa de Gallo Papal, donde cada petición se realiza en un idioma distinto. Ciertamente el  Vaticano II  fue un gran paso en las transformaciones que se cuentan de la iglesia Moderna. Ante esta riqueza expresiva, uno se pregunta por las instituciones educativas católicas: colegios, universidades, centros académicos.

Camino por la ciudad de Pittsburgh, es un invierno suave, Nicaragua hermosa y soberana viene a mí. Pienso en mis raíces, en el deber que implica la preservación de una cultura que por ser de un país en desarrollo debe enfrentarse a la discriminación por economías (salvedades) sin escrúpulos. Es decir, el hispano que preserva sus raíces en un medio hostil y reacio: xenófobo. Me pregunto cuánto de lo que soy se lo debo a mi familia y cuánto a mi educación. Recuerdo las palabras de un educador nicaragüense que conocí en el año 2011: “la educación es un triángulo en estrecha relación: familia, institución y profesor”. Los tres funcionan juntos, no están separados y conforman una trinitaria compacta y fuerte (o al menos así debería serlo).

Encuentro la relación, veo el sacrificio de mi familia, su apoyo incondicional en el arduo trabajo que fue educarme. Veo la laboriosidad y el trabajo de orfebrería de los profesores y religiosos nicaragüenses. Veo el alcance de la savia primigenia hasta la noche de hoy, enero 28, 2018. Estoy perpleja, contemplo la belleza de la indivisibilidad del alma: la sustancia, acaso cascada, catarata cristalina de agua de montaña pura, tal cual la reflejara en los luminosos remansos de los pasillos del colegio Pureza de María, Madre Alberta Giménez Adrover.

La veo en la fortaleza y disciplina de María Albertina Prudencia Ramírez Martínez, siempre viva en la tradición que con celo apostólico guardan las monjas del Colegio Cristo Rey.  La veo en la nobleza de San Juan Bautista La Salle, quien siendo noble, renunció a todo por educar en aquellos tiempos, a quienes más lo necesitaban. La veo en las acciones de los Santos. La veo en la corona y escudo que distingue a las insignias de estos colegios: es la Corona del Reino del Cristo: del Cristo de la Fe y de Jesús, el hombre. Así, los cristianos acudimos al llamado del Señor cuando la semilla del sembrador ha brotado en nosotros. Con esto quiero recordar que el cristianismo es inmenso y que son miles las órdenes que se entregan con devoción a la experiencia de la fe católica. Las órdenes religiosas que han dirigido mis años educativos coinciden en tres elementos sagrados y simbólicos: la corona, el escudo y el Reino.

Vivimos en tiempos extremos y desencantados en que se ha decaído en la dictadura de una secularidad atea, tal es la advertencia del arzobispo Angelo Amato; de ahí que recordar la presencia del Reino, del que somos parte, con el fervor con que la recuerda Pedro Casaldáliga, se hace imprescindible.

El Espíritu Santo me habla y me lee de los Evangelios Sinópticos: La parábola del sembrador (Mateo 13-1-9, Marcos 4:1-9 y Lucas 8:4-8). Pienso en mi semilla. Pienso en la Iglesia en Nicaragua y en sus instituciones educativas que gentilmente me formaron y me obsequiaron, lo digo con propiedad, los mejores años de mi vida. De esto pueden dar testimonio mis condiscípulos y condiscípulas de clase más cercanos y Madre Bernardita Roa Rayo de la Congregación de Religiosas Pureza de María.

Pregunto al cielo: ¿Puede florecer la semilla de una educación católica nicaragüense en Estados Unidos? ¿Cuáles son los obstáculos de dicha transición? Porque… nuestros valores son universales, se sostienen en cualquier parte del mundo, sin embargo, la pérdida de los viejos referentes como la pulpería de Doña Cata o los helados, pocicles o caritas de Doña Goya, la nostalgia por la patria y los seres amados allá radicados, son taras que el estudiante debe enfrentar en una cultura anglosajona cuya única ambición es consumir y consumir (salvedades).

Lo cierto es que la educación católica del estudiante católico se sostiene, sin importar el país y aunque se asista, por ejemplo, a una universidad secular, sea pública o privada, Dios siempre tiene un plan para su rebaño, sin importar dónde este se encuentre, y es deber de las instituciones apoyar el plan divino para sus ovejas.

¡Qué dilema!… ¿no? En medio de tanta variedad… ¿Cómo dar continuidad a lo hermoso de esa siembra? ¿Cómo hacerla crecer más en la virtud y la fe?

Es decir, sos educador carmelitano y un día se inscribe en tu curso un estudiante de un colegio o universidad franciscana. Ustedes me dirán, que no pasa nada porque somos lo mismo, y parte de verdad hay en eso, no obstante el que por experiencia ha pasado más de 15 años en las aulas de clase, como es mi caso, sabe que si bien hay una raíz única, cada orden cuenta con un distintivo que no oculta la paridad, armonía y simetría natural del alma. Encontrar ese átomo de equilibrio es duro. Veamos el siguiente caso:

Un día se aparece un alumno en el aula de clases y me dice: soy católico y japonés. Además profesora, mi educación es católica. Lo veo y me parece impensable porque además me habla de una orden religiosa desconocida cuya pronunciación me cuesta comprender. Lo veo meditando sus oraciones en los alrededores del o Byōdō-in. E insisto, me parece increíble.

Me sonrío por la alegría de recibir a un hermano, pero las lluvias de interrogantes son inevitables: ¿Es el catolicismo japonés igual al nicaragüense o al gringo? Ya no digamos las diferencias de orden a orden o de comunidad a comunidad que se aprecian con claridad en la Iglesia, pero que en el aula de clases, se vivencian de otra manera.

Surge la pregunta de nuevo: ¿Cómo desarrollar a esta maravilla del Creador que desde tierras lejanas se presenta ante mí y que además me habla de su tradición con entusiasmo? Enfatiza: “¡Con lo difícil que ha sido conservarla!”. ¿Cómo enseñarle para que en las diversas estaciones sus follajes reverdezcan de esperanza sin arrancarle sus raíces, hojitas y ramitas que ya trae y me muestra con orgullo; raíces, hojitas y ramitas que con tanto esfuerzo cultivaron  sacerdotes y monjas japonesas? ¿Cómo seguirlo cultivando sin que pierda esa pulcritud que ostenta y que yo le celebro asombrada del Poder del Señor?

Me digo, con las diferencias contextuales que un caso así implica: esto es como un sacerdote con treinta años de ser Carmelita; de repente, un día siente el llamado de San Francisco, y abraza y abrasa el franciscanismo. O un laico, que del Carmelo Seglar pasa a los Franciscanos Seglares. Medito, entonces, en los siete pilares de la espiritualidad católica.

Pittsburgh, Enero28-29, 2018.