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Han experimentado satisfacción pero también decepción, tristeza. Estos dos últimos sentimientos se presentan cuando intentan salvar a alguien sin tener un buen resultado. 

María Oneyda Benavides, quien es una de las fundadoras de la Cruz Roja esteliana, recuerda un suceso en particular: cuando en el año 1979 un  joven guerrillero resultó herido de gravedad en un enfrentamiento armado con la Guardia Nacional y murió en el parqueo del hospital. 

“Aunque uno siempre guarda los principios de servicio, neutralidad y humanismo, entre otros que nos ha enseñado la Cruz Roja, el peligro en esos conflictos es grande”, acotó. 

Recuerda que en 1974, siendo una jovencita se integró a la Cruz Roja esteliana. Durante quince años trabajó para una empresa y cuando le tocaba hacer los turnos los cumplía a cabalidad.

Muchos cruzrojistas son voluntarios.

Al observar su disciplina y cumplimiento a las tareas encomendadas, las autoridades le propusieron que realizara primero haciendo turnos de oficialía en horas de la noche y posteriormente como auxiliar de la contabilidad.

Actualmente labora como auxiliar de registro del Banco Regional de Sangre, que es administrado ahora por el Ministerio de Salud, a la vez que cumple sus oficialías en periodos normales. En la Cruz Roja filial Estelí, la llaman la mamá.

El legado

Su hijo, Francisco Javier Cardoza Benavides, ha seguido sus pasos, y luego de prestar servicios como miembro de la  Dirección General de Bomberos se inició como colaborador de la Cruz Roja filial Estelí en el área de conducción de ambulancias. El padre de Pancho, como le dicen cariñosamente, fue un reconocido comandante de los socorristas voluntarios de Matagalpa y a nivel nacional.

Con el paso del tiempo María Oneyda se ha especializado, se graduó a mediados de la década de 1980 como socorrista. Es técnica superior en Contabilidad y Administración de Empresas. En su CV destacan medallas por su entrega. 

Otro tayacán de la Cruz Roja es el comandante departamental de los Socorristas Voluntarios es Sergio Gutiérrez Torres. Se integró como voluntario de la Cruz Roja en 1978. 

Para entonces este hombre de 1.7 metros de altura se integró a trabajar por siete años en el área de oficios varios en el hospital de Estelí, doctor Alejandro Dávila Bolaños, actualmente San Juan de Dios.

A sus más de 60 años es un guerrero del socorrismo. Luego de varios años de estudio teórico y práctico, en la década de 1980 se graduó como socorrista. 

Rememora que cuando se registró el huracán Mitch, en 1998, tuvo un accidente camino a Wiwilí, cuando se trasladaba para dejar víveres, desde entonces tiene afectaciones en la columna. 

Actualmente labora como guarda de seguridad para ayudarse económicamente, ya que afirma que ha sido “salado”, ya que pese a que ha cotizado al seguro social, son pocas las semanas que le aparecen y por ello está en vías de solicitar una pensión reducida por vejez. 

“Espero que me apoyen porque he dado toda mi vida a la causa social, y no es que reclame por lo dado, creo que es un derecho ganado”, afirma.

Otro luchador que como señala el Himno de la Cruz, dan sin esperar, es Owen Oliver Omier Pérez, un auxiliar de contabilidad, voluntario de la Cruz Roja desde finales de la década de 1980, y socorrista voluntario  desde 1990. 

Como colaborador de la benéfica entidad, realiza jornadas nocturnas dos veces por semana y los días sábado y domingo. Por ello recibe un viático, los demás días tiene que rifarse para llevar a cabo algún trabajo al que llama “rumbitos”.

Entre sus recuerdos tiene la hazaña de haber rescatado con vida a varios niños y dos adultos mayores que los arrastraba un río en una época de lluvia.

Otro que no se queda atrás es Luis Adolfo Rodríguez Centeno, de 44 años y actual conductor de vehículos en una institución pública.

Recuerda que desde muy pequeño tuvo amor por servir a los demás y fue así que junto a su hermano mayor Manuel, se integró como miembro de la Cruz Roja de la Juventud, un programa que acoge a niños mayores de diez años y adolescentes.  Luego si desean, se gradúan de socorristas o se quedan como voluntarios en los otros cuerpos.

Se integró en 1982, y recuerda que en el primer campamento de capacitación, lo tuvieron tres años después de su ingreso en el municipio de Río Blanco, donde logró obtener experiencias con otros cruzrojistas a nivel nacional.

De igual forma rememoró cuando en una crecida del río Estelí, ayudó para evitar que dos niños fuesen arrastrados, casi se los lleva la corriente. 

“Miramos la muerte de cerquita”, recordó.