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Hace seis años que Abu Jaled, su esposa y sus hijos viven en una tienda de campaña en medio del lodo. En la provincia rebelde de Idlib, la guerra que diezma Siria les ha obligado a cambiar de refugio cuatro veces.

“En cuanto nos instalamos, al cabo de un año, como mucho, los bombardeos llegan y cambiamos de lugar”, explica el septuagenario en un campamento de decenas de carpas improvisadas cerca de la localidad de Sarmada.

Más de un millón de sirios expulsados de su región natal se refugiaron en Idlib, uno de los últimos bastiones rebeldes en el noroeste de Siria, asolada desde 2011 por la guerra.

Estos desplazados, que huyeron de los combates entre el régimen de Bashar al Asad y los rebeldes o fueron evacuados de las localidades reconquistadas por las tropas gubernamentales, esperaban recobrar en Idlib un poco de normalidad. Pero los bombardeos los persiguen.

“Perdí mi casa y mis tierras. Me fui de casa con lo puesto”, afirma el hombre oriundo de la provincia aledaña de Hama. Una kufiya blanca lo protege del frío.

A su alrededor se ven tiendas de campaña hechas con plástico, mantas y sábanas. La suya fue destruida por las lluvias torrenciales y tuvo que instalarse en la de unos vecinos.

Una niña lava una cacerola en un charco de lodo. La gente resbala por el fango.

‘Día de lágrimas’

Idlib, de 2.5 millones de habitantes (casi la mitad desplazados) se encuentra bajo control de Hayat Tahrir al Sham, un grupo yihadista dominado por el exbrazo Al Qaida.

Esta es la provincia a la que el régimen envía los civiles y rebeldes cuando evacúa los bastiones de la oposición que reconquista después de asedios asfixiantes.

Abu Mohamed recuerda muy bien ese día de agosto de 2016 en el que tuvo que abandonar la localidad de Daraya, cerca de Damasco.

“Fue un día de lágrimas y sangre. Vas en un autobús y ves tu ciudad detrás”, cuenta este hombre barbudo y con un pañuelo atado a la cabeza.

Con su mujer, sus cinco hijas y su hijo llevaba un año en Idlib, en la localidad de Jerjenaz.

Y aunque Idlib es una de las cuatro zonas de distensión instauradas en Siria para obtener una tregua en los combates, el régimen lanzó el 25 de diciembre una nueva ofensiva para reconquistar el sudeste de la región.

“Los bombardeos se intensificaron, la gente hacía salir a sus mujeres e hijos. Dos cohetes y barriles de explosivos cayeron cerca de nuestra casa”, añade Abu Mohamed, de 48 años.

Desde hace más de un mes, la familia se refugió cerca de la ciudad de Idlib.

“Jerjenaz se había convertido en nuestra segunda casa, conocíamos a todo el mundo. Aquí no encontramos trabajo”, lamenta este exfuncionario.

13 meses, cinco casas

Marwa Taleb y Saleh Abu Qusai vivieron un éxodo similar. Son de Alepo, la segunda ciudad más importante de Siria. En poco más de un año se mudaron cinco veces y sus sucesivas casas fueron bombardeadas.

“¿Qué va a ser de mi hija? ¿Andará errante como nosotros o tendrá mejor vida?”, se pregunta la joven de 20 años, embarazada de ocho meses. Lo dice con lágrimas y la voz entrecortada por la emoción.

“En cuanto empezamos a instalarnos y a respirar (algo aliviados) hay más bombardeos, tenemos que recoger las cosas e irnos”, añade esta mujer tocada con un velo negro y blanco.

De su ciudad natal no queda casi nada. Solo un gorro de lana calcetado por Marwa, algunos libros y una estampa japonesa pegada a la pared del salón.

“La recogí entre los escombros de una casa destruida en Alepo”, cuenta Abu Qusai. Se casaron unas semanas antes de abandonar Alepo, en diciembre de 2016, cuando el régimen reconquistó los barrios bajo control rebelde.

“Dimos una última vuelta entre las ruinas y tomamos unas fotos”, añade la mujer. En su día una de ellas dio la vuelta al mundo. En ella se ve a la pareja de espaldas en medio de escombros mirando un grafiti que escribieron en un muro: “Volveremos, mi amor”.

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