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No había transcurrido ni una hora desde que llegué a Ticuantepe, cuando los ánimos entre protestantes se empezaron a agitar. Recordé en ese momento cada una de las recomendaciones que me habían dicho los periodistas con experiencia: “Buscá un punto seguro”, “no te separés de tu compañero o compañera” y “nunca te quedés en medio de un enfrentamiento”.

Era el tercer día de manifestaciones y ya se habían registrado hechos violentos en todo el país. Por primera vez estuve en medio de un conflicto de esa magnitud y me dejó las lecciones más grandes en mi corta vida periodística.  

Los manifestantes utilizaron todo lo que encontraron para armar barricadas.

Pero lo más difícil en toda la experiencia de la crisis social desatada en las calles los últimos días, no fue controlar mis emociones y cumplir mi trabajo sin importar las condiciones. Definitivamente, lo peor fue estar tan cerca de cada una de las historias de los fallecidos y sus familias.​

No conocí a ninguno de los estudiantes, oficiales o pobladores que fallecieron en los disturbios, pero tener cercanía con los reportes me impactó a nivel personal.  

Un policía auxilia a un niño afectado por una de las protestas en Managua.

Tampoco conocí en persona a Ángel Gahona, un periodista que falleció en medio de un enfrentamiento durante las protestas ocurridas en este abril en Nicaragua, pero al ver su fotografía en las redes sociales pude verme a mí misma y a mis colegas, igual de jóvenes que yo y expuestos a los mismos riesgos en este tipo de situaciones.

Considero  que todas las experiencias en las coberturas aporta al crecimiento de los periodistas, pero en los 2 años que tengo en el ejercicio de la profesión, ninguna me había dejado tantas enseñanzas como la valentía de los chavalos que se levantaron en las protestas o la fuerza con la que una iniciativa que parecía insignificante, ahora está cambiando el rumbo de un país entero.