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En el hospital Adão Pereira Nunes, en los suburbios de Río de Janeiro, existen dos siglas con las que los médicos identifican a sus pacientes: PAB (perforado por arma blanca) y PAF (perforado por arma de fuego).

“Llegó un PAF”, avisa un doctor a otro. Y una ambulancia se detiene en la puerta. De ella, los médicos bajan a un hombre: rodilla ensangrentada, mirada perdida y manos esposadas. Inmediatamente después llega la Policía.

Es viernes y es el décimo herido de bala del día. El hospital se sitúa en el municipio de Duque de Caxias, zona “caliente” de Río, cerca de la favela de Beira Mar y de los barrios de Belford Roxo, São Joao de Meriti y Magé, en donde la violencia arrecia.

El Adão Pereira Nunes es un hospital de traumatología y emergencias. “Acá no atendemos dolores de cabeza”, dice a DPA el doctor Fernando Pedrosa, jefe de guardia. En 2017 llegaron aquí 785 personas con heridas de bala, más de dos por día, el número más alto de Río de Janeiro.

“Hay gente que se enoja cuando hablamos de ‘hospital de guerra’, pero, ¿cómo hay que llamar a un hospital que un sábado puede atender a 15 baleados?”, se pregunta un médico que prefiere no decir su nombre.

El cirujano Thyago Pereira no lo duda: “Por el tipo de heridas que tratamos, esto es como Irak o Afganistán. En Río, lo que no faltan son armas de guerra: fusiles, ametralladoras...”.

Y agrega: “Por fuera de las zonas de conflicto armado abierto, el

promedio de heridos por armas que atendemos debe ser el más alto del mundo”.

La espiral de violencia que azota a Río desde hace varios años cada vez se torna más incontrolable. Algunos diarios locales ya incorporaron a sus páginas la sección “Guerra”. Y existe una aplicación de celular, llamada “Fuego Cruzado”, que avisa en tiempo real de los tiroteos, para que la gente evite las zonas de riesgo.

1,502 tiroteos en un mes

Las bandas de narcotraficantes controlan muchas favelas de la ciudad, y se pelean entre ellas y contra la fuerza pública. La Policía y el Ejército combaten a los delincuentes, pero, en su lucha, cometen muchos excesos. Y los grupos paramilitares, a su vez, se disputan los territorios, los negocios ilegales y atemorizan a la población.

Durante 2017 hubo 1,227 muertos en Río a manos de la Policía (el 90%, negros y mestizos). A su vez, en lo que va de este año ya fueron asesinados 51 agentes. La app “Fuego Cruzado” registró 1,502 tiroteos entre el 16 de marzo y el 16 de abril.

Y en medio de semejante cóctel de violencia, fratricida y despiadada, los hospitales deben adaptarse a lo que les exige la situación.

Antes de trabajar aquí, el doctor Pedrosa sirvió en el Ejército. 

Formó parte de la misión brasileña en Haití e hizo un curso en Israel, que hoy le sirve mucho para su rutina: “Cirugía en heridos de arma de fuego”.

“A veces, la gente piensa que si la bala se aloja en el cuerpo es peor. Pero no siempre es así: si quedó, tal vez es porque llegó con poca fuerza. Lo más difícil es cuando entra y sale porque significa que, en su camino, hizo mucho daño. Por eso, suele ser mejor empezar la operación por el orificio de salida y no por el de entrada”, explica.

En su celular, tiene videos y fotos de las cirugías más impactantes. “A este le explotaron dos granadas en la cintura”, dice, y muestra una imagen que a cualquier persona no acostumbrada le provocaría meses sin dormir. “Lo más difícil, de todas formas, es cuando llegan muchos al mismo tiempo”.

“Yo no pregunto por la historia anterior ni por los motivos por los que llegaron. Soy médico y mi deber es salvar vidas, pero no tenemos todos los recursos y cuando hay que atender a muchas personas al mismo tiempo, a veces, aunque cueste, hay que tomar decisiones. Si hay dos muy mal y quiero salvar a los dos al mismo tiempo, es probable que no pueda salvar a ninguno...” 

Sin preguntas

¿Y si fueran un criminal y un inocente?

“No podemos tener esa lógica de pensamiento. Nuestra evaluación debe ser solo médica”, responde. 

Los médicos del hospital que más heridos de bala atiende en Río deben saber lidiar con este tipo de situaciones. Agentes de la Policía entran constantemente al recinto y los fusiles y las pistolas forman parte del “paisaje”, tanto como los bisturíes y estetoscopios.

El nosocomio, muy bien equipado, cuenta con varias salas de cirugía e incluso con una maternidad. Una sección llamada “Camilla Cero” debe mantenerse siempre vacía: en el caso de que llegue un paciente muy grave, se lo debe operar ahí mismo, sin más.

“Los peores días son los viernes y sábados a la noche”, explica Beatriz, empleada del hospital: “Hay muchas fiestas y suele haber violencia y accidentes”. “Cuando llueve y hace frío, por el contrario, todo está más calmo, porque la gente se queda en sus casas”.

Se hace de madrugada y llega una nueva ambulancia. Se abren las puertas y los médicos se preparan para otra intervención. Lejos de las playas, el samba y los carnavales, los hospitales de Río confirman que la “ciudad maravillosa” se está convirtiendo, a un ritmo muy acelerado, en una “ciudad en guerra”.