Mauricio Miranda
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Las “bestias” están dormidas, detrás del muro que se erige como una fortaleza. Dos portones de hierro ardiente impiden el paso para llegar hasta ellas. Una camioneta de fabricación coreana con los vidrios arriba se acerca a la entrada, que está escoltada por dos guardas de seguridad. Uno de ellos --con la escopeta al hombro-- se encarga de soltar el pasador y de permitirle el ingreso. Mientras el automóvil se abre paso a través de la amplia boca de metal, un vaho de calor parece salir del interior del complejo donde las fábricas, las bestias, reposan bajo el sol violento de las dos y media de la tarde.

Doscientos pares de ojos observan con atención el ingreso del automotor. La imagen parece recrear una escena medieval, como cuando los campesinos y los labradores atestiguaban la llegada del soberano. Esta vez, agolpados unos contra otros, los doscientos trabajadores despedidos de la zona franca QSV Clothing --la mayoría mujeres--, sólo esperan del empresario, del amo de las fieras adormecidas, su pago de liquidación.

A esta hora, Charol María Meneses, de 22 años, estaría del otro lado del muro, sentada en su puesto bajo el techo de uno de los galerones, operando una máquina de coser, pegando el cuello a una camisa o haciendo los ruedos a un jeans, con mecánica precisión y magistral habilidad en sus manos, sin tiempo para quejarse del sopor y resistiendo las ganas de ir al baño, sofocada por cumplir su tarea de mil piezas de ropa trabajadas por día.

O bien estaría cubriendo el puesto de auxiliar, acomodando el material y recogiendo los desechos de tela que se les van acumulando a sus compañeros en las dos líneas de máquinas, o empacando las miles de prendas listas en cajas que serán enviadas a Estados Unidos, por pedidos de los clientes: JC Penney, Levis, Lee, Polo, Ralph Lauren o Gap. Mientras se protege del fogonazo aprovechando la sombra que hace el muro hacia este lado, y espera su turno para ser llamada, no deja de pensar dónde encontrará un nuevo empleo.

Todo un drama

Tuve la oportunidad de hablar con ella un poco más temprano ese miércoles 22 de abril. A la sombra de unos árboles y acomodados en dos sillas plásticas en la entrada de su casa, donde vive con su hija, su esposo --quien también trabaja en una empresa de zona franca-- y sus suegros, me contó que acababa de regresar de una conferencia de prensa convocada por el Movimiento “María Elena Cuadra” (MEC), que les garantizó que la firma coreana no se iría del país sin haberles pagado sus prestaciones de ley. “Lo que pasa es que querían irse sin cancelarnos, hasta que les hicimos el relajo en los medios, entonces, ya dijeron que nos iban a pagar”, comenta exaltada inclinándose hacia delante.

El caso de Charol es así: aprobó hasta el cuarto grado de primaria; Araceli Dayana, su hija de siete años, desde hace algún tiempo se tuvo que ajustar con 5 córdobas diarios para ir a la escuela, de manera que apenas le alcanza para comprar una repocheta, pero sin refresco; tiene dos pagos atrasados de 500 pesos en una tienda comercial, por lo que ya se resignó a que en cualquier momento toquen a su puerta para quitarle el televisor que está pagando desde enero del año pasado. “Y sólo me faltan tres mil pesos”, lamenta.

Está consciente de que está a punto de reducir sus alimentos a dos tiempos en el día; no recuerda la última vez que se estrenó una blusa; ha soportado por cuatro años --el tiempo que lleva trabajando en las maquilas-- las ya clásicas “asareadas” de sus ex jefes; y dice que estaría dispuesta a seguir tolerando los horarios de hasta 14 horas de trabajo diarias, el ruido perturbador de las máquinas y las restricciones para recibir tratamiento médico, si de nuevo encontrara ese puesto que le garantizaba los 1,200 córdobas quincenales que ganaba hasta hace poco. “No es que uno pierda su dignidad, pero aunque me estén tratando, allí tengo que estar, porque si no, ¿quién me va a dar de comer a mí y a mi hija?”, me pregunta.

Total incertidumbre

Si en algo se han puesto de acuerdo todos los actores vinculados al sector industrial textil del país, es que este año nadie sabe a qué atenerse. La crisis económica global, pero específicamente, la caída en la demanda de prendas de vestir en Estados Unidos, ya mandó a la calle en lo que va del año a 5,455 nicaragüenses, de acuerdo con el último informe levantado por el MEC, con base en el directorio oficial de empresas usuarias de la Corporación Nacional de Zonas Francas (CNZF).

Un funesto arranque, si se toma en cuenta que las autoridades económicas mundiales afirman que habrá apenas un tímido ajuste de la situación hasta a finales de 2009, sin la certeza de que se trate de una reversión positiva para el año próximo.

Según el mismo estudio levantado por el MEC, en el primer trimestre de 2009 Nicaragua acumuló 27,738 desempleados en la industria textil en los últimos años, dato muy por encima de los 18,000 empleos perdidos en Guatemala, los 10,200 en El Salvador, los 3,000 en Costa Rica y los 20,000 en Honduras, el otro gran perjudicado.

El otro grave detalle del adiós de las maquilas: la mayoría de estas personas que se verán sin esos ingresos por salarios mínimos --118 dólares al mes, el más bajo en Centroamérica, según la Comisión Económica para América Latina (Cepal)-- son las mujeres, jefas de familia, madres, hermanas y esposas, con un 65 por ciento, en el país. Si uno trata de ilustrar este panorama, bien podría tomar el caso de Charol y multiplicarlo por miles, en cada familia de cada barrio capitalino, en cada departamento y en cada municipio del país, donde las zonas francas se han convertido en la única salida para contrarrestar la desocupación, la pobreza, y, al final, la violencia misma, tal como ella misma dice: “Si todas las empresas cierran, va a haber más robadera, quitándole lo poco que tienen las demás personas”.

2008, el inicio del descalabro

El impacto sobre el crecimiento y el desarrollo económico que experimentó el país con la instalación de las empresas de este tipo, está demostrado en las cifras que lleva la CNZF.

La cantidad de parques industriales pasó de cinco, en 2000, a 32, en 2007; y en ese mismo lapso, el número de empleos directos aumentó de 37 mil a 87 mil; los indirectos de 111 mil a 262 mil; la población beneficiada aumentó de 740 mil a un millón 744 mil, y las exportaciones de 250 millones de dólares subieron a un mil 220 millones de dólares.

Pero es evidente que la tendencia está cambiando. De hecho, ya venía desmejorando desde mediados de 2006, cuando surgieron las primeras señales, casi imperceptibles, de la oleada de despidos masivos que hoy estamos viendo. Ese año cerraron Uno Garment’s S.A., Fortex Industrial S.A. y Nicamex S.A. El saldo de afectados llegó a 1,401.

En 2007, K.B. Manufacturing mandó a 450 nicaragüenses a la calle, Everly Limited a 366, y Mil Colores cobró la cifra de 498, para sumar 1,314. Pero fue 2008 el año crítico y el que terminó de despertar algunas conciencias de que el sector textil entraría en su peor crisis después de más de 16 años de auge productivo.

Sólo el Consorcio Nieng Hsing, con sus cinco fábricas instaladas en los complejos Saratoga en la Carretera Nueva a León, y Las Mercedes en la Carretera Norte, provocó el despido de 14,527 personas cuando oficializó su cierre durante el primer semestre. Faltaba el segundo semestre: Yu Jing, FYD, Koramsa, Janitex, Sinonica, Fashion & Design Nicaragua, Premier Textil, Dasol Textil No. 1 y Todo Bordado Nicaragua, completaron la lista negra con otros 5,041 desempleados. Total de cesantes: 19,568.

El otro calvario, la liquidación

Mientras avanzan los minutos, ya pasadas las tres y cuarto de la tarde, los despedidos, asoleados, comienzan a impacientarse. Un primer grupo de personas logró entrar, y desde aquí, desde el portón cerrado, se les ve haciendo fila. Entre ellos se encuentra Charol.

Alguien comenta que se están tardando demasiado allá adentro, y esto provoca otros lamentos y un par de críticas sobre el clima seco y las calles polvorientas. El resplandor del fogonazo en el suelo y el calor aplastante sobre nuestras cabezas nos tiene a todos con el ceño fruncido.

Tres mujeres, con sus respectivos niños, tratan de matar el tiempo, chileando, sentadas en sillas plásticas a la vista de los dos guardas de seguridad, como si hubieran sabido que la espera iba a ser así. Un eskimero, sin mucho entusiasmo, nos pone a todos en los oídos el tintineo de las campanillas de su carrito.

“Primero nos dijeron que íbamos de vacaciones”, relata Carolina Mejía, de 23 años, quien confiesa que se sintió sorprendida por esa “buena noticia” que dieron los dueños de la fábrica. “Pero después nos dijeron que estaban en quiebra”, añade. No tiene idea de cuánto puedan pagarle de liquidación, pero dice que a un muchacho le dieron por mes trabajado 400 córdobas.

Llegó hasta primer año de secundaria y no le gusta el trabajo de ama de casa, y así como el resto de sus compañeros, está consciente de que “la zona es lo único que nos queda”.

Magdalena Martínez tiene 30 años, dos hijos, y acaba de salir por el portón desde el interior de la fábrica, donde las máquinas duermen. No tiene muchos ánimos para hablar, pero comparte algunas reflexiones. “Primero Dios. Hay que tener fe en Dios. De lo que sea hay que trabajar, menos robar”. La pregunta es ¿qué hará si no encuentra un nuevo puesto en el sector de textiles, donde ya tiene seis años de laborar? “Buscaría trabajo de limpieza, lavar trastes, lo que sea. De algo hay que sobrevivir”, responde.

Una muchacha se acerca y le hace de señas que le entregue dinero. De mala gana, Magdalena saca del sobre de su pago un billete de 50 córdobas y se lo entrega a la joven. Se trata de Charol pidiéndole cuentas por un almuerzo de días pasados. “Señor, ni quiera Dios vos”, se queja Magdalena, mientras Charol le sostiene una sonrisa.

Otro grupo de personas se acomoda como puede frente a uno de los portones. Les toca cobrar. Charol en silencio se aparta y observa de nuevo el sobre con dinero que le entregaron. Recibió dos pagos: 660 córdobas por el último mes trabajado, y 1,270 en concepto de liquidación. --¿Y te alcanza para el pago del televisor?, le pregunto. “¡Qué va a ser! Yo ya sé que se lo van a llevar. Esto es para mí y para la niña hasta que vea qué hago”, responde, doblando de nuevo el sobre de papel.

Nos quedamos en silencio, viendo al resto de sus compañeros y a varios niños correteando. Un ruido de cadenas nos obliga a movernos. Es la camioneta coreana que sale de nuevo por el portón. Ella también aprovecha para despedirse. “Que le vaya bien, ya me voy”, me dice, y se aleja caminando rumbo a casa, bajo la sombra que produce sobre la calle el mismo muro infranqueable que ya no cruzará.