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Frederik, nombre ficticio, tenía 70 años la primera vez que Hans Glück lo visitó en la residencia de ancianos en la que vive. “Tomamos café, dimos un paseo y después fuimos a su habitación. Nos tumbamos en la cama, dejamos que las manos tocasen la piel desnuda del otro y jugamos un poco, eso fue todo”, cuenta Glück, asistente sexual.

A sus 64 años, este alemán cumple con los deseos sexuales de ancianos y personas con discapacidad a cambio de dinero. En la potencia europea, la seguridad social no cubre este tipo de “terapias”, tal y como informan desde el Ministerio de Sanidad. “Ese tipo de servicio no se incluye en la atención básica ni en los tratamientos”, precisa un portavoz. 

Sin embargo, en las residencias para mayores se muestran muy abiertos a incorporarlos y agradecen el apoyo profesional, comenta Gabriele Paulsen. Esta asesora de empresas que operan en el ámbito de la salud, gestiona una página web en la que pone en contacto a personas de la tercera edad con asistentes sexuales. “Recibimos nuevas peticiones a diario”, explica. 

Para muchos abuelos, el sexo a una edad avanzada ha dejado de ser un tabú, de ahí que muchos cuidadores de centros de mayores se sientan abrumados por las necesidades sexuales de las personas a las que atienden. 

Frederik desarrolló un comportamiento más sosegado después de mantener un par de encuentros íntimos con Hans Glück. “Nunca se había casado, siempre se ocultó, siempre tuvo miedo. Fue criado en la idea de que ser homosexual era repugnante”, cuenta Glück. 

Su desinhibición llegó en el mismo momento en que le fue detectada una demencia. Ahí fue cuando, de repente, empezó a coquetear con los enfermeros. El personal del asilo empezó a buscar soluciones y fue así como finalmente contactaron con Glück, un asistente sexual con cinco años de experiencia que antes se desempeñó como viajante, representante de seguros y pedagogo con personas con discapacidad. 

“Lamentablemente, a día de hoy, todavía se mantiene la idea de que a una edad avanzada el sexo ya no juega un papel importante”, apunta Harald Stumpe, investigador del Instituto de Ciencias Sexuales Aplicadas de la Universidad de Merseburgo, en el este de Alemania. 

Sexualidad cambia, no desaparece

“Pero, aunque la sexualidad cambia con la edad, no desaparece. Que la gente no pueda colmar sus necesidades sexuales supone un riesgo para la salud. Por eso no es casualidad que la Organización Mundial de la Salud (OMS) haya acuñado el término ‘salud social’ hace ya muchos años”, agrega. La “salud social” incluye el efecto que tiene el entorno del individuo sobre su bienestar. 

En opinión de este experto, la posibilidad de mantener “experiencias sexuales placenteras, seguras y sin ser sometido a coacción, hacen sentir a uno saludable”. 

“En el caso de personas mayores se trata más de entrar en contacto con la piel, de tener la sensación de una persona” cercana, sostiene Glück, quien no descarta ir más allá del mero roce y mantener relaciones sexuales con sus clientes. 

Esta es una línea que, sin embargo, no está dispuesta a traspasar Elisabeth Reuther. En el catálogo de servicios de esta asistente sexual de Hamburgo no figuran ni los besos en la boca ni el coito. Su labor se centra en la cercanía y en los tocamientos eróticos. 

“Quería hacer algo bueno por aquellas personas que cuentan con posibilidades limitadas”, asegura esta acompañante sexual que lleva en el negocio cuatro años y que, cumplidos los sesenta años, tiene una cartera de 25 clientes, parte de ellos discapacitados y otra parte ancianos. 

90% de clientes son hombres

“El 90 por ciento de nuestros clientes son hombres aunque esperamos que esto cambie poco a poco”, relata Paulsen. El desequilibrio se debe a que la mayoría de las mujeres que viven en una residencia de ancianos se educaron en un tiempo en el que no estaba bien visto que el género femenino expresase abiertamente sus deseos sexuales.

Superar la vergüenza no constituye el único escollo para acceder a los servicios de un asistente sexual. También es necesario disponer de capacidad económica. Una hora con Glück cuesta 150 euros (180 dólares), con Reuther la cuenta asciende a 250 euros. “Yo me tomo tiempo todo un día. Los encuentros duran normalmente más de una hora”, se justifica.

La reacción, tanto de los clientes como de su entorno, es positiva, según relatan. “Esta profesión tiene un alto componente físico. Por ejemplo, debes poder levantar a una persona y debes partir de la base de que babea, de que es desagradable a la vista y de que no puede controlar sus esfínteres”, dice Reuther. 

El investigador de la Universidad de Merseburgo Harald Stumpe conmina a las residencias de mayores a cambiar el chip. “Se debe buscar la manera de que la gente mayor también pueda dar rienda suelta a sus necesidades sexuales de una forma digna”, recalca. “Imagínese que está solo y anhela un poco de cariño protector”, formula Glück. “Entonces es realmente bonito que alguien venga y diga: me echo aquí un poco contigo”, concluye.