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Rafael Lara

Adolescentes, adultos y hasta niños arrancando adoquines para formar barricadas; protestantes ocultando sus rostros con camisetas, piedras lanzadas contra las fuerzas gubernamentales, el ardor en los ojos a causa de los gases lacrimógenos e incluso el silbar de las balas sobre la cabeza no era nuevo para mí.

A mis 51 años, esas imágenes revivieron mis memorias de 1979 cuando tenía 12. También la batalla universitaria por el 6% a inicios de la década de los noventa y las coberturas periodísticas de luchas sociales en la década del 2000. A pesar de esto, lo que esta vez sentí excepcional y me emocionó fue ver cómo se alzó una población que había permanecido literalmente dormida ante el Gobierno.

Entre lo vivido y ejerciendo el periodismo, algo que aprendí durante todo ese tiempo es no pensar que sos invulnerable porque estás haciendo tu trabajo. Todo lo contrario, se debe tener mayor cuidado en medio del actual conflicto, en el que más de 30 personas perdieron la vida y  el periodista también es un blanco.

De esta lucha social, las protestas protagonizadas por estudiantes de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) y de la Universidad Centroamericana (UCA), en la rotonda de Metrocentro y la Catedral Metropolitana, me dejaron dos grandes impresiones: la explosión de los morteros tras las puertas de la catedral con un centenar de universitarios desesperados, quienes tomaron valor cantando el Himno Nacional en el púlpito de la iglesia y la caída del primer “árbol de la vida”.​

Este símbolo del Gobierno se vino abajo después que en medio de explosiones y gases lacrimógenos, los jóvenes se turnaron para serrucharlo usando una pequeña sierra para metal. En dos horas concluyeron esa labor. Así el enorme armatoste metálico de una tonelada de peso, con bases de cuatro pulgadas de grosor y reforzadas, cayó rompiendo cables, saltando chispas y levantando el polvo del bulevar, mientras los protestantes brincaban y gritaban: ¡Sí se puede, sí se puede, sí se puede!, sin embargo, lo más hermoso fue ver la solidaridad entre los protestantes.

Una marcha ciudadana sin precedentes se registró el lunes 23 de abril. La misma fue convocada por el Consejo Superior de la Empresa Privada.

Cómo universitarios con piedras y morteros se enfrentaron a las fuerzas antimotines totalmente equipados; cómo los estudiantes de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de Managua formaron cuadrillas de primeros auxilios y de rescate, con el apoyo de bomberos que actuaron a manera personal, cómo la población llegaba en camionetas para darles víveres y medicinas.  Y todo esto fue un acto espontáneo, sin líderes y con el único interés de hacer un cambio en la sociedad.

"Los muertos no deben quedar en el olvido"

Humberto Galo

¿Recordás cuáles solían ser los temas que tratábamos de potenciar a través los titulares del periódico hasta antes del 16 de abril? Inversión extranjera directa, el país como un nuevo e importante destino turístico, índices sobre accidentalidad, femicidios, un nuevo campeón mundial de boxeo, por mencionar algunos de los que recuerdo. Todo eso pasó a segundo plano a partir de ese día.

Pongo de referencia esa fecha porque fue el día en el que el Gobierno dio a conocer una serie de reformas al Seguro Social, que a la postre serían el detonante para varios acontecimientos que sacudieron a nuestra adormecida sociedad y, que aún hoy, mientras escribo estas líneas me entristecen.

Entre el miércoles 18 de abril y el domingo 22 en diversos puntos de Nicaragua una serie de protestas violentas devinieron en la muerte de por lo menos 35 personas —cantidad confirmada que podría incrementar—, las víctimas en su mayoría fueron jóvenes universitarios, aunque hubo también chavalos estudiantes de secundaria.

Escuché a médicos decir afligidos que en los hospitales habían atendido a personas con heridas de bala en la cabeza.

En estos días, desde mi labor como periodista pude enterarme de primera mano de abusos cometidos por las autoridades y fuerzas de choque progubernamentales.

Familiares de las víctimas pidieron justicia en la calles, reclamando que los responsables de las muertes sean juzgados.   END

Recopilé testimonios de jóvenes que me narraron los vejámenes que sufrieron mientras eran arrestados. Miré llorar a las mamás que agradecían el poder abrazar a sus hijos de nuevo y he de confesar que hasta antes de la semana pasada, pensé que nunca iba a escribir un artículo periodístico en el que tendría que emplear la palabra “desaparecido”, algo que solo había leído en los viejos diarios de los años 70, cuando en el país vivía bajo una dictadura opresiva.

Vi también imágenes de colegas siendo golpeados y asaltados por fuerzas de choque. Hubo un colega muerto mientras realizaba su labor, Ángel Gahona. En un par de ocasiones—aunque en menor grado— también experimenté asedio por parte de las fuerzas simpatizantes del gobierno sandinista. La primera vez una camioneta estuvo siguiéndonos mientras cubríamos las acciones de estudiantes que “protegían” el campus de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua.

La segunda ocasión fue durante la cobertura que di a las protestas que se desarrollaban en el barrio Monimbó de Masaya, cuyos pobladores levantaban barricadas con adoquines. Observé la organización de la comunidad para proveerse de agua, alimentos y materiales explosivos, la única regla: prohibido grabar con celulares. El enfrentamiento entre los monimboseños y la policía se dio por espacio de tres horas en las inmediaciones del parque central y el mercado de artesanías, y a consecuencia de este choque hubo personas heridas de bala.

En esta cobertura una persona le tomó fotografías al equipo del diario, y permaneció moviéndose cerca de nosotros mientras estuvimos en la zona.

Miré algún rostro conocido pasar por las calles del barrio cargando su botín tras saquear alguna de las tiendas cercanas; también vi a comerciantes del mercado Oriental armarse con bates y machetes para defender sus negocios.

Desde mediados de abril Nicaragua empezó a cambiar. Ojalá pueda hacerse posible sin llegar a un conflicto mayor. Esos muertos no deben quedar en el olvido.

"Pedí que el fantasma de la guerra se alejara del país"

José Isaac Espinoza

Desde la 7:00 a.m. del viernes 20 de abril la Catedral Metropolitana de Managua se convirtió en el centro de acopio y asistencia médica de los jóvenes estudiantes que protestaron por las reformas al INSS en la avenida Universitaria y Upoli.

Estudiantes de Medicina y Enfermería de distintas facultades universitarias, con la cooperación de algunos médicos, se organizaron para dar asistencia a los heridos y para abastecerse de agua, vinagre, bicarbonato, vendas, alcohol, algodón, suero, entre otras cosas útiles para atender lesiones y lo hicieron con el apoyo del cardenal Leopoldo Brenes.

No era la primera vez que me encontraba entre estudiantes que, como dice la canción, “no se hacen los sordos ni mudos cuando llega el leño”. A finales de los 90 tiré piedras a los antimotines y corrí desesperado a refugiarme entre las paredes de la UCA. Pero esta vez fue distinto, no recuerdo un gesto tan espontáneo de hermandad como el de esos muchachos en la catedral y el de las personas que llegaban a pie o en vehículos con alimentos y productos para atender a los heridos. Me recordó un poco a la guerra y pedí a Dios que ese fantasma se alejara del país.

Era difícil no conmoverse, no tenía sentido resistirse. La joven periodista María José Martínez lloró al ver a los jóvenes, reconociendo el sentido de hermandad e identificándose con aquella sensación. Estábamos con el fotorreportero Melvin Vargas, quien abrazó a María José para darle ánimo sin decir una palabra.

Las bancas de la catedral servían como camillas, donde se recostaban a los heridos por balas de goma y a quienes habían sido afectados por los gases lacrimógenos.

Los estudiantes usaron los distintos accesos a la catedral para movilizarse, pero fue la entrada del costado oeste la que sirvió para introducir a los heridos en las protestas sostenidas en la avenida Universitaria y UNI el 20 de abril.

Los jóvenes atendidos en la catedral, después de ser revisados, según su estado de gravedad, eran trasladados en vehículos particulares a los centros médicos.

Mientras acopiaban los víveres se organizaron por grupos y decidían dirigirse a la Upoli con la asistencia, que incluía comida enlatada y paquetes de galletas.

Testigo de la violencia

Mauricio González

Eran las 4:30 p.m. del jueves 19 de abril de 2018 cuando se dijo que chavalos armados con lanza morteros y armas de fuego ingresaban por la parte de atrás de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), frente al estadio nacional de beisbol.

Entran lanzando piedras y morteros a diestra y siniestra a otros muchachos que se encuentran atrincherados dentro de la universidad, y que también tienen piedras y morteros. La única diferencia es que los que están adentro son estudiantes y pelean para que no se imponga una reforma al sistema de seguridad social que les quitaría más dinero a los trabajadores y a los mismos pensionados.

En cambio, los otros están acompañados por antimotines que les despejan el camino para que entren al recinto.

“Corran, la Juventud está adentro”, grita uno de los universitarios que resguarda la entrada. Los demás retroceden para escapar del ataque combinado de los antimotines y la Juventud Sandinista. Al instante se escuchan los gritos: “¡Médico!”, “¡Médico!”.

Al mismo tiempo otros advierten que los de la Juventud tienen armas de fuego y que están disparando a matar. Por miedo, nadie se atreve a auxiliar al joven que pide un médico. Poco a poco esta horda llamada “Juventud”, no calculo de cuántos, entra al recinto.

Entran lanzando piedras y morteros a diestra y siniestra a otros muchachos que se encuentran atrincherados dentro de la universidad. Orlando Valenzuela/END

Los estudiantes retroceden a pesar de que son más, pero lo hacen tirando morteros y piedras. Están cansados. Combatieron desde un día antes y esa tarde llevan 8 horas continuas peleando contra los antimotines, quienes les tiraban balas de goma y gases lacrimógenos.

Una hora antes de que entraran los de la Juventud a la UNI, estuve en el puesto médico que colocaron estudiantes de medicina y médicos graduados. Este se hallaba en la casa de los estudiantes internos, ubicada a 100 metros de la entrada por donde ingresaron las fuerzas de choque.

Los médicos voluntarios tenían todo tipo de medicamentos, pero les hacía falta una camilla. Cuando llegué atendían a un joven con una herida de bala de goma en la espalda. También había otros con impactos de bala de goma en el pecho y las piernas.

Uno de los médicos graduados me dijo que uno de los jóvenes no corrió con suerte y recibió un balazo de plomo en el pecho. “Lo atendí, la herida era grave. Lamentablemente cuando lo trasladábamos a una ambulancia falleció”, afirmó el doctor, quien también comentó que el muchacho no tenía identificación.

Minutos después se escucha el grito nuevamente: “¡Médico!” Muchos chavalos rodean un cuerpo ensangrentado, era un muchacho que recibió un disparo en la cabeza. Lo cargaron entre cinco pero no se lo aguantaban y lo botaron en dos ocasiones. En ese momento hizo falta la camilla.

Lo montaron a un carro y se lo llevaron. El paramédico que lo atendió dijo que su estado era reservado. Aún no sé si murió.

Los de la Juventud a su paso van destruyendo todo. Los estudiantes son replegados hasta ser arrinconados al otro extremo de la universidad, cerca de la pista Juan Pablo II.

Estudiantes universitarios y las fuerzas antimotines se efrentaron por varios días en las inmediaciones del estadio Denis Martínez. Orlando Valenzuela/END

Sus morteros y piedras no son suficientes para detener el avance de las fuerzas de choque. Resisten solo 15 minutos más después de que la Juventud entró.  Pero, finalmente, los muchachos no aguantaron y cruzaron la malla perimetral de la UNI, atemorizados por la certidumbre de que los otros tienen armas de fuego.

De esa manera la UNI fue tomada por la “Juventud”. Luego miraría los destrozos que hicieron dentro del recinto. El laboratorio de informática fue arrasado.​

Entre balas, morterazos y piedras

Uriel Velásquez

En poco más de dos años de carrera dando cobertura a todo tipo de eventos, jamás tuve tanto miedo como el viernes 20 de abril. Sabía que las protestas contra las reformas al Seguro Social serían intensas. Estaba ansioso por cubrirlas, creía estar listo, pero uno no se da cuenta de lo contrario hasta que está frente a las balas, morterazos, pedradas y gases lacrimógenos.

El periodismo es una carrera de riesgos, me repetían constantemente en la universidad. Ese día lo terminé de entender. A los 23 años uno piensa que lo puede controlar todo, que nada malo puede pasar y que de alguna manera la gente respeta a quien ejerce esta profesión.

A mediodía del viernes 20 de abril frente a la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) viví las horas más intensas de mi carrera hasta ahora. Desde temprano fui testigo de cómo decenas de jóvenes preparaban barricadas, pancartas y se armaban de piedras para repeler un posible ataque de las fuerzas antimotines. La hora llegó.

Los estudiantes se defendieron lanzando piedras y haciendo barricadas con adoquines, troncos, llantas y laminas de zinc.  Alejandro Sánchez/END

Cuando incontables patrullas repletas de antimotines se asomaron por la Avenida Universitaria empezó la acción justo cuando estaba detrás de la barricada que habían preparado los universitarios.

Formados en fila india, con escopetas en mano, los antimotines se formaron en la calle para tratar de dispersar la manifestación y empezaron a disparar.

Observé y escuché desde una esquina de la barricada todo lo que estaba pasando para tratar de escribirlo en mi teléfono y enviarlo a la redacción. En estas coberturas había tomado la decisión de no llevar nada más que mi teléfono y mi carné de periodista. Una libreta, un lápiz y una grabadora solo me hacían peso y atrasarían mi trabajo.

Los estudiantes perdían la batalla en la calle y decidieron atrincherarse en la UNI. Salí corriendo hacia uno de los callejones que está frente a la universidad para tratar de salir frente a la Academia Nicaragüense de la Danza, pero la zona estaba acordonada por policías que venían disparando contra los manifestantes.

Uno de ellos se paró frente a mí, cargó su arma y me apuntó. Creyó que era un estudiante. “Soy periodista, soy periodista, no dispare”, le grité mostrándole mi carné. Bajó su arma y siguió caminando.

En toda mi vida jamás alguien me había apuntado con un arma. Estaba temblando, me asusté como nunca. Sin embargo, el periodista debe canalizar sus emociones y no permitir que estas afecten el trabajo. Respiré, busqué a mi compañero fotógrafo y me quedé tras los antimotines filmando lo que sucedía. Al mismo riesgo me enfrenté el jueves 19 en la Upoli y el mismo viernes en los enfrentamientos en la catedral.

El periodismo es una carrera de riesgos, me repetían constantemente en la universidad. Alejandro Sánchez/END

Un homenaje

La muerte del colega blufileño Ángel Gahona me entristeció demasiado a mí y quiero pensar que a todo el gremio. Pudo haber pasado conmigo y con cualquier otro colega que se expuso de la misma manera.

Si hay algo que aprendí es que en medio de la tensión del trabajo, cuando nos esforzamos en hacer bien las cosas el resultado es palpable. La satisfacción que da ver tu trabajo en el periódico y cómo contar la historia de una persona puede impactar positivamente en su vida es gratificante. Buscar siempre la verdad, pese a los riesgos, cubrir todos los ángulos y desmentir lo que es falso es el mejor homenaje para Ángel, para nuestras familias y para Nicaragua.

Mi primera experiencia peligrosa

keysi García

No había transcurrido ni una hora desde que llegué a Ticuantepe, cuando los ánimos entre protestantes se empezaron a agitar. Recordé en ese momento cada una de las recomendaciones que me habían dicho los periodistas con experiencia: “Buscá un punto seguro”, “no te separés de tu compañero o compañera” y “nunca te quedés en medio de un enfrentamiento”.

Era el tercer día de manifestaciones y ya se habían registrado hechos violentos en todo el país. Por primera vez estuve en medio de un conflicto de esa magnitud y me dejó las lecciones más grandes en mi corta vida periodística.  

Los manifestantes utilizaron todo lo que encontraron para armar barricadas.

Pero lo más difícil en toda la experiencia de la crisis social desatada en las calles los últimos días, no fue controlar mis emociones y cumplir mi trabajo sin importar las condiciones. Definitivamente, lo peor fue estar tan cerca de cada una de las historias de los fallecidos y sus familias.​

No conocí a ninguno de los estudiantes, oficiales o pobladores que fallecieron en los disturbios, pero tener cercanía con los reportes me impactó a nivel personal.  

Un policía auxilia a un niño afectado por una de las protestas en Managua.

Tampoco conocí en persona a Ángel Gahona, un periodista que falleció en medio de un enfrentamiento durante las protestas ocurridas en este abril en Nicaragua, pero al ver su fotografía en las redes sociales pude verme a mí misma y a mis colegas, igual de jóvenes que yo y expuestos a los mismos riesgos en este tipo de situaciones.

Considero  que todas las experiencias en las coberturas aporta al crecimiento de los periodistas, pero en los 2 años que tengo en el ejercicio de la profesión, ninguna me había dejado tantas enseñanzas como la valentía de los chavalos que se levantaron en las protestas o la fuerza con la que una iniciativa que parecía insignificante, ahora está cambiando el rumbo de un país entero.