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En una pintura una mujer lanza un corazón por encima del muro que divide a México de Estados Unidos, y al otro lado tres jóvenes lo reciben. Las obras de Emma Sánchez reflejan de manera sobrecogedora el drama que viven las madres mexicanas deportadas que han dejado hijos al otro lado de la frontera.

Las imágenes están inspiradas en su familia, separada tras su deportación, y representan la tragedia que viven miles de madres e hijos.

Emma es una de las integrantes de Madres Soñadoras, un colectivo de mujeres que han sido expulsadas de Estados Unidos y que por ello han quedado distanciadas de sus hijos, que tienen ciudadanía estadounidense o son “dreamers”.

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“Es muy difícil mantener a la familia unida”, reflexiona en su casa de la ciudad de Tijuana, a unos kilómetros de la línea fronteriza.

Esta mexicana nacida en Michoacán recuerda cómo, hace doce años, se le prohibió regresar en una década a EE. UU., por haber entrado al país indocumentada.

En el país vecino fue donde conoció a su marido, de nacionalidad estadounidense y con quien se tenía que comunicar a través de un traductor. Tuvieron tres hijos, que ahora tienen 16, 15 y 12 años.

Leyes crueles

Cuando el niño más pequeño apenas tenía dos meses, Emma tuvo que salir del país. Sus hijos, en un principio, se quedaron a su lado en México, pero más tarde su esposo y ella decidieron que, en cuanto cumplieran 5 años, estos debían pasar a EE. UU., donde podían recibir mejor asistencia sanitaria y educación.

“Me parece que hay leyes muy crueles, demasiado estrictas, que no protegen a los niños. Los congresistas deberían hacer algo al respecto, ver que todos los casos no merecen estos castigos”, relata a Efe.

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Y matiza que, en realidad, ella no lo llama “castigo”, sino “tortura sicológica”: “Porque es lo que ha sido para mí, una tortura diaria”.

Su familia vive en Vista (California) y normalmente atraviesa el paso fronterizo cada semana para verla; su esposo hacía antes con más frecuencia este trayecto, pero bajó el ritmo después de someterse a una cirugía de corazón abierto hace unos años.

Convencer a hijos

Emma comenta que una de las cosas más duras fue hacerle entender a su hijo pequeño que el hecho de tener a su familia separada no es algo “normal”.

Para ayudar a sus hijos a interiorizar lo que estaba ocurriendo, Emma les escribía historias --una de las cuales ha sido publicada--, en las que ellos se convertían en “príncipes que vivían en otro país”.

Entre las instantáneas y recuerdos que guarda en su hogar, señala la fotografía del día de su boda mexicana, en 2015. Fue una ceremonia simbólica que su familia celebró al lado de la valla fronteriza de playas de Tijuana.

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“Fue una forma de demostrar que el amor no tiene fronteras y hacer un llamado a las autoridades de que es un muro que separa familias, pero no el sentimiento”, clama Emma, quien ya está inmersa en un trámite que --espera-- le permitirá regresar legalmente.

En otro caso semejante, Esther Morales, del estado sureño de Oaxaca, llegó a EE. UU. en 1989. Entonces, relata, era fácil pasar al otro lado cruzando los cerros.

En el caso de que te agarraran, en migración solo te hacían poner tu huella y te echaban: “Y al otro día lográbamos pasar y ya nos quedábamos en EE. UU.”, señala.

Su última deportación --de las nueve que llegó a acumular-- se dio en 2010. En ese momento, no quiso volver a arriesgarse y comenzó a trabajar en una tamalería de Tijuana.

Vivir en la frontera

La decisión de quedarse en la urbe fronteriza vino porque, de esta forma, no se alejaba de su hija, de 23 años, que se quedó en Los Ángeles. “Es más fácil verla, Oaxaca está muy lejos”, apunta.

“Ella no quería estar acá. Entonces yo pensé: ¿Para qué le voy a cortar las alas? (...) me dolió mucho mi corazón y la dejé ir, y ahora está terminando su carrera, está súper bien”, explica Esther, a quien su trabajo como cocinera le ha servido como “terapia”.

Reconoce que en el grupo de las Madres Soñadoras ha visto casos más “duros” que el suyo, como los de aquellas madres que no pueden ver nunca a sus hijos, pero no por ello puede “dejar de sentir tristeza”.

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Después de ocho años en México, no guarda esperanzas de volver a EE. UU. Si hay madres que les es difícil regresar y “no hicieron nada malo” --argumenta-- “yo que tengo nueve deportaciones... hay que ser realistas, hay que ver las cosas como son”.

Esther enseña un cuadro que cuelga en su casa y que está lleno de fotos de su hija, Elisa, de niña y adolescente.

La más reciente es una imagen del año pasado que muestra a Elisa con su novio de visita en Tijuana. La cocinera se muestra molesta con algunas personas que “no quieren ver más allá de su felicidad” y no quieren darse cuenta de la magnitud que abarca el problema de las separaciones familiares.

“Es algo que existe, es algo que estamos viendo”, dice aferrada a las fotografías, antes de agregar que el amor entre madres e hijos no se puede romper y que “no hay muro que pueda con ello”.