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 El Chipote, una tétrica cárcel en lo alto de la Loma de Tiscapa, en Managua, produce escalofríos y pesadillas en Nicaragua. Fue uno de los principales centros de tortura de la dictadura somocista.

Hoy, cuarenta años después, sus celdas encierran a los nietos de la revolución sandinista.

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Jazel Henríquez no puede contener las lágrimas. Un furgón de la Policía Nacional se presentó hace días en su casa, en un barrio meridional de Managua, y se llevó de manera violenta a su marido.

El complejo policial fue construido por el primer Somoza. EFE\END

Ella se subió en el auto de un vecino y les siguió hasta El Chipote.

Desde entonces, hace guardia frente a la verja desvencijada del penal a la espera de noticias.

“No me confirman si está aquí, aunque yo les vi entrar. Nosotros somos gente de paz, de la Iglesia, el único delito que hemos cometido es haber ido a la manifestación de las madres (celebrada el pasado 30 de mayo en apoyo a las madres de los jóvenes muertos en las protestas). Yo quiero que me lo entreguen sano, aquí están encerrados como ratas”, denuncia a Acan-Efe. A mitad de mañana aparece corriendo por la cuesta un hombre rollizo, de aspecto humilde, que agita la foto de un chavalo y que no para de gritar: “¡Se lo acaban de llevar, se lo acaban de llevar unos encapuchados!”.

El hombre alcanza la valla y les pregunta jadeante a los agentes que custodian el penal si han visto a su hijo, Kevin Moisés Chamorro, pero apenas le miran a la cara.

Difícil contabilizar 

Es la desesperación hecha persona y una escena que se repite a diario en esta cárcel policial, oficialmente conocida como la Dirección de Auxilio Judicial, donde han sido recluidos la mayoría de los detenidos en las protestas antigubernamentales que azotan el país desde el 18 de abril y que piden la renuncia del presidente, Daniel Ortega, y su esposa y vicepresidenta, Rosario Murillo.

 El Chipote, una tétrica cárcel en lo alto de la Loma de Tiscapa, en Managua. EFE/END

“Es difícil precisar cuántos detenidos han pasado por aquí porque no hay información oficial. La mayor oleada de detenciones se dio en abril, aunque estos días han llegado decenas tras los choques en el oriente de Managua y Jinotepe”, explica a Acan-Efe Juan Carlos Arce, abogado del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh), una de las organizaciones más importantes del país. El centro policial lleva décadas en el punto de mira de las asociaciones de derechos humanos por sus duras condiciones de reclusión, pero los Gobiernos que se sucedieron tras el fin de la dictadura somocista en 1979 hicieron oídos sordos a las múltiples peticiones de cierre.

Un equipo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) recorrió el penal el pasado mes de mayo durante una visita al país y certificó que “no reúne los estándares mínimos y el solo encierro constituye una forma de trato cruel, inhumano y degradante”, tal y como explicó en un correo electrónico a Acan-Efe el secretario del organismo, Paulo Abrão. Hasta que estallaron las protestas, El Chipote se usó principalmente para encerrar a personas vinculadas al narcotráfico y al crimen organizado, pero también para amedrentar a “blancos del Gobierno”, según el Cenidh.

Historia de sangre

 “Yo estuve en 2014 en unas celdas superficiales, muy pequeñas, en las que solo puedes estar de pie o de cuclillas”, recuerda Arce, quien participó hace cuatro años en un movimiento denominado “OcupaINSS” a favor de un aumento de las pensiones y que se considera el germen de las actuales protestas, en las que ya han muerto al menos 148 personas. La historia de El Chipote está bañada en sangre y ligada a los capítulos más oscuros de la dictadura somocista.

El complejo policial fue construido por el primer Somoza, pero se hizo especialmente famoso en los años previos al triunfo de la revolución, cuando desfilaron por allí decenas de sandinistas, entre ellos el propio presidente, Daniel Ortega, o Tomás Borge, quien escribió allí la célebre poesía “Mi venganza personal”. “Esta gente fueron héroes, pero la mayoría de ellos se han convertido en infames”, afirma Verónica López, cuya hija Katherine estuvo varios días recluida en El Chipote y ahora se encuentra escondida en la casa de un familiar por miedo, dice, a que le encuentren las llamadas “turbas sandinistas”, los simpatizantes gubernamentales. “Los chavalos tienen razón cuando cantan que Ortega y Somoza son la misma cosa”, añade.

Familiares de detenidos a las afueras de El Chipote. EFE\END

Las celdas

Algunos de los numerosos jóvenes que han caído presos desde que iniciaron las protestas, han relatado no solo la forma en que son torturados en El Chipote, sino las condiciones infrahumanas de las celdas. Según los testigos, las celdas de El Chipote miden unos tres metros de ancho por tres de largo. En la parte superior de la puerta hay una bujía de baja intensidad. 

Se trata de una celda con literas de concreto y un tubo de donde sale el agua. No hay baño higiénico, el sitio destinado para las necesidades fisiológicas es un agujero en el piso de donde brotaba un olor insoportable que difícilmente deja dormir al recluso. En las celdas de El Chipote no se sabe cuándo es de día y cuándo es de noche. Jorge Marcelino Cáceres, un joven que estuvo detenido hace poco en El Chipote, dijo que en varias ocasiones pensó en la muerte.  “Uno se pone a pensar que lo van a matar y va a aparecer muerto en algún cauce o una carretera. No se puede dormir sabiendo que estás en El Chipote. Hay ansiedad, temor y angustia. Es una impresión fuerte llegar a estar en una celda de esas”, confiesa. Aunque fue detenido ilegalmente, la Policía no le permitió a este joven universitario comunicarse con su familia. Cuando los amigos con los que había llegado a la manifestación no lograban encontrarlo, pensaron que estaba herido. En redes sociales circuló una fotografía de un joven herido de bala en el e
stómago parecido a Jorge Marcelino. Pensaron que se trataba de él y le avisaron a su papá. Miguel Ángel Cáceres, su papá, lo buscó junto a sus amigos en hospitales, sin tener respuesta. Al no encontrarlo decidieron ir a El Chipote, donde les confirmaron que estaba detenido solo por participar en las protestas estudiantiles.

“Sentí un alivio enorme porque cuando me dijeron que podría estar herido, pensé en lo peor”, recuerda Miguel Ángel.

Al día siguiente, el martes, por la mediación de la Iglesia Católica, Jorge Marcelino Cáceres fue liberado junto a 21 estudiantes y civiles que habían sido detenidos el día anterior. Todos fueron llevados a la Catedral de Managua para reencontrarse con su familia.

El reencuentro, Miguel Ángel lo recuerda con lágrimas, pero se siente orgulloso de la valentía de su hijo por el amor a la patria.

“Haber decidido ir ahí a defender a los estudiantes solo con piedras para enfrentarse a decenas de antimotines que disparaban a mansalva, no lo hace cualquiera”, expresó al abrazar a su hijo, que logró salir con vida de El Chipote.