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En poco más de dos años de carrera dando cobertura a todo tipo de eventos, jamás tuve tanto miedo como el viernes 20 de abril. Sabía que las protestas contra las reformas al Seguro Social serían intensas. Estaba ansioso por cubrirlas, creía estar listo, pero uno no se da cuenta de lo contrario hasta que está frente a las balas, morterazos, pedradas y gases lacrimógenos.

El periodismo es una carrera de riesgos, me repetían constantemente en la universidad. Ese día lo terminé de entender. A los 23 años uno piensa que lo puede controlar todo, que nada malo puede pasar y que de alguna manera la gente respeta a quien ejerce esta profesión.

A mediodía del viernes 20 de abril frente a la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) viví las horas más intensas de mi carrera hasta ahora. Desde temprano fui testigo de cómo decenas de jóvenes preparaban barricadas, pancartas y se armaban de piedras para repeler un posible ataque de las fuerzas antimotines. La hora llegó.

Los estudiantes se defendieron lanzando piedras y haciendo barricadas con adoquines, troncos, llantas y laminas de zinc.  Alejandro Sánchez/END

Cuando incontables patrullas repletas de antimotines se asomaron por la Avenida Universitaria empezó la acción justo cuando estaba detrás de la barricada que habían preparado los universitarios.

Formados en fila india, con escopetas en mano, los antimotines se formaron en la calle para tratar de dispersar la manifestación y empezaron a disparar.

Observé y escuché desde una esquina de la barricada todo lo que estaba pasando para tratar de escribirlo en mi teléfono y enviarlo a la redacción. En estas coberturas había tomado la decisión de no llevar nada más que mi teléfono y mi carné de periodista. Una libreta, un lápiz y una grabadora solo me hacían peso y atrasarían mi trabajo.

Los estudiantes perdían la batalla en la calle y decidieron atrincherarse en la UNI. Salí corriendo hacia uno de los callejones que está frente a la universidad para tratar de salir frente a la Academia Nicaragüense de la Danza, pero la zona estaba acordonada por policías que venían disparando contra los manifestantes.

Uno de ellos se paró frente a mí, cargó su arma y me apuntó. Creyó que era un estudiante. “Soy periodista, soy periodista, no dispare”, le grité mostrándole mi carné. Bajó su arma y siguió caminando.

En toda mi vida jamás alguien me había apuntado con un arma. Estaba temblando, me asusté como nunca. Sin embargo, el periodista debe canalizar sus emociones y no permitir que estas afecten el trabajo. Respiré, busqué a mi compañero fotógrafo y me quedé tras los antimotines filmando lo que sucedía. Al mismo riesgo me enfrenté el jueves 19 en la Upoli y el mismo viernes en los enfrentamientos en la catedral.

El periodismo es una carrera de riesgos, me repetían constantemente en la universidad. Alejandro Sánchez/END

Un homenaje

La muerte del colega blufileño Ángel Gahona me entristeció demasiado a mí y quiero pensar que a todo el gremio. Pudo haber pasado conmigo y con cualquier otro colega que se expuso de la misma manera.

Si hay algo que aprendí es que en medio de la tensión del trabajo, cuando nos esforzamos en hacer bien las cosas el resultado es palpable. La satisfacción que da ver tu trabajo en el periódico y cómo contar la historia de una persona puede impactar positivamente en su vida es gratificante. Buscar siempre la verdad, pese a los riesgos, cubrir todos los ángulos y desmentir lo que es falso es el mejor homenaje para Ángel, para nuestras familias y para Nicaragua.