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“La Vía Dolorosa juega un papel clave durante la Semana Santa. Los franciscanos la recorren en oración el Viernes Santo y acompañarlos nos ayuda a ver, a través de nuestros propios ojos, lo que Jesús vivió y nos prepara para caminar junto a él, sin importar los desafíos y dificultades que enfrentemos en nuestras vidas”, explica a Efe el franciscano de Tierra Santa, David Wathen.

Este religioso conoce como la palma de su mano la Vía Dolorosa, pues lleva más de una década haciendo de guía a cientos de feligreses estadounidenses que cruzan el océano Atlántico con el único objetivo de revivir los pasos de Cristo.

Con sus 14 estaciones, la consagrada vía serpentea por las estrechas y pedregosas callejuelas de la Ciudad Vieja, entre la diversidad de aromas y colores característicos del barrio árabe, revelando a los peregrinos los momentos narrados en los Evangelios o aquellos incorporados posteriormente durante el medievo.

“Puede ser que Jesús se cayera tres veces, aunque eso no aparece en las Escrituras, o que efectivamente se encontrara con su madre y con una mujer que le limpió la sangre de la cara con su velo, si bien eso tampoco está registrado”, reconoce el franciscano.

Wathen resta importancia a esos cinco episodios que no parecen estar basados en hechos bíblicos: “Nosotros aceptamos la Vía Dolorosa que nos ha llegado por tradición, promovida por los franciscanos a partir del siglo XIV y durante el XV, hasta que creció su popularidad y se extendió por todo el mundo”, explica.

A su juicio, no es tan relevante su veracidad histórica como su capacidad para hacer que los fieles se identifiquen con la pasión y el sufrimiento de Cristo.

“Rezando en la Vía Dolorosa podemos imaginar fácilmente lo que Jesús experimentó y de una forma espiritual unirnos a ese sufrimiento, además de recibir la fuerza y la gracia del Señor para vivir de acuerdo a las enseñanzas que nos dejaron sus ejemplos, como el de cargar la cruz”, afirma.

No solo durante la Semana Santa, cualquier día del año se repite la imagen en la que peregrinos, procedentes de cualquier parte del mundo, oran debajo de cada una de las placas circulares que en números romanos señalan las distintas estaciones.

A día de hoy, estas paradas sagradas para el cristianismo coinciden con edificios diversos dentro de la Ciudad Vieja -como escuelas, iglesias, conventos o capillas- donde Jesús fue juzgado, azotado o despojado de sus ropas, entre otros episodios bíblicos.

El actual itinerario de la Vía Dolorosa parte desde donde se hallaba la Fortaleza Antonia ­—hoy una escuela­— y en la que el gobernador romano Poncio Pilatos juzgó a Jesús ante las multitudes que exigían clamorosamente su muerte.

Y termina en la casi siempre llena basílica del Santo Sepulcro; el santuario cristiano más importante del mundo y donde se concentran las últimas cinco estaciones.

De las puertas de la basílica, cerradas por primera vez en la historia durante tres días consecutivos el pasado mes de febrero -debido a disputas fiscales con el Ayuntamiento- asoma la Hermana Teressina Marra, llegada desde Roma para pasar estos días de celebración en la ciudad tres veces santa.

“Se trata de un tiempo de rezo y de visita de los sitios que recorrió Jesús”, reconoce esta menuda monja italiana que, aunque no es la primera vez que visita Jerusalén, espera en esta ocasión tan especial poder renovar su “energía espiritual” para servir mejor a su “comunidad y a los más necesitados”.

“Mi fe crece viendo cuántas personas llegan con fe, esperanza y deseos de paz. A veces me siento cerca de la tumba (de Cristo) y simplemente contemplo cuántas son las personas que albergan fe, y eso alimenta la mía”, agrega mientras va dejando atrás, con pasos cortos, este lugar de culto.

Al igual que Marra, el religioso Wathen también entiende estas fechas como una oportunidad excepcional para que los fieles “enriquezcan su vida de fe” a través de la experiencia única de revivir el Vía Crucis.

“Me siento como un guía espiritual, alguien que enseña a los peregrinos qué hizo Jesús y dónde lo hizo, y que les lee las palabras que él mismo repitió en el sitio donde fueron dichas hace nada menos que 2,000 años”, concluye.

La Vía Dolorosa simboliza así el corazón de la Semana Santa jerosolimitana, llena de miles de fieles —con independencia de su etnia, cultura, idioma, etc.— que se congregan para resucitar espiritualmente la figura de Jesús el mismo día en que, según la tradición, fue “crucificado, muerto y sepultado”.